Cine, Film Friday

Drive (Nicolas Winding Refn, 2011)

You know the story about the scorpion and the frog?

Recuerdo la primera vez que supe de esta película: Un reportaje en un programa de cine a horas intempestivas hablaba de la buena impresión que había causado en el Festival de Cannes. Lo que captó mi atención fue el tono empleado: No era la típica exposición monótona consistente en enumerar el reparto y glosar el argumento. No. La voz en off hablaba de un verdadero ejercicio de estética y ritmo, una película única, destinada a convertirse en un clásico.

Cuando al fin pude verla, entendí el porque de esa fascinación.

En su superficie, Drive opera en los confines del neo-noir. La trama, puesta por escrito, resulta genérica, propia de una cinta de programa doble de la década de los 40: Un conductor especializado en atracos, un ex-convicto, un triángulo amoroso, un golpe que sale mal, hampa, traiciones.

Lo que verdaderamente marcaba la diferencia era el tratamiento. La propuesta de Drive flirteaba con el noir, el cyberpunk y el menú de inicio de un arcade de los años 80. Su tempo era digno de una película oriental, el diálogo prácticamente inexistente. Su protagonista -«Driver»- estaba a medio camino entre el ensimismamiento de Steve McQueen en Bullitt y un personaje salido de las páginas de un manga.

La película impacta de una manera física, somete con su estética: Largas secuencias de conducción bañadas en luces de neón envueltas por una banda sonora de evocador synth-pop, explosiones de violencia estilizada y un sutil lirismo romántico, casi naif (a veces incluso durante el transcurso de en una misma secuencia) Driver está armado con unos mimbres rayanos al fetichismo con su icónico outfit, rematado por una bomber con un escorpión a la espalda; Una suerte de hombre-máquina, tan mecánico, duro y eficaz como el motor de su Ford Mustang. Un tipo inaccesible y atormentado que se cruza con el verdadero amor (ese que casi nunca se encuentra a este lado de la pantalla) y la posibilidad de redención que lleva consigo.

Si Drive hubiese visto la luz (por ejemplo) en 1994 en lugar de en el fragmentado 2011, sería una de esas cintas con ADN de culto admiradas por el gran público. Una película que podría citarse junto a trabajos como Pulp Fiction o Fargo. Cábalas aparte, Drive es un animal raro, una película que aparentemente se mueve entre opuestos (íntima y explosiva, cruda y lírica) pero que constituye una experiencia inmersiva y sumamente evocadora.

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