1985, 80's, Discos, Jacobites, Música

The Jacobites – "Robespierre’s Velvet Basement"

Parece cosa de ficción que una obra de la altura de “Robespierre’s Velvet Basement” sea la ¡Segunda! esquirla facturada por el combo inglés. Si nos aproximásemos a ella con la mente libre de datos que condicionasen nuestra percepción (esto es, que nos encontramos ante un grupo surgido de las cenizas de los seminales Swell Maps, que opera en la década de los 80’s y que consumió gran parte de su singladura entre la indiferencia general) llegaríamos a la conclusión de que nos encontramos ante un clásico básico de los 70’s, una épica y mastodóntica obra (20 canciones) de referencia, un imprescindible.

Y lo cierto es que, algo de eso hay. Su década fue la que fue, pero resulta evidente el nexo temporal que interconecta las influencias predilectas de The Jacobites, esto es: La década en la que los Rolling Stones se hicieron mayores (“Sticky Fingers”, “Exile On Main Street”), del rock and roll jaranero y etílico de The Faces, el protopunk neoyorquino de New York Dolls y, algo después, Johnny Thunders; el decenio de apogeo del glam bien entendido (Bowie, T-Rex, Mott The Hoople) del primer Neil Young y de las atmósferas de Big Star. Un batiburrillo de nombres, estilos y obras fundamental para entender el sonido de los de Birmingham.

Desde la misma portada no se nos oculta el liderazgo bicéfalo del grupo, encarnado en las figuras de Nikki Sudden y Dave Kusworth, descendencia bastarda -que no ílegítima- de Keith, Ronnie, Rod, Thunders y tantos otros forajidos de la era prodigiosa. Prolíficos, románticos, malditos y poseedores en lo posterior de unas carreras de lo más interesante, no parece haber dudas al respecto: Hablar de ellos es hacerlo de The Jacobites.

Y “Robespierre’s…”, qué decir de éste disco: Desde la inicial (Y muy Heartbreakers, pero de los de Nueva York) “Big Store” hasta “Someone Who Cares” nos encontramos ante una colección magistral de canciones, de enseñanzas bien asimiladas, de paisajes oníricos, de feeling desmesurado, de, dicho en corto, la clase de grupo y disco que es totalmente imposible que surjan a día de hoy.

Preeminencia de texturas acústicas y ocasionales explosiones de electricidad que tejen atmósferas cómo las de “Snow White”, “Every Girl”, “Hearts Are Like Flowers”,”Son Of A French Nobleman”, “All The Dark Rags”, “Into My Arms”, “Country Girl”… Haciendo un barrido muy selectivo del álbum (que no excluyente, ya que el nivel general del mismo no decae en ningún momento)

Es  “Robespierre’s Velvet Basement”, en definitiva, un disco de concepto, una suerte de viaje sónico asfaltado de desencanto, historias tortuosas y sentimientos a flor de piel arropados por una música etérea, mágica y tocada con el don de la atemporalidad. No es poco.

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1985, 80's, Discos, Garage, Lyres, Música

The Lyres – "Lyres, Lyres"

 Al mentar los términos “Rock” y Boston la mayoría de la gente suele pensar, con razón, en el grupo más conocido del lugar, Aerosmith. Otros, realizarán una asociación de conceptos obvia y sacarán en claro el nombre del célebre grupo de AOR de los 70’s que tuvo a bien bautizarse con el nombre de dicha urbe. Lo que casi nadie sacará a relucir, sin embargo, es que la ciudad fue una de las mecas indiscutibles del Garage norteamericano: No en vano, The Remains eran de allí y su concepción inmediata del Rock and Roll encontró dignos sucesores en la década de los 70’s, en nombres como The Real Kids, Barrence Whitfield And The Savages, DMZ y, claro está, The Lyres.

 Las liras habían surgido, de hecho, como un spin off de DMZ y compartían la querencia con estos por el sonido mono, las estructuras simples y las canciones al grano, aunque con un basamento más sixties que punk, lo que los acercaba más al revival que hubo de estos sonidos en los 80’s que a la banda de la que provenían.

 Capitaneados por Jeff “Monoman” Conolly, líder absoluto de la formación, The Lyres practicaban un Garage Rock de manual, repleto de riffs cortantes, órganos, letras chulescas, guiños a la generación Nuggets y concesiones puntuales a la lisergia. Pese a lo manida que pueda sonar su fórmula a priori, el resultado final sonaba ahíto de energía y frescura, siendo este “Lyres, Lyres” un pequeño clásico del underground 80’s.

 “Not Looking Back”, pildorazo marca de la casa, da el pistoletazo de salida y así, sin darnos tiempo a reaccionar, nos dejan caer una de las mejores y más pulidas joyas de su producción, “She Pays The Rent”, el tema más querido por ellos, o al menos el que más veces han grabado (existen como unas tres versiones del mismo) , siendo ésta la más solemne, con el órgano dominándolo todo, Jeff desgañitándose con su mejor voz de black screamer y la banda sonando a medio camino entre la melancolía lisérgica de unos Seeds y Little Richard. “You’ll Never Do It Baby” retoma el pulso a base de Garage cortante y chulesco, mientras que en “I Love Her Still, I Always Will” vuelven a bajar revoluciones, atacando un tema de aura misteriosa y lúgubre, cercana a los primeros The Animals.

 “No Reason To Complain” es un poderoso trallazo, entre lo atómico y lo hipnótico. Absolutamente electrizante; En “The Only Thing” se vuelven a dejar por las texturas ácidas, mientras que en “How Do You Know?” muestran su cara más oscura, perfectamente compatible con nombres pretéritos del género como The Music Machine.

 “You Won’t Be Sad Anymore” lo tiene todo para ser un corte 10/10 de Garage Rock: Tiene el riff, el solo de órgano y la caída melódica de rigor. “If You Want My Love” se vuelve a adentrar en las procelosas aguas de la melancolía, en las que, sigamos con el símil, el grupo se mueve como pez en el agua. En “Busy Man” le abren la puerta al Link Wray más inmediato y a Bo Diddley. A “Teach Me To Forget You”, el viejo número de The Outsiders, le insuflan nuevos bríos que los acercan al Roky Erickson desatado de aquellos años. “Stormy”, disparo final del disco, es un acelerado corte de costuras beat que para nada habría desentonado en los Nuggets.

 No debería de haber dudas acerca de la importancia y pujanza de los Lyres en el entramado del Garage Revival que tuvo lugar en los 80’s. Y su fórmula de base negroide y con pincelada ácidas merece figurar con todos los parabienes junto a la mística vudú de los Fuzztones, los destellos folkies de The Cynics o el jaraneo festivo de The Fleshtones. Puntas de lanza de un movimiento nostálgico, romántico, aferrados a un modo de entender la música basado en la honestidad y el corazón por encima de estériles exhibiciones instrumentales y vacíos servilismos a la moda.

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1985, 80's, Discos, Green On Red, Música

Green On Red – "No Free Lunch"

Lo que son las redes sociales. Hace unos meses, en mi bandeja de entrada, encontré la petición de amistad de un tal Dan Stuart, al parecer al frente de una banda que responde al nombre de The Slummers. Acepté, y de este modo sellé una conexión mínima, distante y perfectamente inútil con el que fuera la voz cantante de una de las bandas más especiales que alumbró el llamado Nuevo Rock Americano de los 80’s, Green On Red.

 Por insólito que pueda resultar, parece haber consenso a la hora de señalar a este Mini LP como lo más granado de entre todo lo que editaron los de Phoenix, lo cual se pone de manifiesto al teclear el nombre de disco y banda en la red y darte de bruces con una miríada de artículos que saturan la blogosfera cantando y contando las excelencias de “No Free Lunch”. Pero, ¿Que diablos ofrecían esos tipos en este EP? Cómo buenos exponentes del Nuevo Rock Americano que fueron, Green On Red eran deudores de la tradición musical norteamericana, Neil Young a la cabeza, sin renunciar por ello a un sutil toque Punk y a un más que evidente regusto british vía The Faces que los hace sonar, en ocasiones, como una versión yankee y rootsy de mis adorados The Dogs D’amour, ahí es nada.
 Las armas de la banda eran el clasicismo rockero bien entendido y la voz de Dan Stuart, ora etílica, ora desgarrada, ora histriónica, al servicio de unas composiciones envueltas en melancolía, desencanto y nostalgia. “Time Ain’t Nothing” es una de las mejores canciones de todos los tiempos, y justifica, por sí sola, la escucha del redondo. Un clásico atemporal. “Honest Man” rezuma savoir faire empapado en alcohol, mientras que “Ballad Of Guy Hawkes” muestra la vertiente más eléctrica y rabiosa de la banda. Para el tema-título, “No Free Lunch”, sacan a pasear la cara más vintage y endeudada con el Country de su background, una faceta a la que tributan explicitamente recreando “Funny How Time Slips Away” del maestro Willie Nelson. Es en “Jimmy Boy” y “Keep On Moving” cuando más acentuado es el parentesco con la banda de Tyla del que os hablaba unas líneas más arriba: Un par de cortes tormentosos, arrastrados, con regusto a resaca y espíritu de derrota asumida, especialmente en el caso del segundo. El disco cierra con el que a mi juicio es su corte más flojo, “Smokestack Lighting” un intrascendente Blues Rock que nada puede aportar a lo previamente expuesto.
 “No Free Lunch” es una de esas pequeñas rarezas, en la trastienda de su época, género y movimiento, pero cuyo hallazgo y posterior disfrute es la razón de ser de melómanos como nosotros, de blogs como éste y de que tú estés leyendo esto al otro lado de la pantalla.
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1985, 80's, Discos, Long Ryders, Música

The Long Ryders – "State Of Our Union"

 Siempre asociaré el verano de 2010, además de a una calor infernal y a pasar un “Summer In The City” á la Lovin’ Spoonful en toda regla, a éste segundo largo de The Long Ryders. Tal fue la cantidad de escuchas que le dí en aquellos días.

 La banda de Sid Griffin, cómo tantas otras que adoro, aterrizaron en la escena como un delicioso anacronismo: Con el Heavy Metal en pleno apogeo y soportando el envite de las hordas hair metaleras y sleazys, pues para más inri nuestros protagonistas eran de Los Angeles, ellos iban a lo suyo, reivindicando el legado de Byrds, Flying Burrito Bros. y demás luminarias sixties del Jangle Pop y el Country Rock, sin renunciar por ello a un poso Punk Rock old school (¿Sabías que los Sex Pistols fueron lo que inspiraron a Sid a irse a formar una banda a L.A?) que, dicho sea de paso, fue resultando cada vez menos evidente a medida que se alejaban de su primera referencia,  “10-5-60”.

 Realmente sólo mediaba un año entre ese primer EP y “State Of Our Union” (con parada obligatoria en el también muy recomendable “Native Sons”) pero la banda había avanzado un mundo compositivamente hablando, entregando la que es, a mi juicio, su mayor y mejor colección de canciones.

 “Looking For Lewis and Clarke” abre el disco a toda máquina, a ritmo de Rock and Roll infeccioso y vacilón, como si Gram Parsons se hubiese enrolado en los New York Dolls. Le sigue el que quizá sea mi tema favorito de estos tipos, “Lights of Downtown”: Diablos, cuánta clase, cuánto savoir faire y cuanta maestría juntas; Tras la correcta “WDIA” viene “Mason-Dixon Line” un tema puro Long Ryders, con repiqueteantes Rickenbackers por doquier, deudora del  jangle pop de McGuinn & Cía, pero sin perder el mordiente rockero.

 Mención especial merece “Here Comes That Train Again”. Country Rock escuela Byrds/Parsons de muchos quilates, para una canción llena de nostalgia y evocación. La atmosférica “Years Long Ago” baja un poco el listón, pero “Good Times Tomorrow Hard Times Today” vuelve a poner las cosas en su sitio a base de Rock jaranero de actitud hillbilly, que evoca a los momentos más Cowpunk de su anterior largo (en los que Stephen McCarthy solía ponerse al micro) “Two Kinds of Love” es puro The Byrds era “Fifth Dimension” y “You Just Can’t Ride The Boxcars Anymore” suena a fesco y atemporal Rock de espíritu blue collar. Con “Capturing The Flag” llegamos a otra de las cimas indiscutibles del álbum, para acto seguido echar el cierre con “State Of My Union” donde dan rienda suelta a su faceta más guitarrera y chulesca.

 En definitiva, “State Of Our Union” es uno de los higlights indiscutibles de todo ese tinglado que se dió en llamar Nuevo Rock Americano, gran paraguas bajo el que se cobijaron formaciones tan dispares (y a un tiempo tan similares) como Jason And The Scorchers, Green on Red, o los primeros R.E.M. Y, claro está, estos cuatro hijos ilegítimos de Gene Clark.

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