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The Rolling Stones – "Steel Wheels"

 Saludado casi por unanimidad cómo el retorno de unos Rolling Stones que parecían resucitar en el ocaso de una década que los había visto en su peor versión, con el espectro de la disolución revoloteando a placer sobre sus cabezas; “Steel Wheels” muestra a un grupo en forma, jugadores de ventaja que toman distancia de las producciones estrambóticas y las concesiones a los sonidos imperantes del momento para explotar lo que mejor saben hacer, a saber: rock and roll poco amigo de florituras, generoso en urgencia y corazón.

 Unos meses antes de su gestación, podría decirse que la paz había vuelto, por fin, a la banda; o mejor dicho, a poner término al encono que parecía mediar entre sus dos cabezas visibles. Quizás habían recordado que pertenecían a un negocio en el que importa poco, muy poco, la magnitud de los logros pasados, por fabulosos que sean, si el saldo del momento, del instante, no está a la altura de lo esperado. Conscientes de ésa realidad, tocaba enterrar el hacha de guerra y retomar relaciones, con unas condiciones, todo sea dicho, más propias de un armisticio que de un genuino tratado de paz entre Jagger y Richards.

 “Sad, Sad, Sad” era la mejor apertura con que se descubrían desde aquel “Start Me Up” que daba el pistoletazo de salida a “Tattoo You”. Rock and roll eminentemente stoniano, impregnado de su idiosincrasia más vindicable, pasa por ser una de las joyas del redondo.

 “Mixed Emotions” se revela cómo otro corte poderoso, con otro de esos riffs que sientan cátedra. Parece que nos encontramos ante unos stones genuinamente dispuestos a volver por donde solían, con un Jagger haciéndose cargo de las rítmicas al frente de un combo de lo más engrasado. Pero no. “Terrifying” trae consigo los fantasmas de las peores producciones ochenteras perpetradas por The Glimmer Twins, siendo un tema que podría haber formado parte, sin problemas, del fallido “Undercover”.

 Vuelve el músculo en “Hold On To Your Hat”, andanada de estructura fifties qué confirma una de las constantes sónicas de algunos momentos del elepé: La guitarra de Keith Richards suena muy poco a Keith Richards. Resulta increíble que esos punteos, propios de un hacha hard rockero de la época, sean obra suya. Casi igual de increíble que el inicio de “Hearts For Sale”, que puede hacernos dudar de si no estamos ante el comienzo de un tema de Dire Straits.

 “Blinded By Love” se encargaba de cerrar la cara, enderezando de paso el ritmo del trabajo, algo desigual llegados a este punto. Delicioso número acústico ribeteado de mandolinas, no hace otra cosa sino confirmar la maestría de The Rolling Stones a la hora de manejarse en tales texturas.

 La segunda cara abría con otro de los himnos de nuevo cuño del grupo, “Rock And A Hard Place”. Heredero de la mixtura de rock con texturas disco que tantas veces han puesto en práctica con anterioridad y con una letra reflejo de unas increíbles inquietudes sociales por parte de Jagger (“This talk of freedom and human rights/Means bullying and private wars and chucking all the dust into our eyes/And peasant people poorer than dirt/Who are caught in the crossfire and have nothing to lose but their shirts, yes” Casi nada). Sin ser un mal tema, dista de la categoría de “Sad, Sad, Sad” y termina por hacerse un tanto larga.

 Y como venía siendo costumbre, Richards irrumpe con algunos de los mejores momentos del album. “Can’t Be Seen”, el primero de ellos, es uno de los mejores números en clave rock and roll que pueden degustarse en “Steel Wheels”: Toda una lección de estilo que nos recuerda que, pese a la debacle creativa por la que parecían haber pasado los últimos stones, las composiciones de Keith a lo largo de la década siempre mantuvieron el tipo con sobrada holgura. No en vano estábamos ante el hombre que no hacía ni un año que había consumado su vendetta de las aspiraciones solistas de Jagger editando “Talk Is Cheap”, considerado por muchos como la mejor rodaja stoniana de la segunda mitad de la década. Ahí es nada.

 “Almost Hear You Sigh”, pese a sus concomitancias -o precisamente por eso- con “Beast Of Burden”, se revela como uno de los números más reseñables del trabajo, un remanso que da paso a uno de los momentos más definitivamente outrés del mismo, “Continental Drift”.

 Concebido algo más de dos décadas después del deceso de Brian Jones, la banda parecía mostrar de pronto un repentino interés por los proyectos, esbozos y cintas en los que el finado guitarrista trabajó antes de abandonar definitivamente este mundo. Más concretamente, en su colaboración con los Masters Musicians of Jajouka, oriundos de Marruecos, a los que recurrieron para dar forma a ésta suerte de mantra, que por su marcado exotismo y el sinuoso teclado que aporta Jagger nos remite, salvando las distancias, a lo puesto en práctica en obras ya lejanas en el tiempo como “Between The Buttons” o “Their Satanic Majesties Request”.

 “Break The Spell”, composición de poco fuste, precede a la, ahora sí, grand finale y a la postre segundo momento Richards del disco, “Slipping Away”. Qué savoir faire, qué elegancia, qué labor de orfebrería a la hora de ensamblar uno de los momentos más inspirados del album: ¿Cómo poder sustraerse a la irrupción de los vientos mientras pone voz a eso de “All i want is ectasy/But I ain’t getting much/Just getting off my misery/It seems I’ve lost my touch”? Un broche sobresaliente. Todo corazón.

 No, no hay que acercarse a “Steel Wheels” con la idea de encontrar un trabajo sobresaliente, mucho menos un clásico. Hay que aproximarse a él sabedores del contexto que había dominado las andanzas de los stones durante la mayor parte de la década que estaba a punto de tocar a su fin. Visto así, ubicados en esa perspectiva, se revela como una vuelta a la senda correcta, el inicio de un sendero que les conduciría a retomar una actividad convencional y recuperar su posición en el negocio, más dinosaúrica y masiva que nunca, cómo se pondría de manifiesto en su gira de presentación. ¿Hay temas desechables, menores a olvidar? Sí, casi tantos cómo buenos, notables y vindicables; y esa proporción, a la luz de lo que venían mostrando sus últimas obras, era todo un triunfo.

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The Rolling Stones – "Dirty Work"

 Tres años. ¿Qué tiene de significativa esa cifra, más allá de ser el tiempo distante entre “Dirty Work” y su predecesor, “Undercover”? Pues que nunca antes, hasta esa fecha, había pasado tanto tiempo entre dos lanzamientos de The Rolling Stones.  Motivos para la demora, desde luego, no faltaron: Un año antes de la edición del disco, Jagger se lió la manta a la cabeza debutando en solitario con “She’s The Boss”, decisión que terminó de hundir la ya de por sí deteriorada relación que mantenía con Richards, quién al parecer no estaba al corriente de las ínfulas solistas de su compañero. Fue un lapso de tiempo en el que el grupo se encontraba virtualmente disuelto, con algunos miembros de la banda operando en solitario, ya fuera Bill Wyman con Willie And The Poor Boys; Ron Wood uniendo esfuerzos con héroes de juventud cómo Chuck Berry, Bo Diddley o Jerry Lee Lewis o Charlie Watts retomando sus flirteos con el jazz a través de su orquesta homónima. Sólo Keith parecía guardar una lealtad casi irracional al grupo, al no embarcarse en proyecto alguno. Por si fuera poco, Ian Stewart había dejado el edificio para siempre, privándolos de un elemento de cohesión y cordura, amén de sus teclas.

 Dicen las malas lenguas que Mick volvió al redil del grupo de mala gana, decepcionado por el impacto de su debut en solitario, menor del que esperaba, y que, siguen diciendo esas mismas lenguas, el cantante esperaba que fuese lo suficientemente definitivo cómo para poder continuar su vuelo en solitario a perpetuidad. Pero no pudo ser.

 No, desde luego no eran los mejores condicionantes para embarcarse en la creación de un nuevo album, pero, sorpresivamente, “One Hit (To The Body)” no adolece del sonido ochentero de la apertura de su anterior elepé. La razón podría ser que, mientras “Undercover” fue un trabajo concebido en buena medida en la cabeza de Jagger, gran parte de la música de “Dirty Work” fue creada mano a mano por Richards y Wood aprovechando el absentismo del otrora implicado vocalista. En el plano estrictamente musical, un rock and roll de poderosas guitarras e indeterminados ecos sixties, con ciertas reminiscencias a “All Along The Watchtower” y una sorprendente nómina de invitados entre los que se encontraba un Jimmy Page qué tampoco pasaba por su mejor momento; Artistas versionados por la banda en otro tiempo como Bobby Womack o Don Covay o la señora de Bruce Springsteen, Patti Scialfa.

 “Fight” continuaba en la senda del rock and roll a carta cabal -aunque no especialmente memorable, todo sea dicho-, pero el espejismo de la apertura quedaba convenientemente diluido en “Harlem Shuffle”, relectura del tema de Bob & Earl que adolece de los vicios de producción tan comunes del anterior trabajo
y que vuelve a contar con la presencia de Womack y el añadido de Tom Waits en segundo plano.

 “Hold Back” muestra a unos stones generosos en músculo, pero faltos de dirección, esbozando momentos inspirados que terminan quedando en menos de lo que prometían. No puede decirse lo mismo de “Too Rude”, cover de Half Pint totalmente falto de pretensiones, conducido por una sencilla línea de bajo y con Keith poniendo voz a uno de los momentos más reggae del redondo.

 “Winning Ugly” engrosa esa categoría de cortes desdibujados, con buenos mimbres, pero mal proyectados y, sobre todo, producidos. Es una pena que un corte con un estribillo tan potente esté tan clamorosamente desaprovechado. “Back To Zero” abre con unas infames sonoridades ochenteras que hacen dudar de si no estamos ante lo peor que han grabado los stones, sin embargo consigue salvar los muebles -que no deslumbrar- cuándo da paso a sonoridades más eminentemente rock, con las que estará en tira y afloja durante todo el tema.

 Retoman su pulso rockandrollero en “Dirty Work”, número que no posee ninguna cualidad digna de mención mientras que “Had It With You” parece heredero de la cualidad obsesiva de temas previos cómo “Shattered”, con Ron Wood aportando, además de su guitarra, un contenido saxo que ribetea uno de los temas, aún por descarte, más salvables del disco.

 Como venía siendo costumbre, Keith aportaba los números si no más memorables, si reivindicables de éstos oscuros trabajos, faltos por completo de pretensiones y reluctantes a pretensiones bombásticas de cualquier tipo. “Sleep Tonight” es, con mucho, lo más orgánico y auténtico, por real, que puede encontrarse entre los surcos de “Dirty Work”. Una delicada pieza equilibrada entre el piano, las acústicas y algunas explosiones de electricidad bien conducida. La joya escondida del redondo.

 La coda la ponía un hidden track, una relectura del oldie “Key To The Highway”,breve número instrumental a piano ejecutado por Ian Stewart, e incluida a modo de merecido homenaje póstumo.

 Engañosa cualidad la de “Dirty Work”. Pese a contar con un envoltorio sónico más digno que el de su predecesor, contando con una producción marcadamente rockera, el saldo final de temas a salvar es incluso menor que el que encontrábamos en “Undercover”. Supongo que el hecho de que Ron Wood tuviese que aportar cuatro de los once temas del disco es lo suficientemente ilustrativo por sí mismo de cómo estaban las cosas en el grupo: Ni subirle el volumen a las guitarras ni contar con una abultada lista de invitados iba a paliar lar carencias creativas de una banda a la deriva, que daba la impresión de continuar por inercia, grabando discos que no se dignaban a presentar repletos de material olvidable. No, The Rolling Stones nunca habían tocado fondo de esa manera. Tocaba jugarse su continuidad a una carta, y eso es justo lo que iba a suceder en su próxima entrega.

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The Rolling Stones – "Undercover"

 Inaugurando la oscura dupla de albums grabados de manera dispersa y sin su pertinente presentación en vivo -esto es, de compromiso-, lo primero que sorprende de “Undercover” es comprobar que, pese a lo que se ha hecho esperar su irrupción (estamos en el ’83), las producciones típicas de la década ominosa han golpeado al sonido del grupo con fuerza, llegando incluso a lastrar números que con otro tratamiento habrían podido, quizás, brillar de otro modo. Eso, sumado al consabido estado de baja forma creativa y comunicativa en el seno de la banda, resultará en uno de los elepés menos memorables de cuantos han editado.

 “Undercover Of The Night”, tema de inicio, muestra a unos stones asépticos, desnaturalizados, facturando un impersonal rock discotequero que podría haber engrosado el track-list de cualquier album menor del género grabado en aquellos años. Envuelto en una producción inflada, con todos los gimmicks ochenteros imaginables, pasa por ser una sus aperturas menos afortunadas, sino la que más.

 “She Was Hot” es, afortunadamente, harina de otro costal: Heredero, en cierto modo, del rock and roll vacilón e inmediato que empapaba los surcos de “Some Girls”, se trata sin duda de uno de los momentos más deliciosos del redondo, un corte que pese a no librarse del todo del sonido ochentoso que recorre el disco, posee el nervio y la chulería que caracterizan a The Rolling Stones, cualidades que aumentarían exponencialmente en posteriores relecturas en directo del mismo.

 No parece durar, sin embargo, la racha: “Tie You Up (The Pain Of Love)” retoma lo que habían mostrado al comienzo, con resultados menos reseñables aún, dando paso a uno de esos remansos que nos brinda Keith, garantía de savoir faire en éstos tiempos de deriva para el grupo. “Wanna Hold You” muestra a Richards dando rienda suelta a su faceta más poppie en un tema que, con otro tratamiento sónico, podría haber pasado por un acaramelado oldie de la british invasion a ritmo de rock and roll.

 Las influencias jamaicanas siempre habían sido una apuesta segura en el sonido stone, que llevaba dejándose querer por el reggae desde los días de “Black And Blue”, obteniendo buenos resultados con sus flirteos incluso en obras menores como “Emotional Rescue”. Sin embargo, lo perpetrado en “Feel On Baby” rompía abruptamente con esa tendencia, mostrándonos en sus poco más de cinco minutos un verdadero muestrario de los horrores sónicos que asolaron a buena parte de las producciones del decenio.

 “Too Much Blood”, inspirada en el sórdido caso del caníbal Issei Sagawa, que había tenido lugar un par de años antes, abría la segunda cara del largo. A medio camino entre el disco más 80’s y algún que otro flirteo con el incipiente rap (esos speeches de Jagger con la base rítmica de fondo), tiene algunos detalles que hacen pensar que con otros arreglos podría haber ganado algunos puntos, sin embargo se queda en el   -cada vez mayor- cajón de temas desechables del trabajo.

 Eran tiempos de sequía, asi que, ¿Qué mejor que birlarle a Ron Wood alguna de sus ideas a cambio de darle un crédito como co-compositor? Dicho y hecho: “Pretty Beat Up” , un correcto rock and roll sin nada especialmente reseñable y que precede a “Too Tough”, un corte con una estructura -¿o es cosa mía?- , sobre todo en el estribillo, que lo acerca a algún himno del hard rock de la época. No cabe duda de que en el contexto de otro album habría pasado más desapercibido, pero el nivel del presente es tan flojo que forzosamente conseguía asomar la cabeza.

 No se puede decir lo mismo de“All The Way Down”, que pasa por ser de lo mejorcito del redondo, pero por méritos propios: Uno -otro- de esos rockandrolles en la estela de “Some Girls”, jalonado por unos coros deliciosos y un estribillo adictivo. Rematando la faena tenemos “It Must Be Hell”, con uno de esos riffs matadores que tan en falta se han echado a lo largo del trabajo y, aligerado, por fortuna, de los excesos de producción que abundan a lo largo del mismo. A buenas horas.

 Negativo, muy negativo es el balance resultante de la escucha de “Undercover”. Sólo la mitad de sus temas pueden ser considerados como vindicables, y a diferentes niveles. Si, sigue resultando loable que mientras algunos compañeros generacionales -e incluso algunos nombres posteriores- andaban inmersos en el circuito de la nostalgia, The Rolling Stones seguían teniendo los arrestos de coquetear con sonidos y técnicas de producción novedosas, pero esa audacia no tenía porqué traducirse, ni mucho menos, en un resultado final reseñable. Los stones del ’83 parecían perdidos, desganados y -puede que- plegados en demasía a los designios de su cantante. Para su siguiente entrega, tres años después, los condicionantes eran casi los mismos, sólo que empeorados por un cisma que casi consume a la banda, poniendo su continuidad en la cuerda floja. Pero de eso hablaremos en la siguiente entrega.

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1981, 80's, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "Tattoo You"

 Perpetuándose en mostrar una -a tenor de lo que vendría inmediatamente después- sana prevención hacia lo que podían dar de sí a nivel creativo, The Rolling Stones repetían fórmula en “Tattoo You”, hurgando en el cajón de los descartes en pos de temas pasados a los que poder insuflar nueva vida; Con una diferencia, eso sí: Mientras que para la confección del tracklist de “Emotional Rescue” retrocedieron a la recámara de su predecesor, “Some Girls”para la ocasión decidieron acudir a un material de mayor solera, remontándose a las sesiones inmediatamente posteriores a “Exile On Main St.” en adelante, lo que en cierto modo explica que estemos ante la rodaja más inspirada de cuántas facturaron los stones a lo largo de la década.

 Resulta increíble que un tema de las hechuras de “Start Me Up”, una carta de presentación perfecta del sonido 70’s de la banda, con ese riff en la senda de “Brown Sugar”, pertenezca a un disco tan tardío. Casi igual de sorprendente que el hecho de que su inclusión fuera descartada de manera sucesiva en “Black And Blue”, “Some Girls” y “Emotional Rescue”. Poco más se puede decir de uno de sus temas más conocidos, el último, quizá, en ser capaz de engrosar la categoría de imprescindibles del grupo, al menos en sus directos: Un poderoso rock and roll stoniano, con un Jagger subidísimo de chulería y unos atinados coros que bordan una apertura de escándalo.

 “Hang Fire”, esquirla desechada de “Some Girls”, pasa por ser uno de los momentos más deliciosos del elepé. Rotundo rock and roll de estructura doo-woop y adictivos juegos vocales, jalonado por unos exquisitos punteos de Richards, da paso a “Slave”, sobrante de los días de “Black And Blue” y con unos invitados de relumbrón: Sonny Rollins, Pete Townshend y, ahí es nada, el retorno del hijo pródigo (Billy Preston) que unen fuerzas en ésta excursión hacia algún punto indeterminado entre el rock, el soul y el funk más atmosférico,y que, por mucho que nos recuerde a lo que se traían entre manos en la segunda mitad de la década anterior, termina por hacerse un poco larga.

 Llega el momento de Keith con “Little T&A”, corte que estuvo a punto de formar parte de “Emotional Rescue” pero terminó por quedarse en el tintero. Oda a pasadas partenaires con las que el guitarrista ha intimado fugazmente, nos descubre al normalmente sensible y delicado Richards destapándose con unos versos que no destacan, precisamente, por su sutileza (“She’s my little rock & roll/ Her ass & tits with soul, baby/She’s my little rock & roll”). En el plano estrictamente musical, por mucho que él clame que se trata de un corte de influencia rockabilly, encontramos una canción con la hiperreconocible signatura sónica que marca a fuego los temas a los que pone voz.

 “Black Limousine”, otro suelto de “Some Girls”, que, a decir verdad, dudo que hubiese encajado en el espíritu “punk” de aquel, acerca al grupo a sus raíces blues, construyendo un corte de lo más vacilón a partir de un riff de slide de Ron Wood. No se puede decir lo mismo de “Neighbours”, qué pese a ser una de las pocas canciones concebidas ex profeso para el album, no hubiese desentonado, con su toque deslavazado y urgente, entre los surcos de “… Girls”.

 El inicio de la cara b con “Worried About You” volvía a retrotraernos a los tiempos de “Black And Blue”, con un Jagger ahondando, de nuevo y al igual que en “Emotional Rescue”, en las posibilidades que le brinda el falsetto hasta romper en ese rotundo “Baby” que da paso al estribillo. La canción nos trae a la memoria a los stones en su mejor versión setentera, cargados de épica y electricidad, de regusto negroide y savoir faire. 

 “Tops” databa, nada más y nada menos, que de las sesiones de “Goats Head Soup” , con la guitarra de Mick Taylor estallando en flamígeros solos rescatada para la ocasión. Gloriosa fusión de rock and roll con maneras disco, es cuándo escucho temas así cuándo más increíble me resulta la posición de aquellos que reniegan de todos y cada uno de los movimientos ejecutados por la banda de los 80’s en adelante: ¿Seguro que han escuchado ésto?

 Cambio total de tercio en “Heaven”, que nos devuelve a unos stones coqueteando peligrosamente con sonoridades ochenteras, en ésta extraña pieza ejecutada a tres bandas por Jagger, Watts y Wyman (que también aporta el omnipresente sintetizador que lo envuelve todo). Atmosférico número de oníricos mimbres, pasa por ser lo más flojo del redondo.

 Enfilando la recta final del album, aparece “No Use In Crying”, –otra gema perdida de sabor 70’s, con ciertos matices en el estribillo que nos traen a la memoria, aún lejanamente, su revisión de “Time Is On My Side”- y, el que es junto con el de apertura el momento más conocido del LP, “Waiting On A Friend”.

 Procedente también de los lejanos tiempos de “Goats…”, hubo que esperar casi una década a que se decidieran a añadirle una letra. Resulta irónico, cuánto menos, que el tema elegido fuese la amistad, viendo como estaban las cosas en el núcleo duro de la banda, con Jagger y Richards viviendo los momentos más bajos de su relación por mucho que se empeñasen en mostrar lo contrario en el clip de presentación. En lo musical, un encantador número a fuego lento, todo charm, que termina por poner un broche exquisito al trabajo.

 Resulta del todo ilustrativo que “Tattoo You” fuese el último trabajo que tuvieron a bien presentar en vivo en mucho tiempo (habría que esperar al ’89 para que retomasen su actividad en directo): La situación en la banda estaba lo suficientemente enrarecida para qué pudiesen funcionar valiéndose de creaciones previamente esbozadas, mas ¿Cómo afrontarían la creación de obras completas, desde cero, con un estado de cosas semejante? La respuesta hay que encontrarla en unos trabajos oscuros, grabados a distancia por un grupo en plena descomposición cuyas dos cabezas visibles ni siquiera se dirigían la palabra. Mientras tanto, quedémonos con el magnífico recuerdo del presente disco, infravalorado por unos y reducido a la condición de cajón de sastre por otros, pese a contar con la que quizás sea la mejor colección de canciones que la banda ha sido capaz de reunir desde los días de “Some Girls”.

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1980, 80's, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "Emotional Rescue"

 Ardua condición la que le toca soportar a “Emotional Rescue”: Al hecho de ser considerada, casi por consenso, la primera obra stoniana menor (dentro de su canon de excelencia, claro), hemos de sumar que inaugura lo que será una década de los 80’s marcada por la escisión del liderazgo bicéfalo del grupo, con Ron Wood autoerigiéndose como mediador entre las partes enfrentadas. Por si fuera poco, incurrirían en un caso de plagio con todas las letras, del que se libraron por los pelos gracias a la excesiva candidez -o miedo- mostrada por parte del plagiado. Pero vayamos por partes.

 El elepé se nutre, fundamentalmente, de sueltos y descartes procedentes de las sesiones de “Some Girls”, lo que ya nos da una idea de cómo estaban las cosas a nivel creativo en el seno de la banda. Viéndolo así, cómo una colección de outtakes, cómo un hermano menor de su obra anterior, claramente continuista en ciertos aspectos, tendremos una visión de juicio más acertada para analizar “Emotional Rescue” con ecuanimidad, sin esperar de él más que una buena colección de canciones.

 El album abría con “Dance (Pt.1)”, un correcto número disco escrito a seis manos (esto es, Jagger, Richards y Wood) con la colaboración de Max Romeo, que, parece ser que siguiendo el esquema planteado en el anterior disco, ponía en la casilla de salida un tema de mimbres discotequeros. Sin embargo, carece por completo del savoir faire de “Miss You”.  “Summer Romance”, por eso de seguir con los paralelismos, no habría desentonado para nada en “Some Girls”, a la vera de “Respectable” o “Shattered”: Un disparo de rock and roll inmediato, con esos riffs en clave cuasi punk que tan bien parecían dárseles a Richards y Wood.

 “Send It To Me” suponía una vuelta a las influencias reggae de la banda. No son pocos los que abjuran del poso jamaicano en el background del grupo, sin embargo soy de la opinión de que es un sonido con el que casi siempre, incluso tratándose de un perfil medio como en este caso, han obtenido buenos resultados.

 Vuelta al rock and roll, ésta vez en su versión contenida y vacilona en “Let Me Go”, que da paso a “Indian Girl”, delicioso corte acústico con vientos de poso mariachi y detalles de pedal steel que envuelven una letra de un exotismo folletinesco (“Mr. Gringo, my father he ain’t no Che Guevara/And he’s fighting the war in the streets of Masaya”: Ahí queda eso)

 “Where The Boys Go” da la impresión de ser un intento por parte de la banda de crear su himno cockney, de barrio, de working class heroes, con un Jagger narrando en primera persona unas realidades que no podían resultarle más distantes (“Saturday morning and you see me down the pub”). En el plano estrictamente musical, un rock and roll -pretendidamente- tosco, de hechuras cuasi hooligans, con unos sorprendentes coros femeninos en el tramo final. Bajada de revoluciones en “Down In The Hole”, tema de costuras blueseras y potente despliegue guitarrero que recuerda, aún vagamente, la paleta de sonidos de la que se valían una década atrás.

 No cabe duda de que es el tema homónimo el que más sorprendente puede resultar de cuántos componen el redondo, con Jagger valiéndose en la primera mitad del mismo de un sorprendente falsetto, para volver a su registro habitual hacia el tramo final de esta andanada disco, con brillo de bola de espejos y olor a pista de baile de amanecida.

 Y llega el turno de la polémica. Esto es, “She’s So Cold”. Rock and roll cocinado a fuego lento, repleto de lascivia contenida y, cómo no, editado bajo la firma Jagger/Richards; lo llamativo del caso es que apenas unos meses antes de la edición de “Emotional Rescue” se puso a la venta el debut del rockero estadounidense Willie Nile, que contenía un corte de idéntico título. Hasta aquí, nada realmente relevante, una simple casualidad de tipo nominal que queda desmentida al pinchar ambos temas y comprobar cómo The Rolling Stones se han fijado en algo más que el título de Nile, particularmente en la figura del comienzo y el estribillo, ralentizándolos, eso sí. Eso, sumado al hecho de que la banda ultimó la preparación del disco en Nueva York, dónde el lanzamiento de Nile obtuvo cierta resonancia, sólo puede llevarnos a una conclusión. Sin embargo, la cosa nunca fue a mayores gracias a la cautela del neoyorquino (¿Un songwriter prácticamente desconocido querellándose contra sus Satánicas Majestades?). Lo irónico del caso es que el “She’s So Cold” primigeneo, el de Willie Nile, suena mucho más poderoso (y stoniano) que la versión a medio gas perpetrada por las huestes de Jagger.

 Clausurando el disco, “All About You”. Como casi todo a lo que le ha puesto voz Keith Richards, rezuma savoir faire y sensibilidad a flor de piel, precediendo en cierto modo lo que podríamos encontrar en sus lanzamientos en solitario. Despechada misiva a un Jagger con el que las cosas irían de mal en peor (“Well if you call this a life/Why must I spend mine with you?/If the show must go on/Let it go on without you” o, más explicitamente: “So sick and tired/Of hanging around with jerks like you”) Pone un punto y final dulce y sosegado a una obra que, pese a su fama, es más que disfrutable.

 Diversas son las conclusiones que se pueden extraer de la escucha de “Emotional Rescue”. Por un lado, estamos ante un claro perfil medio, ensamblado a partir de retales de su obra anterior y qué, pese a semejante condición, mantiene sorpresivamente el tipo. Es más, a título personal sólo me sobra la inicial “Dance (Pt.1) y “She’s So Cold”. Resulta cuánto menos curiosa, por otra parte, la fama de album disco que arrastra, cuándo solo dos de sus diez canciones podrían encuadrarse bajo esa etiqueta, mientras que lo que abunda a las claras son los sonidos de raíz rockandrollera en su concepción más básica. Dicho esto, resulta evidente que lo nuevo de los stones lo tenía díficil para cosechar nuevos adeptos en un año que vivió la edición de obras capitales cómo “Back In Black”, “The River”, “British Steel”, “London Calling” o “Ace Of Spades”; Pero el paso del tiempo lo asienta todo, lo que nos permite poder calibrar en su justa medida éstas obras (llámalas de culto o menores) que se vieron sobrepasadas en su momento por el devenir de los acontecimientos y los movimientos de una vanguardia de la que habían dejado de formar parte. Visto bajo esa luz, “Emotional Rescue” puede verse como un buen trabajo, absolutamente falto de pretensiones y notable por momentos.

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1985, 80's, Discos, Jacobites, Música

The Jacobites – "Robespierre’s Velvet Basement"

Parece cosa de ficción que una obra de la altura de “Robespierre’s Velvet Basement” sea la ¡Segunda! esquirla facturada por el combo inglés. Si nos aproximásemos a ella con la mente libre de datos que condicionasen nuestra percepción (esto es, que nos encontramos ante un grupo surgido de las cenizas de los seminales Swell Maps, que opera en la década de los 80’s y que consumió gran parte de su singladura entre la indiferencia general) llegaríamos a la conclusión de que nos encontramos ante un clásico básico de los 70’s, una épica y mastodóntica obra (20 canciones) de referencia, un imprescindible.

Y lo cierto es que, algo de eso hay. Su década fue la que fue, pero resulta evidente el nexo temporal que interconecta las influencias predilectas de The Jacobites, esto es: La década en la que los Rolling Stones se hicieron mayores (“Sticky Fingers”, “Exile On Main Street”), del rock and roll jaranero y etílico de The Faces, el protopunk neoyorquino de New York Dolls y, algo después, Johnny Thunders; el decenio de apogeo del glam bien entendido (Bowie, T-Rex, Mott The Hoople) del primer Neil Young y de las atmósferas de Big Star. Un batiburrillo de nombres, estilos y obras fundamental para entender el sonido de los de Birmingham.

Desde la misma portada no se nos oculta el liderazgo bicéfalo del grupo, encarnado en las figuras de Nikki Sudden y Dave Kusworth, descendencia bastarda -que no ílegítima- de Keith, Ronnie, Rod, Thunders y tantos otros forajidos de la era prodigiosa. Prolíficos, románticos, malditos y poseedores en lo posterior de unas carreras de lo más interesante, no parece haber dudas al respecto: Hablar de ellos es hacerlo de The Jacobites.

Y “Robespierre’s…”, qué decir de éste disco: Desde la inicial (Y muy Heartbreakers, pero de los de Nueva York) “Big Store” hasta “Someone Who Cares” nos encontramos ante una colección magistral de canciones, de enseñanzas bien asimiladas, de paisajes oníricos, de feeling desmesurado, de, dicho en corto, la clase de grupo y disco que es totalmente imposible que surjan a día de hoy.

Preeminencia de texturas acústicas y ocasionales explosiones de electricidad que tejen atmósferas cómo las de “Snow White”, “Every Girl”, “Hearts Are Like Flowers”,”Son Of A French Nobleman”, “All The Dark Rags”, “Into My Arms”, “Country Girl”… Haciendo un barrido muy selectivo del álbum (que no excluyente, ya que el nivel general del mismo no decae en ningún momento)

Es  “Robespierre’s Velvet Basement”, en definitiva, un disco de concepto, una suerte de viaje sónico asfaltado de desencanto, historias tortuosas y sentimientos a flor de piel arropados por una música etérea, mágica y tocada con el don de la atemporalidad. No es poco.

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1985, 80's, Discos, Garage, Lyres, Música

The Lyres – "Lyres, Lyres"

 Al mentar los términos “Rock” y Boston la mayoría de la gente suele pensar, con razón, en el grupo más conocido del lugar, Aerosmith. Otros, realizarán una asociación de conceptos obvia y sacarán en claro el nombre del célebre grupo de AOR de los 70’s que tuvo a bien bautizarse con el nombre de dicha urbe. Lo que casi nadie sacará a relucir, sin embargo, es que la ciudad fue una de las mecas indiscutibles del Garage norteamericano: No en vano, The Remains eran de allí y su concepción inmediata del Rock and Roll encontró dignos sucesores en la década de los 70’s, en nombres como The Real Kids, Barrence Whitfield And The Savages, DMZ y, claro está, The Lyres.

 Las liras habían surgido, de hecho, como un spin off de DMZ y compartían la querencia con estos por el sonido mono, las estructuras simples y las canciones al grano, aunque con un basamento más sixties que punk, lo que los acercaba más al revival que hubo de estos sonidos en los 80’s que a la banda de la que provenían.

 Capitaneados por Jeff “Monoman” Conolly, líder absoluto de la formación, The Lyres practicaban un Garage Rock de manual, repleto de riffs cortantes, órganos, letras chulescas, guiños a la generación Nuggets y concesiones puntuales a la lisergia. Pese a lo manida que pueda sonar su fórmula a priori, el resultado final sonaba ahíto de energía y frescura, siendo este “Lyres, Lyres” un pequeño clásico del underground 80’s.

 “Not Looking Back”, pildorazo marca de la casa, da el pistoletazo de salida y así, sin darnos tiempo a reaccionar, nos dejan caer una de las mejores y más pulidas joyas de su producción, “She Pays The Rent”, el tema más querido por ellos, o al menos el que más veces han grabado (existen como unas tres versiones del mismo) , siendo ésta la más solemne, con el órgano dominándolo todo, Jeff desgañitándose con su mejor voz de black screamer y la banda sonando a medio camino entre la melancolía lisérgica de unos Seeds y Little Richard. “You’ll Never Do It Baby” retoma el pulso a base de Garage cortante y chulesco, mientras que en “I Love Her Still, I Always Will” vuelven a bajar revoluciones, atacando un tema de aura misteriosa y lúgubre, cercana a los primeros The Animals.

 “No Reason To Complain” es un poderoso trallazo, entre lo atómico y lo hipnótico. Absolutamente electrizante; En “The Only Thing” se vuelven a dejar por las texturas ácidas, mientras que en “How Do You Know?” muestran su cara más oscura, perfectamente compatible con nombres pretéritos del género como The Music Machine.

 “You Won’t Be Sad Anymore” lo tiene todo para ser un corte 10/10 de Garage Rock: Tiene el riff, el solo de órgano y la caída melódica de rigor. “If You Want My Love” se vuelve a adentrar en las procelosas aguas de la melancolía, en las que, sigamos con el símil, el grupo se mueve como pez en el agua. En “Busy Man” le abren la puerta al Link Wray más inmediato y a Bo Diddley. A “Teach Me To Forget You”, el viejo número de The Outsiders, le insuflan nuevos bríos que los acercan al Roky Erickson desatado de aquellos años. “Stormy”, disparo final del disco, es un acelerado corte de costuras beat que para nada habría desentonado en los Nuggets.

 No debería de haber dudas acerca de la importancia y pujanza de los Lyres en el entramado del Garage Revival que tuvo lugar en los 80’s. Y su fórmula de base negroide y con pincelada ácidas merece figurar con todos los parabienes junto a la mística vudú de los Fuzztones, los destellos folkies de The Cynics o el jaraneo festivo de The Fleshtones. Puntas de lanza de un movimiento nostálgico, romántico, aferrados a un modo de entender la música basado en la honestidad y el corazón por encima de estériles exhibiciones instrumentales y vacíos servilismos a la moda.

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1982, 80's, Discos, Música, Misfits, Punk Rock

Misfits – "Walk Among Us"

Es curioso, existen bandas en la historia de la música que, pese a que se esforzaron por proyectar una imagen naive y dulce de ellos mismos, es inevitable recordarlos por los detalles sórdidos y/u oscuros de su biografía. Cómo ejemplo podríamos citar a The Carpenters, Badfinger o, afinando en exceso, las conexiones de los Beach Boys con Charles Manson, amén del sinfín de demonios particulares que llevaba consigo a modo de inseparable equipaje el bueno de Brian Wilson.

El legado de los Misfits bien podría situarse en el polo opuesto de esa tendencia: Pese a lo crudo y deslavazado de su sonido y a lo explícito de su oferta lírica, que iba del asesinato en serie y la mutilación a los zombis, comedores de cerebros, ovnis y demás ralea mítica de Serie B, es inevitable acordarse de ellos con cierto sentimiento entrañable. Sucede, en cierto modo, como con las películas de bajo presupuesto que le sirvieron de inspiración: Que lejos de dar miedo generan simpatía y sentimientos de evasión al que las ve (o los oye, en este caso)

Dotando de revoluciones extra al legado de los Ramones, combinándolo con su doctorado honoris causa en subcultura de los 40’s-50’s y rematando la jugada su innegable sentido de la melodía, que ni la producción prácticamente inexistente del álbum ni las montañas de power chords  podían ocultar, los Misfits debutaron en largo con un LP con más hechuras de recopilación de grandes éxitos del grupo que del disco de presentación que en la práctica era. Y eso pese a la chulería que se marcaron de dejar fuera “Last Caress”, uno de sus temas definitivos de siempre.

Aunque si de algo anda sobrado este “Walk Among Us” es precisamente de temas definitivos, de himnos, de highlights incontestables de la banda de Lodi. De hecho, me atrevería a decir que el 95% de lo más granado que editaron se encuentra aquí. No tendré la osadía de afirmar que lo demás sobra, pero sí de decir que jamás consiguieron igualar -de superar ni hablamos- esta jugada inicial.

“20 Eyes” abre fuego, poniendo de manifiesto la querencia del grupo por la velocidad desatada y el adictivo uso, tan hooligan, de los coros. Siguen con una de sus cimas indiscutibles, la mítica “I Turned Into A Martian”, dramática narración de una posesión alielígena. Una poderosa línea de bajo de Jerry Only da paso a “All Hell Breaks Loose”, un pelotazo de Punk Rock trallero e intimidante que da paso al tributo que rinden a uno de sus iconos de juventud: “Vampira”, la musa tardía de Ed Wood Jr. que, vaya por delante la anécdota, llegó a conocer a Danzig y compañía durante el transcurso de una firma de discos de la banda en Hollywood, ahí es nada.

“Nike-A-Go-Go” sigue la senda de los temas más decididamente hardcore del grupo, cosa que no podemos decir de la hímnica e imprescindible “Hatebreeders”. “Mommy Can I Go Out And Kill Tonight?” más allá de lo atómico de su título, sobra. Sobra, primeramente, por tratarse de un tema grabado en vivo, registrado con una calidad sónica que va más allá de lo cochambroso, dejando mucho que desear; y en segundo, pero no menos importante lugar, por encontrarse muy por debajo de la media general del álbum.

Afortunadamente, tras el pequeño bajón, se suceden las que a mi modesto entender son las mejores canciones del redondo. La épica “Night Of The Living Dead”, con su impagable comienzo; “Skulls”, o la clase de canción por la que amo a esta banda, con un Danzig poniendo su mejor voz a las súplicas de un psycho killer redomado (“I want your skull, i need your skull”) “Violent World”, cercana aún en la distancia a los cánones del psychobilly, al igual que la potentísima “Devil’s Whorehouse”, con sus estructuras remotamente fifties y el insidioso y machacón ritmo de batería. Tras toda esta exhibición de poderío viene la canción del disco, su colofón a efectos teóricos y casi que prácticos, me estoy refiriendo, cómo no, a “Astro Zombies” una de las cimas innegociables del cancionero de la banda, santo y seña de sus virtudes y bondades como tal. Tras esto, la brevísima -no llega al minuto- y tabernera “Braineaters” hace más las veces de outro que otra cosa.

No, el legado de los Misfits no goza de la salud que merece. Las distintas formaciones, la huida paulatina de algunos de sus miembros clave y, muy especialmente, las giras sacacuartos que bajo ese nombre está llevando a cabo Jerry Only con un par de saldos de Black Flag  no hacen más que desgastar y devaluar el buen nombre que pudo tener un día este grupo. Mas conviene no olvidar que, pese a los desagravios que a día de hoy se puedan cometer en su nombre, los primeros eslabones que conforman la singladura Misfits dieron carta de naturaleza, junto a The Cramps y los primeros Fuzztones, a la fusión definitiva entre la subcultura de épocas pretéritas y el Rock and Roll, lo que a la larga terminaría siendo un género en sí mismo del que ellos pueden vindicarse, sin rubor alguno, como pioneros.

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1980, 80's, Burning, Discos, Música, Rock and Roll

Burning – "Bulevar"

 Ellos decían que los domingos no se hicieron para bailar, y, paradójicamente, es el día del señor el que suelo consagrar, más o menos involuntariamente, a escuchar y reencontrarme con el legado de los madrileños, tan inasequible al paso del tiempo cómo pleno de vigencia y actitud.

 Burning fueron mucho. No se me ocurre ninguna otra banda de por aquí surgida en el ’74 que aúnase con tanta maestría las enseñanzas de Chuck Berry, The Rolling Stones, Lou Reed, Faces, T-Rex o los New York Dolls. Algunos dirán que sí, que lo que yo quiera, pero que los de la Elipa, a fin de cuentas, debutaron en largo allá por el ’78, a tiro de piedra de que el Rollo  terminase de estallar y hacer acto de presencia. Nada más lejos: Existen demostraciones de poder de la banda efectuadas en plena dictadura, más concretamente, esos dos pildorazos de Glam Rock crudo, patillero y sin domesticar en formato single titulados “I’m Burning” y “Like A Shot”.

 A “Bulevar”, última pieza de la imprescindible trilogía inicial de la banda (un must para cualquiera que se diga aficionado al Rock) le toca cargar con el sambenito de ser su disco más Pop y enfocado a los cánones sónicos que primaban en el Madrid de La Movida. Lo cual es cierto, aunque sólo en parte. Efectivamente, si comparamos la producción de “Bulevar” con la de su inmediato antecesor, “El Final De La Década” es inevitable observar que sí, que el R’n’R seguía fluyendo por sus surcos, pero tamizado por un tratamiento eminentemente más Pop, más 80’s del sonido. Ahora bien, de ahí a afirmar, cómo claman algunos, que es “Su disco new wave” media un abismo. Burning, para la ocasión, mudaban la piel, que no el espíritu.

 La manera escogida de abrir el disco no podía ser más reveladora, un “Es Especial” que no era otra cosa que el “Give Him A Great Big Kiss” de las Shangri-Las que, aquí viene la enjundia, fue versionado por los New York Dolls bajo el escueto título de “Great Big Kiss”. La versión a la que pone voz Toño se queda entre la chulería, aquí bañada de desazón, del grupo de Johnny Thunders y el almíbar, cosas de la producción, del conjunto vocal capitaneado por Mary Weiss. “Tu Eres Mi Amor” continúa la senda de temas chulescos, callejeros y guitarreros en los que tan bien se desenvolvía la banda, con un uso de los coros que remite, irremisiblemente y una vez más, a las muñecas de Nueva York. “Ja,Ja,Ja”, un corte de costuras glammys y vacilonas y apartado lírico con pretensión irónica que, visto hoy, resulta cuánto menos entrañable ( “quién sabe que puede ocurrir/si el Rayo hoy vence al Madrid”) cuándo no directa y deliciosamente desfasado (“Dicen que hay un muro en Berlín/y nadie quiere irlo a destruir”) En el plano estrictamente musical, un tema muy en la línea de los primeros KISS.

Mención especial merece “Es Decisión”, primera ocasión en la que Pepe Risi se pone frente al micro y clásico impepinable de la banda. Una grandiosa canción preñada de melancolía, nocturnidad y estampas evocadoras que encajaba como anillo al dedo en la idiosincracia melancólica y maldita del malogrado guitarrista (¿Nuestro Keith Richards/Johnny Thunders?) Irónicamente, lo que aquí hacía a título eventual terminaría siendo la norma, ya que tras la marcha de Toño se convertiría en el cantante de Burning.

 “Quiero Ser Un Robot” es puro Toño: La abulia, la dejadez existencial que transmite la letra en contraste con su voz,tan sensual y chulesca como triste. Sensaciones y sentimientos que quizás encuentren su máxima expresión en la que es la a todas luces cima -objetiva- del disco, “No Es Extraño Que Estés Loca Por Mí”. Tras la chulería confianzuda del título y la ya mítica intro de piano de Johnny Cifuentes se esconde uno de los temas más poderosos de la banda, tanto en lo musical (poderosísimo riff) como en lo lírico, desgranado los primeros y titubeantes pasos de una relación casual, las subidas y las bajadas, balanceándose de lo abstracto a lo explícito sin despeinarse.

 Tras semejante demostración de poder, es normal que la cincuentera “Baila Mientras Puedas” sepa más bien a poco, lo que no quita que sea un tema divertido, amén de lo inédito de ver a los Burning nadando en aguas Rockabillys. “Día De Lluvia” como supongo se intuye por el título, es lo más cercano a una balada que vas a encontrar en éste álbum, un tema melancólico, con sabor a cicatrices sin curar. Para cerrar, “Escríbelo Con Sangre”, suerte de murder ballad castiza, atmosférica y generosa en guitarras que pone punto y final a este clásico indiscutible del Rock and Roll patrio.

Burning, ya lo apuntábamos más arriba, fueron pioneros en muchas cosas, para lo bueno y para lo malo. Y si su manera de entender el género y reivindicar según qué influencias fue pionera en la historia del Rock and Roll de este país, no lo fue menos el malditismo que jalona su biografia, sembrada de episodios de drogadicción, sordidez, muertes y, en definitiva, la cara oscura y en ocasiones inevitable que ha acompañado al devenir de nuestra música. Burning fueron mucho. Burning son mucho.

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1980, 80's, Discos, Garage, Hard Rock, Música

Roky Erickson & The Aliens – "I Think Of Demons"

Corría el año 1979 y un tipo de Tejas, Roger Kynard Erickson, había recorrido, qué duda cabe, un largo y tortuoso camino para llegar hasta ese punto. Tras su paso por los fundacionales 13th Floor Elevators, piedra de toque en lo que fusión de  Garage y Psicodelia se refiere, nuestro hombre vivió su particular via crucis por los abismos de la locura, agravados por sus años de consumo descontrolado de ácido en una banda sobre la que siempre sobrevoló el espectro del caos y la sordidez. A su biografía me remito.

Años de confinamiento en un psiquiátrico, ejerciendo de carne de electroshock y compartiendo alojamiento con verdaderos psicópatas (algunos fans de su antigua banda, según cuenta) Lo más razonable era dar por perdido a Roky como artista, alguien al que la medicación reduciría su creatividad al mínimo y que tras salir de su reclusión consumiría sus días viviendo de una paga del estado, manteniendo el fantasma de la esquizofrenia a buen recaudo a base de barbitúricos.

Afortunadamente, y en ocasiones, las previsiones en apariencia más obvias pueden verse desmentidas por el desarrollo de los hechos. Al poco de recobrar la libertad, Roky pasó de seguir medicación alguna, lo que si bien le llevó a protagonizar más de una excentricidad al cabo de los años, también le permitió pleno acceso a sus musas, a reclutar una banda que le procurase sólido respaldo y, en fin, a editar un debut en solitario que afianzase su posición en el mundo de la música, más allá de la de viejo icono de una banda de culto de los lejanos 60’s.

Concebido en principio como una suerte de álbum conceptual inspirado por el cine de terror, lo cierto es que “I Think Of Demons” termina revelándose, no sé si involuntariamente, sabedores de los avatares vitales de su protagonista, cómo algo más profundo, poseedor de una entidad propia y un espíritu perfectamente reconocibles.

Lo primero que sorprende al ponerlo a rodar es que poco o nada queda de las texturas lisérgicas con las que tan afanosamente trabajó en los Elevators. Sigue habiendo un innegable poso psicodélico, ciertamente sutil, pero el disco suena en su mayoría a Hard Rock aliñado de inmediatez y riffs incontestables, con duelos de guitarras y potentes solos. “Two Headed Dog”, que con el tiempo sería uno de sus himnos de siempre, es la encargada de mostrarnos este nuevo giro sónico a seguir. También de lo que será una tendencia de buena parte de su cancionero: El minimalismo lírico, basando la canción en la repetición de un par de versos y confiándolo todo a la pasión interpretativa.

“I Think Of Demons” es otra de las cimas del álbum, un corte de adictivo riff y con un poso melódico nada desdeñable, que se ve seguida por otro anthem del calibre de “I Walked With A Zombie”, canción de marcadas costuras baladísticas fifties que evidencia que la abundante retórica sobre zombies, demonios, vampiros y demás fauna de ultratumba no puede enmascarar el corazón rocker de Erickson, el fan irredento de Buddy Holly que, en los shows de aquellos años versionaba temas de Phil Spector.

“Don’t Shake Me Lucifer” suena completamente a los Rolling Stones de Mick Taylor, siendo francamente fácil imaginar al Jagger de los primeros 70’s poniéndole voz, un brioso Rock And Roll que para nada hubiese desentonado en el “Exile…” “Night Of The Vampire” baja las revoluciones, un medio tiempo de aura ominosa que da paso a par de temas en la pura tradición del Hard Rock crudo y no exento de cierta melancolía en el que abunda el disco, “Bloody Hammer” y “White Faces”. Las épicas y guitarreras “Cold Night For The Alligators” y “Creature With The Atom Brain” preceden a “Mine Mine Mind” exponente de mi Roky Erickson predilecto, a saber: El fino creador capaz de conjugar riffs rocosos, melodías perfectas y ambientes místicos sin despeinarse un pelo de la barba.

“Stand For The Fire Demon” sigue la senda de cortes previos como, verbigracia, “Night Of The Vampire”, una suerte de letanía tortuosa, densa y eléctrica que anticipa la grand finale con “The Wind And More”, inamovible en los sets de sus shows, y, en este caso felicitémonos por ello, poseedora de todos los clichés, musicales y estéticos que le presuponemos al de Austin.

Como era casi de esperar, la repercusión de “I Think Of Demons” fue, siendo generosos, modesta (¿Un naúfrago de la era del ácido colándose en los charts la era de la MTV, los sintetizadores y el arena rock? Siéntate y espera) Pero al menos sirvió para, como se apuntaba más arriba, apuntalar a nuestro hombre en el negocio y renovar su fe en la música, granjeándole de paso un reducto de fieles seguidores y dando el pistoletazo de salida a una singladura abundante en buenos trabajos, cuyas muestras se extienden hasta prácticamente nuestros días. En fin,y haciéndome eco del grito de guerra de sus valedores sólo me resta deciros eso de: Don’t Knock The Rock!

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