00's, 2005, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "A Bigger Bang"

  Cuándo ya nadie esperaba nada discográficamente hablando por parte de The Rolling Stones, éstos, propulsados por el repunte de popularidad y los fastos que supuso la celebración de su cuarenta aniversario, para sorpresa de propios y extraños, se destaparon con el lanzamiento de una nueva obra.

 “A Bigger Bang” adolece, a priori, de los mismos defectos que lastraron a piezas pretéritas como “Voodoo Lounge” o, especialmente, “Bridges To Babylon”, a saber: Superávit compositivo que se traduce en un número exagerado de canciones (dieciséis, nada menos), momentos donde se acusa cierta tendencia al piloto automático, así como la inclusión de canciones que habrían estado mejor engrosando la producción solista de Jagger.  Sin embargo, nos encontramos ante un grupo sonando acorde a sus tiempos, sin escudarse en vergonzantes revivalismos de su propio legado ni quedándose en el intento de reverdecer laureles, que ha sabido madurar -con- su sonido sin llegar a estancarse en los parámetros de la fórmula, entregando una colección de canciones que, pese a hacerse larga por momentos, llega al notable sin mayores aspavientos.

 El album abría fuego con una tripleta ganadora, que confirmaba el buen estado en que se encontraban: El rotundo rock and roll inaugural de “Rough Justice”  daba paso a la deliciosa “Let Me Down Slow” que a su vez precedía al riff maestro que envuelve la chulesca “It Won’t Take Long”. La impresión que producen es común: Pese a haber tardado casi una década en entregar material nuevo, el resultado está a la altura. La voz de Jagger parece inasequible a la erosión del tiempo, y parece que la producción deja más espacio a las guitarras de Richards y Wood, algo difuminadas en el trabajo inmediatamente anterior. Tras semejante apertura, la discotequera “Rain Fall Down” sabe definitivamente a poco.

 “Streets Of Love” es el single indiscutible e indiscutido del album. Y cómo suele pasar con ésta clase de productos, capaz de generar reacciones de lo más opuestas. Desde los que lo consideran una perfecta carta de presentación en forma de exquisito pop a los que echan espumarajos por la boca ante lo que consideran como una descarada concesión a la comercialidad. Servidor, lo confiesa, pertenece a la primera categoría.

 “Back Of My Hand” ofrece, por fortuna para los puristas, todo un remanso. Una excursión al blues crudo,  cargado de slides y sentimiento deslavazado qué remite, indefectiblemente, a lo que se traían entre manos los stones de los viejos tiempos, aquellos que grababan en las dependencias de Chess covers de lo más granado de la música negra del momento.

  Con un insólito line-up reducido a los cuatro miembros supervivientes, con Mick haciéndose cargo del bajo, pulen un disparo de rock and roll de envidiable factura, “She Saw Me Coming” que da paso a uno de esos números que no habrían desentonado en un disco solista del cantante: “Biggest Mistake”. Corte pop de costuras ciertamente melancólicas qué mantiene el tipo de sobra.

 “This Place Is Empty” es el primer momento a mayor gloria de Keith que nos brinda el redondo, y una  de las mayores exhibiciones de feeling que podemos encontrar en él, con un Kiz sonando -casi- como uno de esos artesanos de la canción de la era pre-rock, al estilo de Hoagy Carmichael. En ésta sentida balada en la que se funden acústicas y teclas podemos encontrar versos preñados de un dulce desencanto (“Come on, honey, bare your breasts/ And make me feel at home/ You and me we’re just like all the rest/ And we don’t want to be alone”) que redondean un momento a vindicar, pese -o quizá por- a la aparente falta de pretensiones.

  Refrescante cambio de tercio el que supone “Oh No, Not You Again”, uno de los rockandrolles más inspirados de “A Bigger Bang”. Heredero de los flirteos punks que dominaban “Some Girls”, nos presenta a una banda con un desparpajo insultante, facturando un corte rebosante de frescura, descaro y ganas de divertir. Tras semejante exhibición, la modesta “Dangerous Beauty” lo tenía más que crudo para destacar.

 Tampoco consiguen despegar la atomosférica “Laugh, I Nearly Died” ,“Sweet Neo Con”, otra de esas -increíbles- incursiones stonianas en la canción protesta y a la postre la peor canción del trabajo;  la zumbona “Look What The Cat Dragged In”; o el rock machacón “Driving Too Fast”.

 Ante semejante panorama, sería tentador afirmar que un tijeretazo al tramo final del disco no habría estado de más, si no fuese por “Infamy”, segundo momento Richards del disco y cierre del mismo, que, sin llegar al nivel de “This Place Is Empty” pone una coda atmosférica y sentida, todo corazón, al trabajo.

 No sabemos si fruto de la casualidad o con la intención calculada de establecer un paralelismo autoconclusivo, la portada de “A Bigger Bang” no ofrece, más allá de la fotografía, información alguna en su cubierta, al igual que hicieran en aquel lejano, lejanísimo, “England’s Newest Hit Makers” con el que todo empezó a rodar: Del rythm and blues, la british invasion, el fenómeno fan, el ocultismo, las flores en el pelo, la mística hindú y el liderazgo perdido de Jones; De Hyde Park, Altamont y el exilio en la Costa Azul; Del hard rock, el funk y el punk que se creía que iba a enterrarles y acabaron asimilando a su ADN musical; Del bache de los 80’s que casi los deja en la cuneta; De su condición de iconos vivientes y multitudinarios, mitos en vida. De todo eso hasta “A Bigger Bang” y de ahí hasta ahora. Cuánto tiempo. Cuántas canciones. Resulta imposible glosar la historia musical del s.XX sin citar su nombre, sin valorar su legado; Se antoja inimaginable un mundo sin su presencia. The Rolling Stones, por siempre.

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The Rolling Stones – "Bridges To Babylon"

   Revitalizados por la vuelta a las andadas que había supuesto la edición de “Voodoo Lounge” y deseosos de capturar la esencia de los sonidos del momento, voluntad que se pone de manifiesto en la decisión de delegar parte de las tareas de producción en The Dust Brothers (dupla detrás del sonido de propuestas tan equidistantes a los stones como The Beastie Boys, Beck o ¡Hanson!) “Bridges To Babylon” muestra a un grupo tan fresco y osado por un lado, cómo falto de ideas y, en ocasiones, personalidad por el otro.

  El album abre con un correcto rock and roll sin más pretensiones que las de aportar un pistoletazo de salida coherente al redondo, “Flip The Switch”, que da paso al primer single potencial del trabajo, “Anybody Seen My Baby?”. Una insinuante línea de bajo envuelve un corte que parece ser deudo de aquellas exhibiciones a medio camino entre la música disco y el rock que tanto, tantísimo, habían menudeado en su producción 70’s. “Low Down”, número guitarrero sin ninguna cualidad digna de mención, precede a “Already Over Me”, qué hace buena esa afirmación, a veces manida, de que el que tuvo retuvo.

 “Gunface” muestra a unos stones absolutamente perdidos, haciendo aguas en un juego que no es el suyo, facturando una suerte de rock moderno y monótono, carente de atractivo alguno.

 La cosa, por fortuna, mejora un tanto en “You Don’t Have To Mean It”, corte al que Keith pone voz, sonando como si Buddy Holly, en lugar de en las dependencias de Brunswick Records, hubiese optado por grabar en algún oscuro soundsystem de Kingston. Una mezcolanza a priori bizarra que termina por saldarse con un resultado más que positivo.

 “Out Of Control” inauguraba la segunda mitad del trabajo, mostrando la primera exhibición de poder, genuina, contenida en “Bridges To Babylon”. Tras un comienzo lento, un crescendo que termina por explotar en un poderoso rock and roll lleno de rabia contenida y desencanto, ribeteado por el fabuloso solo de harmónica que se marca Jagger.

 La racha parece continuar en “Saint Of Me”, single indiscutible del disco así como culminación de las intenciones que parecía tener la banda a finales de los 90’s, a saber: Sonar frescos y genuinos; comerciales y poderosos; modernos y guitarreros, todo a un tiempo. Unos exquisitos punteos acompañados por el sucinto órgano de Billy Preston van dando cuerpo a un tema que se revela como un intimidante rock and roll preñado de referencias bíblicas, jalonado por una atmosférica y delicada parte intermedia que termina por explotar, de nuevo, en despliegue guitarrero.

 “Might As Well Get Juiced”, con la voz de Jagger enterrada bajo una montaña de sintetizadores y efectos, pone, de nuevo, todas las alarmas en funcionamiento. Es encomiable, supongo, la voluntad por parte del cantante de no estancarse en una propuesta sónica de las que ya se ha nutrido, pero hacer sonar a The Rolling Stones como un -mal- grupo de electrónica me parece excesivo.

  El mal sabor de boca dejado por semejante experimento se ve parcialmente atenuado tras la escucha de “Always Suffering”, correcto número de mimbres campestres, y sobre todo por el estallido eléctrico de “Too Tight”, uno de los cortes mejor medidos del trabajo así como una orgullosa vindicación, entre otras cosas, de su condición de perros viejos (“Yeah, don’t try to reel me in/With all those charms school looks/I’ve seen it all a thousand of times/I sung that song, i wrote that fucking book”)

  El tramo final de “Bridges To Babylon” pasa por ser el segundo momento Richards del album. Primero con “Thief In The Night”, atmosférico rythm and blues. Un tema reposado, a tumba abierta, rico en secciones de viento que se encadena, sin solución de continuidad con “How Can I Stop”, con Keef de nuevo a las voces y un sentimiento sweet soul music a la antigua usanza, con el guitarrista desgranando un tema que no habría desentonado en el repertorio de los Miracles, con el saxo de Wayne Shorter y la batería de Charlie Watts enzarzándose en un duelo que amén de clausurar el tema, hace lo propio con el redondo.

 Sentimientos encontrados los que produce este trabajo. Por un lado, un grupo que parece seguir beneficiándose del savoir faire exhibido en su anterior lanzamiento, dando en la diana con temas capaces de llegar tanto al corazón del fan como de las radiofórmulas y píldoras de buen gusto; por otro, una cierta falta de dirección qué se pone de manifiesto en algunos de los momentos menos lucidos del cedé, mostrándonos a una banda bien a la deriva en su intento por flirtear con ciertos sonidos, bien facturando cortes absolutamente desalmados con el piloto automático activado. Con todo, los primeros son mayoría con respecto a los segundos y podemos seguir hablando de un grupo que, discográficamente hablando, se niega a vivir de rentas.

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The Rolling Stones – "Voodoo Lounge"

 Editado en pleno auge del rock alternativo, en un panorama si no diametralmente opuesto, bastante diferente al que regía en los últimos 80’s, “Voodoo Lounge” se destapa como lo que será el libro de estilo a seguir por la banda en sus próximos lanzamientos, a saber: Trabajos muy espaciados en el tiempo, sobrecargados de repertorio que compense sus largos impasses y editados más cómo testimonio de permanencia y/o apoyo de sus giras que cómo expresión creativa per se; lo que no es óbice para afirmar que se trata de una obra notable, bastante superior, de hecho, a lo que venían despachando en entregas anteriores. Pero vayamos por partes.

 El redondo abría con una tripleta ganadora, la mejor alineada, quizá, desde los días de “Tattoo You”: Con la sinuosidad de “Love Is Strong”, la chulería contenida de “You Got Me Rocking” y el chute poppie de “Sparks Will Fly” poniendo las cartas sobre la mesa y confirmando un mejor estado creativo que el que se adivinaba en “Steel Wheels”. No, no parece que la inadvertida marcha de un Bill Wyman cuyo grado de compromiso con el grupo había pasado a ser estrictamente nominal haya hecho mella alguna en el entorno de la banda.

 “The Worst”, deliciosa y arrastrada pieza acústica con Richards haciéndose cargo de la voz, da paso a “New Faces”, cuyo uso del clavecín, así como su temática de amor herido remite y mucho a aquellas baladas barrocas con las que intentaban aferrarse a los hit parade en los tiempos lejanos, lejanísimos, de Brian Jones.

 “Moon Is Up” supone un cambio radical de tercio, una delicada gema de pop onírico y regusto melancólico envuelta en una producción con toques futuristas y la colaboración del heartbreaker Benmont Tench, cuya aportación termina de remachar uno de los momentos más especiales del trabajo. Cerrando la segunda cara estaba la balada a piano “Out Of Tears”, más que cumplidora en su calidad de single potencial.

  Un poderosísimo riff propulsa “I Go Wild”, disparo rockandrollero con hechuras de himno que preludia a “Brand New Car”, número de pocas pretensiones y basamento bluesy, con una letra con regusto a aceite de motor que podría haber figurado en el cancionero del primer Chuck Berry.

 Los sonidos de filiación tex-mex, con los que ya habían jugueteado en alguna que otra ocasión, toman cuerpo en “Sweethearts Together”, corte en el que no falta ninguno de los ingredientes característicos del género: El bajo sexto de Max Baca, la lap steel de Ron Wood y el acordeón del máximo exponente del género, Flaco Jiménez, dan la ambientación fronteriza necesaria a esta delicada balada.

 “Suck On The Jugular”, con ese bajo zumbón al comienzo y su aire discotequero y trasnochado da la impresión de ser un descarte del reciente “Wandering Spirit” de Jagger. Uno de los momentos más olvidables del redondo.

  Arribando al tramo final del album nos encontramos con una de las piezas mejor pulidas del mismo, “Blinded By Rainbows”. Heredera de la cualidad evocadora de tantos temas pretéritos, nos muestra a un Jagger en plenas facultades de transmisión, declamando sobre unos exquisitos arpegios que preceden al estallido del estribillo. Uno de los highlights objetivos del disco, ni más ni menos. “Baby Break It Down” es inevitable que sepa a poco tras el exquisito corte que lo precede, pero no pierde las formas, mostrando una maquinaria engrasada y reluciente, con nuevos bríos, en su faceta más afecta al riff.

  Llega el turno de la que fue una de las grandes joyas ocultas de “Voodoo Lounge”, que no es otra que la atmosférica “Thru And Thru”. Tema orgánico, a corazón abierto, con unos punteos minimalistas de Keith dominando la acción con el acompañamiento ocasional de las acústicas de su técnico Pierre de Beauport y alguna que otra explosión eléctrica, nos muestra a un Richards suplicante y aullador, dándolo todo. Y hablo en pasado de su condición de diamante olvidado ya que su inclusión en la banda sonora de The Sopranos pareció otorgarle un nuevo lustre y reconocimiento al mismo, hasta llegar al punto de ser rescatado para la gira Forty Licks.

 “Mean Disposition” echa el cierre a ritmo de rock and roll, con el grupo operando en su formato más básico y deslizando lo que podría interpretarse como una declaración de intenciones a aplicarse (“Yes, i’m going to have to stand my ground/Like Crockett at the Alamo”)

 Las quince canciones de “Voodoo Lounge” componían el tracklist más largo que habían firmado The Rolling Stones desde los días de “Exile On Main St.”. Sin necesidad de entrar en comparaciones estériles o de debatir si tan abultado repertorio respondía a una genuina hemorragia creativa o a la necesidad de entregar un producto de mayor volumen; no cabe duda de que era lo mejor, por homogéneo y bien pulido, que habían entregado en mucho tiempo. No, desde luego no era oro todo lo que relucía -Pese a la consabida firma Jagger/Richards la inmensa mayoría de los temas contenidos están firmados en solitario por uno u otro-, pero cabría preguntarse en qué oscuros negociados andaban metidos otros compañeros de generación de la década que los vió nacer -e incluso de alguna posterior- mientras ellos entregaban un álbum tan fresco, variado, notable y vivificante como el que nos ocupa. Ahí lo dejo.

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The Rolling Stones – "Steel Wheels"

 Saludado casi por unanimidad cómo el retorno de unos Rolling Stones que parecían resucitar en el ocaso de una década que los había visto en su peor versión, con el espectro de la disolución revoloteando a placer sobre sus cabezas; “Steel Wheels” muestra a un grupo en forma, jugadores de ventaja que toman distancia de las producciones estrambóticas y las concesiones a los sonidos imperantes del momento para explotar lo que mejor saben hacer, a saber: rock and roll poco amigo de florituras, generoso en urgencia y corazón.

 Unos meses antes de su gestación, podría decirse que la paz había vuelto, por fin, a la banda; o mejor dicho, a poner término al encono que parecía mediar entre sus dos cabezas visibles. Quizás habían recordado que pertenecían a un negocio en el que importa poco, muy poco, la magnitud de los logros pasados, por fabulosos que sean, si el saldo del momento, del instante, no está a la altura de lo esperado. Conscientes de ésa realidad, tocaba enterrar el hacha de guerra y retomar relaciones, con unas condiciones, todo sea dicho, más propias de un armisticio que de un genuino tratado de paz entre Jagger y Richards.

 “Sad, Sad, Sad” era la mejor apertura con que se descubrían desde aquel “Start Me Up” que daba el pistoletazo de salida a “Tattoo You”. Rock and roll eminentemente stoniano, impregnado de su idiosincrasia más vindicable, pasa por ser una de las joyas del redondo.

 “Mixed Emotions” se revela cómo otro corte poderoso, con otro de esos riffs que sientan cátedra. Parece que nos encontramos ante unos stones genuinamente dispuestos a volver por donde solían, con un Jagger haciéndose cargo de las rítmicas al frente de un combo de lo más engrasado. Pero no. “Terrifying” trae consigo los fantasmas de las peores producciones ochenteras perpetradas por The Glimmer Twins, siendo un tema que podría haber formado parte, sin problemas, del fallido “Undercover”.

 Vuelve el músculo en “Hold On To Your Hat”, andanada de estructura fifties qué confirma una de las constantes sónicas de algunos momentos del elepé: La guitarra de Keith Richards suena muy poco a Keith Richards. Resulta increíble que esos punteos, propios de un hacha hard rockero de la época, sean obra suya. Casi igual de increíble que el inicio de “Hearts For Sale”, que puede hacernos dudar de si no estamos ante el comienzo de un tema de Dire Straits.

 “Blinded By Love” se encargaba de cerrar la cara, enderezando de paso el ritmo del trabajo, algo desigual llegados a este punto. Delicioso número acústico ribeteado de mandolinas, no hace otra cosa sino confirmar la maestría de The Rolling Stones a la hora de manejarse en tales texturas.

 La segunda cara abría con otro de los himnos de nuevo cuño del grupo, “Rock And A Hard Place”. Heredero de la mixtura de rock con texturas disco que tantas veces han puesto en práctica con anterioridad y con una letra reflejo de unas increíbles inquietudes sociales por parte de Jagger (“This talk of freedom and human rights/Means bullying and private wars and chucking all the dust into our eyes/And peasant people poorer than dirt/Who are caught in the crossfire and have nothing to lose but their shirts, yes” Casi nada). Sin ser un mal tema, dista de la categoría de “Sad, Sad, Sad” y termina por hacerse un tanto larga.

 Y como venía siendo costumbre, Richards irrumpe con algunos de los mejores momentos del album. “Can’t Be Seen”, el primero de ellos, es uno de los mejores números en clave rock and roll que pueden degustarse en “Steel Wheels”: Toda una lección de estilo que nos recuerda que, pese a la debacle creativa por la que parecían haber pasado los últimos stones, las composiciones de Keith a lo largo de la década siempre mantuvieron el tipo con sobrada holgura. No en vano estábamos ante el hombre que no hacía ni un año que había consumado su vendetta de las aspiraciones solistas de Jagger editando “Talk Is Cheap”, considerado por muchos como la mejor rodaja stoniana de la segunda mitad de la década. Ahí es nada.

 “Almost Hear You Sigh”, pese a sus concomitancias -o precisamente por eso- con “Beast Of Burden”, se revela como uno de los números más reseñables del trabajo, un remanso que da paso a uno de los momentos más definitivamente outrés del mismo, “Continental Drift”.

 Concebido algo más de dos décadas después del deceso de Brian Jones, la banda parecía mostrar de pronto un repentino interés por los proyectos, esbozos y cintas en los que el finado guitarrista trabajó antes de abandonar definitivamente este mundo. Más concretamente, en su colaboración con los Masters Musicians of Jajouka, oriundos de Marruecos, a los que recurrieron para dar forma a ésta suerte de mantra, que por su marcado exotismo y el sinuoso teclado que aporta Jagger nos remite, salvando las distancias, a lo puesto en práctica en obras ya lejanas en el tiempo como “Between The Buttons” o “Their Satanic Majesties Request”.

 “Break The Spell”, composición de poco fuste, precede a la, ahora sí, grand finale y a la postre segundo momento Richards del disco, “Slipping Away”. Qué savoir faire, qué elegancia, qué labor de orfebrería a la hora de ensamblar uno de los momentos más inspirados del album: ¿Cómo poder sustraerse a la irrupción de los vientos mientras pone voz a eso de “All i want is ectasy/But I ain’t getting much/Just getting off my misery/It seems I’ve lost my touch”? Un broche sobresaliente. Todo corazón.

 No, no hay que acercarse a “Steel Wheels” con la idea de encontrar un trabajo sobresaliente, mucho menos un clásico. Hay que aproximarse a él sabedores del contexto que había dominado las andanzas de los stones durante la mayor parte de la década que estaba a punto de tocar a su fin. Visto así, ubicados en esa perspectiva, se revela como una vuelta a la senda correcta, el inicio de un sendero que les conduciría a retomar una actividad convencional y recuperar su posición en el negocio, más dinosaúrica y masiva que nunca, cómo se pondría de manifiesto en su gira de presentación. ¿Hay temas desechables, menores a olvidar? Sí, casi tantos cómo buenos, notables y vindicables; y esa proporción, a la luz de lo que venían mostrando sus últimas obras, era todo un triunfo.

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The Rolling Stones – "Dirty Work"

 Tres años. ¿Qué tiene de significativa esa cifra, más allá de ser el tiempo distante entre “Dirty Work” y su predecesor, “Undercover”? Pues que nunca antes, hasta esa fecha, había pasado tanto tiempo entre dos lanzamientos de The Rolling Stones.  Motivos para la demora, desde luego, no faltaron: Un año antes de la edición del disco, Jagger se lió la manta a la cabeza debutando en solitario con “She’s The Boss”, decisión que terminó de hundir la ya de por sí deteriorada relación que mantenía con Richards, quién al parecer no estaba al corriente de las ínfulas solistas de su compañero. Fue un lapso de tiempo en el que el grupo se encontraba virtualmente disuelto, con algunos miembros de la banda operando en solitario, ya fuera Bill Wyman con Willie And The Poor Boys; Ron Wood uniendo esfuerzos con héroes de juventud cómo Chuck Berry, Bo Diddley o Jerry Lee Lewis o Charlie Watts retomando sus flirteos con el jazz a través de su orquesta homónima. Sólo Keith parecía guardar una lealtad casi irracional al grupo, al no embarcarse en proyecto alguno. Por si fuera poco, Ian Stewart había dejado el edificio para siempre, privándolos de un elemento de cohesión y cordura, amén de sus teclas.

 Dicen las malas lenguas que Mick volvió al redil del grupo de mala gana, decepcionado por el impacto de su debut en solitario, menor del que esperaba, y que, siguen diciendo esas mismas lenguas, el cantante esperaba que fuese lo suficientemente definitivo cómo para poder continuar su vuelo en solitario a perpetuidad. Pero no pudo ser.

 No, desde luego no eran los mejores condicionantes para embarcarse en la creación de un nuevo album, pero, sorpresivamente, “One Hit (To The Body)” no adolece del sonido ochentero de la apertura de su anterior elepé. La razón podría ser que, mientras “Undercover” fue un trabajo concebido en buena medida en la cabeza de Jagger, gran parte de la música de “Dirty Work” fue creada mano a mano por Richards y Wood aprovechando el absentismo del otrora implicado vocalista. En el plano estrictamente musical, un rock and roll de poderosas guitarras e indeterminados ecos sixties, con ciertas reminiscencias a “All Along The Watchtower” y una sorprendente nómina de invitados entre los que se encontraba un Jimmy Page qué tampoco pasaba por su mejor momento; Artistas versionados por la banda en otro tiempo como Bobby Womack o Don Covay o la señora de Bruce Springsteen, Patti Scialfa.

 “Fight” continuaba en la senda del rock and roll a carta cabal -aunque no especialmente memorable, todo sea dicho-, pero el espejismo de la apertura quedaba convenientemente diluido en “Harlem Shuffle”, relectura del tema de Bob & Earl que adolece de los vicios de producción tan comunes del anterior trabajo
y que vuelve a contar con la presencia de Womack y el añadido de Tom Waits en segundo plano.

 “Hold Back” muestra a unos stones generosos en músculo, pero faltos de dirección, esbozando momentos inspirados que terminan quedando en menos de lo que prometían. No puede decirse lo mismo de “Too Rude”, cover de Half Pint totalmente falto de pretensiones, conducido por una sencilla línea de bajo y con Keith poniendo voz a uno de los momentos más reggae del redondo.

 “Winning Ugly” engrosa esa categoría de cortes desdibujados, con buenos mimbres, pero mal proyectados y, sobre todo, producidos. Es una pena que un corte con un estribillo tan potente esté tan clamorosamente desaprovechado. “Back To Zero” abre con unas infames sonoridades ochenteras que hacen dudar de si no estamos ante lo peor que han grabado los stones, sin embargo consigue salvar los muebles -que no deslumbrar- cuándo da paso a sonoridades más eminentemente rock, con las que estará en tira y afloja durante todo el tema.

 Retoman su pulso rockandrollero en “Dirty Work”, número que no posee ninguna cualidad digna de mención mientras que “Had It With You” parece heredero de la cualidad obsesiva de temas previos cómo “Shattered”, con Ron Wood aportando, además de su guitarra, un contenido saxo que ribetea uno de los temas, aún por descarte, más salvables del disco.

 Como venía siendo costumbre, Keith aportaba los números si no más memorables, si reivindicables de éstos oscuros trabajos, faltos por completo de pretensiones y reluctantes a pretensiones bombásticas de cualquier tipo. “Sleep Tonight” es, con mucho, lo más orgánico y auténtico, por real, que puede encontrarse entre los surcos de “Dirty Work”. Una delicada pieza equilibrada entre el piano, las acústicas y algunas explosiones de electricidad bien conducida. La joya escondida del redondo.

 La coda la ponía un hidden track, una relectura del oldie “Key To The Highway”,breve número instrumental a piano ejecutado por Ian Stewart, e incluida a modo de merecido homenaje póstumo.

 Engañosa cualidad la de “Dirty Work”. Pese a contar con un envoltorio sónico más digno que el de su predecesor, contando con una producción marcadamente rockera, el saldo final de temas a salvar es incluso menor que el que encontrábamos en “Undercover”. Supongo que el hecho de que Ron Wood tuviese que aportar cuatro de los once temas del disco es lo suficientemente ilustrativo por sí mismo de cómo estaban las cosas en el grupo: Ni subirle el volumen a las guitarras ni contar con una abultada lista de invitados iba a paliar lar carencias creativas de una banda a la deriva, que daba la impresión de continuar por inercia, grabando discos que no se dignaban a presentar repletos de material olvidable. No, The Rolling Stones nunca habían tocado fondo de esa manera. Tocaba jugarse su continuidad a una carta, y eso es justo lo que iba a suceder en su próxima entrega.

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The Rolling Stones – "Undercover"

 Inaugurando la oscura dupla de albums grabados de manera dispersa y sin su pertinente presentación en vivo -esto es, de compromiso-, lo primero que sorprende de “Undercover” es comprobar que, pese a lo que se ha hecho esperar su irrupción (estamos en el ’83), las producciones típicas de la década ominosa han golpeado al sonido del grupo con fuerza, llegando incluso a lastrar números que con otro tratamiento habrían podido, quizás, brillar de otro modo. Eso, sumado al consabido estado de baja forma creativa y comunicativa en el seno de la banda, resultará en uno de los elepés menos memorables de cuantos han editado.

 “Undercover Of The Night”, tema de inicio, muestra a unos stones asépticos, desnaturalizados, facturando un impersonal rock discotequero que podría haber engrosado el track-list de cualquier album menor del género grabado en aquellos años. Envuelto en una producción inflada, con todos los gimmicks ochenteros imaginables, pasa por ser una sus aperturas menos afortunadas, sino la que más.

 “She Was Hot” es, afortunadamente, harina de otro costal: Heredero, en cierto modo, del rock and roll vacilón e inmediato que empapaba los surcos de “Some Girls”, se trata sin duda de uno de los momentos más deliciosos del redondo, un corte que pese a no librarse del todo del sonido ochentoso que recorre el disco, posee el nervio y la chulería que caracterizan a The Rolling Stones, cualidades que aumentarían exponencialmente en posteriores relecturas en directo del mismo.

 No parece durar, sin embargo, la racha: “Tie You Up (The Pain Of Love)” retoma lo que habían mostrado al comienzo, con resultados menos reseñables aún, dando paso a uno de esos remansos que nos brinda Keith, garantía de savoir faire en éstos tiempos de deriva para el grupo. “Wanna Hold You” muestra a Richards dando rienda suelta a su faceta más poppie en un tema que, con otro tratamiento sónico, podría haber pasado por un acaramelado oldie de la british invasion a ritmo de rock and roll.

 Las influencias jamaicanas siempre habían sido una apuesta segura en el sonido stone, que llevaba dejándose querer por el reggae desde los días de “Black And Blue”, obteniendo buenos resultados con sus flirteos incluso en obras menores como “Emotional Rescue”. Sin embargo, lo perpetrado en “Feel On Baby” rompía abruptamente con esa tendencia, mostrándonos en sus poco más de cinco minutos un verdadero muestrario de los horrores sónicos que asolaron a buena parte de las producciones del decenio.

 “Too Much Blood”, inspirada en el sórdido caso del caníbal Issei Sagawa, que había tenido lugar un par de años antes, abría la segunda cara del largo. A medio camino entre el disco más 80’s y algún que otro flirteo con el incipiente rap (esos speeches de Jagger con la base rítmica de fondo), tiene algunos detalles que hacen pensar que con otros arreglos podría haber ganado algunos puntos, sin embargo se queda en el   -cada vez mayor- cajón de temas desechables del trabajo.

 Eran tiempos de sequía, asi que, ¿Qué mejor que birlarle a Ron Wood alguna de sus ideas a cambio de darle un crédito como co-compositor? Dicho y hecho: “Pretty Beat Up” , un correcto rock and roll sin nada especialmente reseñable y que precede a “Too Tough”, un corte con una estructura -¿o es cosa mía?- , sobre todo en el estribillo, que lo acerca a algún himno del hard rock de la época. No cabe duda de que en el contexto de otro album habría pasado más desapercibido, pero el nivel del presente es tan flojo que forzosamente conseguía asomar la cabeza.

 No se puede decir lo mismo de“All The Way Down”, que pasa por ser de lo mejorcito del redondo, pero por méritos propios: Uno -otro- de esos rockandrolles en la estela de “Some Girls”, jalonado por unos coros deliciosos y un estribillo adictivo. Rematando la faena tenemos “It Must Be Hell”, con uno de esos riffs matadores que tan en falta se han echado a lo largo del trabajo y, aligerado, por fortuna, de los excesos de producción que abundan a lo largo del mismo. A buenas horas.

 Negativo, muy negativo es el balance resultante de la escucha de “Undercover”. Sólo la mitad de sus temas pueden ser considerados como vindicables, y a diferentes niveles. Si, sigue resultando loable que mientras algunos compañeros generacionales -e incluso algunos nombres posteriores- andaban inmersos en el circuito de la nostalgia, The Rolling Stones seguían teniendo los arrestos de coquetear con sonidos y técnicas de producción novedosas, pero esa audacia no tenía porqué traducirse, ni mucho menos, en un resultado final reseñable. Los stones del ’83 parecían perdidos, desganados y -puede que- plegados en demasía a los designios de su cantante. Para su siguiente entrega, tres años después, los condicionantes eran casi los mismos, sólo que empeorados por un cisma que casi consume a la banda, poniendo su continuidad en la cuerda floja. Pero de eso hablaremos en la siguiente entrega.

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1981, 80's, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "Tattoo You"

 Perpetuándose en mostrar una -a tenor de lo que vendría inmediatamente después- sana prevención hacia lo que podían dar de sí a nivel creativo, The Rolling Stones repetían fórmula en “Tattoo You”, hurgando en el cajón de los descartes en pos de temas pasados a los que poder insuflar nueva vida; Con una diferencia, eso sí: Mientras que para la confección del tracklist de “Emotional Rescue” retrocedieron a la recámara de su predecesor, “Some Girls”para la ocasión decidieron acudir a un material de mayor solera, remontándose a las sesiones inmediatamente posteriores a “Exile On Main St.” en adelante, lo que en cierto modo explica que estemos ante la rodaja más inspirada de cuántas facturaron los stones a lo largo de la década.

 Resulta increíble que un tema de las hechuras de “Start Me Up”, una carta de presentación perfecta del sonido 70’s de la banda, con ese riff en la senda de “Brown Sugar”, pertenezca a un disco tan tardío. Casi igual de sorprendente que el hecho de que su inclusión fuera descartada de manera sucesiva en “Black And Blue”, “Some Girls” y “Emotional Rescue”. Poco más se puede decir de uno de sus temas más conocidos, el último, quizá, en ser capaz de engrosar la categoría de imprescindibles del grupo, al menos en sus directos: Un poderoso rock and roll stoniano, con un Jagger subidísimo de chulería y unos atinados coros que bordan una apertura de escándalo.

 “Hang Fire”, esquirla desechada de “Some Girls”, pasa por ser uno de los momentos más deliciosos del elepé. Rotundo rock and roll de estructura doo-woop y adictivos juegos vocales, jalonado por unos exquisitos punteos de Richards, da paso a “Slave”, sobrante de los días de “Black And Blue” y con unos invitados de relumbrón: Sonny Rollins, Pete Townshend y, ahí es nada, el retorno del hijo pródigo (Billy Preston) que unen fuerzas en ésta excursión hacia algún punto indeterminado entre el rock, el soul y el funk más atmosférico,y que, por mucho que nos recuerde a lo que se traían entre manos en la segunda mitad de la década anterior, termina por hacerse un poco larga.

 Llega el momento de Keith con “Little T&A”, corte que estuvo a punto de formar parte de “Emotional Rescue” pero terminó por quedarse en el tintero. Oda a pasadas partenaires con las que el guitarrista ha intimado fugazmente, nos descubre al normalmente sensible y delicado Richards destapándose con unos versos que no destacan, precisamente, por su sutileza (“She’s my little rock & roll/ Her ass & tits with soul, baby/She’s my little rock & roll”). En el plano estrictamente musical, por mucho que él clame que se trata de un corte de influencia rockabilly, encontramos una canción con la hiperreconocible signatura sónica que marca a fuego los temas a los que pone voz.

 “Black Limousine”, otro suelto de “Some Girls”, que, a decir verdad, dudo que hubiese encajado en el espíritu “punk” de aquel, acerca al grupo a sus raíces blues, construyendo un corte de lo más vacilón a partir de un riff de slide de Ron Wood. No se puede decir lo mismo de “Neighbours”, qué pese a ser una de las pocas canciones concebidas ex profeso para el album, no hubiese desentonado, con su toque deslavazado y urgente, entre los surcos de “… Girls”.

 El inicio de la cara b con “Worried About You” volvía a retrotraernos a los tiempos de “Black And Blue”, con un Jagger ahondando, de nuevo y al igual que en “Emotional Rescue”, en las posibilidades que le brinda el falsetto hasta romper en ese rotundo “Baby” que da paso al estribillo. La canción nos trae a la memoria a los stones en su mejor versión setentera, cargados de épica y electricidad, de regusto negroide y savoir faire. 

 “Tops” databa, nada más y nada menos, que de las sesiones de “Goats Head Soup” , con la guitarra de Mick Taylor estallando en flamígeros solos rescatada para la ocasión. Gloriosa fusión de rock and roll con maneras disco, es cuándo escucho temas así cuándo más increíble me resulta la posición de aquellos que reniegan de todos y cada uno de los movimientos ejecutados por la banda de los 80’s en adelante: ¿Seguro que han escuchado ésto?

 Cambio total de tercio en “Heaven”, que nos devuelve a unos stones coqueteando peligrosamente con sonoridades ochenteras, en ésta extraña pieza ejecutada a tres bandas por Jagger, Watts y Wyman (que también aporta el omnipresente sintetizador que lo envuelve todo). Atmosférico número de oníricos mimbres, pasa por ser lo más flojo del redondo.

 Enfilando la recta final del album, aparece “No Use In Crying”, –otra gema perdida de sabor 70’s, con ciertos matices en el estribillo que nos traen a la memoria, aún lejanamente, su revisión de “Time Is On My Side”- y, el que es junto con el de apertura el momento más conocido del LP, “Waiting On A Friend”.

 Procedente también de los lejanos tiempos de “Goats…”, hubo que esperar casi una década a que se decidieran a añadirle una letra. Resulta irónico, cuánto menos, que el tema elegido fuese la amistad, viendo como estaban las cosas en el núcleo duro de la banda, con Jagger y Richards viviendo los momentos más bajos de su relación por mucho que se empeñasen en mostrar lo contrario en el clip de presentación. En lo musical, un encantador número a fuego lento, todo charm, que termina por poner un broche exquisito al trabajo.

 Resulta del todo ilustrativo que “Tattoo You” fuese el último trabajo que tuvieron a bien presentar en vivo en mucho tiempo (habría que esperar al ’89 para que retomasen su actividad en directo): La situación en la banda estaba lo suficientemente enrarecida para qué pudiesen funcionar valiéndose de creaciones previamente esbozadas, mas ¿Cómo afrontarían la creación de obras completas, desde cero, con un estado de cosas semejante? La respuesta hay que encontrarla en unos trabajos oscuros, grabados a distancia por un grupo en plena descomposición cuyas dos cabezas visibles ni siquiera se dirigían la palabra. Mientras tanto, quedémonos con el magnífico recuerdo del presente disco, infravalorado por unos y reducido a la condición de cajón de sastre por otros, pese a contar con la que quizás sea la mejor colección de canciones que la banda ha sido capaz de reunir desde los días de “Some Girls”.

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1980, 80's, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "Emotional Rescue"

 Ardua condición la que le toca soportar a “Emotional Rescue”: Al hecho de ser considerada, casi por consenso, la primera obra stoniana menor (dentro de su canon de excelencia, claro), hemos de sumar que inaugura lo que será una década de los 80’s marcada por la escisión del liderazgo bicéfalo del grupo, con Ron Wood autoerigiéndose como mediador entre las partes enfrentadas. Por si fuera poco, incurrirían en un caso de plagio con todas las letras, del que se libraron por los pelos gracias a la excesiva candidez -o miedo- mostrada por parte del plagiado. Pero vayamos por partes.

 El elepé se nutre, fundamentalmente, de sueltos y descartes procedentes de las sesiones de “Some Girls”, lo que ya nos da una idea de cómo estaban las cosas a nivel creativo en el seno de la banda. Viéndolo así, cómo una colección de outtakes, cómo un hermano menor de su obra anterior, claramente continuista en ciertos aspectos, tendremos una visión de juicio más acertada para analizar “Emotional Rescue” con ecuanimidad, sin esperar de él más que una buena colección de canciones.

 El album abría con “Dance (Pt.1)”, un correcto número disco escrito a seis manos (esto es, Jagger, Richards y Wood) con la colaboración de Max Romeo, que, parece ser que siguiendo el esquema planteado en el anterior disco, ponía en la casilla de salida un tema de mimbres discotequeros. Sin embargo, carece por completo del savoir faire de “Miss You”.  “Summer Romance”, por eso de seguir con los paralelismos, no habría desentonado para nada en “Some Girls”, a la vera de “Respectable” o “Shattered”: Un disparo de rock and roll inmediato, con esos riffs en clave cuasi punk que tan bien parecían dárseles a Richards y Wood.

 “Send It To Me” suponía una vuelta a las influencias reggae de la banda. No son pocos los que abjuran del poso jamaicano en el background del grupo, sin embargo soy de la opinión de que es un sonido con el que casi siempre, incluso tratándose de un perfil medio como en este caso, han obtenido buenos resultados.

 Vuelta al rock and roll, ésta vez en su versión contenida y vacilona en “Let Me Go”, que da paso a “Indian Girl”, delicioso corte acústico con vientos de poso mariachi y detalles de pedal steel que envuelven una letra de un exotismo folletinesco (“Mr. Gringo, my father he ain’t no Che Guevara/And he’s fighting the war in the streets of Masaya”: Ahí queda eso)

 “Where The Boys Go” da la impresión de ser un intento por parte de la banda de crear su himno cockney, de barrio, de working class heroes, con un Jagger narrando en primera persona unas realidades que no podían resultarle más distantes (“Saturday morning and you see me down the pub”). En el plano estrictamente musical, un rock and roll -pretendidamente- tosco, de hechuras cuasi hooligans, con unos sorprendentes coros femeninos en el tramo final. Bajada de revoluciones en “Down In The Hole”, tema de costuras blueseras y potente despliegue guitarrero que recuerda, aún vagamente, la paleta de sonidos de la que se valían una década atrás.

 No cabe duda de que es el tema homónimo el que más sorprendente puede resultar de cuántos componen el redondo, con Jagger valiéndose en la primera mitad del mismo de un sorprendente falsetto, para volver a su registro habitual hacia el tramo final de esta andanada disco, con brillo de bola de espejos y olor a pista de baile de amanecida.

 Y llega el turno de la polémica. Esto es, “She’s So Cold”. Rock and roll cocinado a fuego lento, repleto de lascivia contenida y, cómo no, editado bajo la firma Jagger/Richards; lo llamativo del caso es que apenas unos meses antes de la edición de “Emotional Rescue” se puso a la venta el debut del rockero estadounidense Willie Nile, que contenía un corte de idéntico título. Hasta aquí, nada realmente relevante, una simple casualidad de tipo nominal que queda desmentida al pinchar ambos temas y comprobar cómo The Rolling Stones se han fijado en algo más que el título de Nile, particularmente en la figura del comienzo y el estribillo, ralentizándolos, eso sí. Eso, sumado al hecho de que la banda ultimó la preparación del disco en Nueva York, dónde el lanzamiento de Nile obtuvo cierta resonancia, sólo puede llevarnos a una conclusión. Sin embargo, la cosa nunca fue a mayores gracias a la cautela del neoyorquino (¿Un songwriter prácticamente desconocido querellándose contra sus Satánicas Majestades?). Lo irónico del caso es que el “She’s So Cold” primigeneo, el de Willie Nile, suena mucho más poderoso (y stoniano) que la versión a medio gas perpetrada por las huestes de Jagger.

 Clausurando el disco, “All About You”. Como casi todo a lo que le ha puesto voz Keith Richards, rezuma savoir faire y sensibilidad a flor de piel, precediendo en cierto modo lo que podríamos encontrar en sus lanzamientos en solitario. Despechada misiva a un Jagger con el que las cosas irían de mal en peor (“Well if you call this a life/Why must I spend mine with you?/If the show must go on/Let it go on without you” o, más explicitamente: “So sick and tired/Of hanging around with jerks like you”) Pone un punto y final dulce y sosegado a una obra que, pese a su fama, es más que disfrutable.

 Diversas son las conclusiones que se pueden extraer de la escucha de “Emotional Rescue”. Por un lado, estamos ante un claro perfil medio, ensamblado a partir de retales de su obra anterior y qué, pese a semejante condición, mantiene sorpresivamente el tipo. Es más, a título personal sólo me sobra la inicial “Dance (Pt.1) y “She’s So Cold”. Resulta cuánto menos curiosa, por otra parte, la fama de album disco que arrastra, cuándo solo dos de sus diez canciones podrían encuadrarse bajo esa etiqueta, mientras que lo que abunda a las claras son los sonidos de raíz rockandrollera en su concepción más básica. Dicho esto, resulta evidente que lo nuevo de los stones lo tenía díficil para cosechar nuevos adeptos en un año que vivió la edición de obras capitales cómo “Back In Black”, “The River”, “British Steel”, “London Calling” o “Ace Of Spades”; Pero el paso del tiempo lo asienta todo, lo que nos permite poder calibrar en su justa medida éstas obras (llámalas de culto o menores) que se vieron sobrepasadas en su momento por el devenir de los acontecimientos y los movimientos de una vanguardia de la que habían dejado de formar parte. Visto bajo esa luz, “Emotional Rescue” puede verse como un buen trabajo, absolutamente falto de pretensiones y notable por momentos.

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70's, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "Some Girls"

 En el Londres del punk corría una historia de boca en boca. Al parecer, Jagger, en un presumible intento de adivinar que se cocía, había encaminado sus pasos hacia SEX, la boutique que en ese entonces regentaba Malcolm McLaren, cerebro en la sombra del grupo que había conseguido capitalizar lo que hasta hace unos pocos años era un género eminentemente norteamericano cómo el punk rock: Sex Pistols.  Pero, Mick, ay, nunca pudo divisar el interior del establecimiento: Johhny Rotten, o eso señalaba el relato, se había encargado de darle con la puerta en las narices.

 Resulta del todo irrelevante que la historia arriba expuesta sea cierta o, cómo parece más probable, una leyenda urbana. O al menos no es tan importante cómo la parte de verdad que revelaba, esto es: En el organigrama derivado tras la irrupción del punk, los grupos adscritos al nuevo (es un decir) sonido (llámalos Sex Pistols. O The Clash. O The Damned) pasaban a ocupar entre el público más joven lo que los mismos Rolling Stones habían encarnado allá por los 60’s: El conjunto de desharrapados, callejero, con el que poder identificarse. Los stones de la segunda mitad de los 70’s, au contraire, eran encuadrados bajo el término, entre la reverencia y el desprecio, de dinosaurios (Al igual que, verbigracia, Led Zeppelin). A fin de cuentas, no se trataba más que de un aviso: Tocaba subir los potenciómetros.

 Ignoro si “Some Girls” consiguió salvar la reputación de la banda frente a las huestes punk, y lo cierto es que no podría importarme menos, pero visto en retrospectiva se aprecian ciertos guiños, -ya sea en forma de detalles o de canciones- que los aproximaban, de una manera muy sui generis, eso sí, a los postulados del movimiento.

 La cubierta, por ejemplo, es un destello eminentemente punkie: Ya sea en su versión primigenea, cuajada de rostros de celebrities, o en la posterior, con la banda ubicando sus rostros entre pelucones baratos, se adivina la misma inclinación al collage, a la desmitificación a, en una palabra, lo irreverente.

 Pese a todo lo expuesto a modo de introducción, el album se destapaba con la que quizá sea la culminación de sus flirteos disco, “Miss You”, y es que el disco tenía el corazón dividido entre el 100 Club y el Studio 54. Conducida por unos adictivos falsettos, así como una rotunda línea de bajo, el tema se revelaba cómo una pildora noctámbula y discotequera, cómo el single matador que en efecto fue.

 Cambio radical de tercio en “When The Whip Comes Down”, primer disparo en clave rock and roll del redondo qué demuestra por dónde van a ir las cosas en ese sentido a lo largo del trabajo: Nada de sobreproducción, nada de secciones de viento, nada de arreglos estrambóticos. Sólo cinco tipos tocando, mostrándose en su versión más cruda. “Just My Imagination”, por su parte, se descubre cómo uno de los highlights inesperados del redondo. Lo que había sido un hit en la voz de unos remozados Temptations a comienzos de la década, adquiere en manos del grupo una nueva cualidad, entre lo dramático y lo irónico, que borda uno de los mejores momentos del elepé.

 “Some Girls” , uno de los cortes más vacilones y mejor medidos del trabajo, aparentemente espoleado por ese ánimo punk que lo propulsaba, trajo hasta su dosis de controversia por culpa -o gracias, según se mire- a unos versos que el reverendo Jesse Jackson encontró especialmente desvergonzados (concretamente eso de “Black girls just want to get fucked all night”, lo demás se ve que no le molestó demasiado). No faltan quienes apuntan a que en la canción no faltan las pullas a Bob Dylan, pudiendo descifrarse en alguna de sus líneas supuestas referencias a su accidentado divorcio (“I’ll buy you a house in Zuma Beach/ And i give you half of what I own”) Verdad o no, lo cierto es que hay momentos en que Jagger frasea cómo el mismísimo (¿O acaso no es puro Dylan la manera en que estira las vocales para decir eso de “some girls take my clothes”?) Controversias aparte, un corte de muchos quilates.

 “Lies”, otro de esos números construidos a base de rock and roll exento de florituras, precede a “Far Away Eyes”, o, lo que es lo mismo: El primer tema de mimbres country desde los tiempos de “Exile On Main St.”. Lo que parecía un género desterrado en el recetario de la banda es el ingrediente principal del que se valen para dar forma a una canción que, de prototípica, roza lo caricaturesco.

 No cabe duda de que es “Respectable” el tema en que, tanto en el fondo como en la forma, más se acercan a los parámetros punk: riff embarullado, destellos á la Chuck Berry y unos versos de apertura que rezan algo como “Well now we’re respected in society/we don’t worry about the things we used to be/we’re talking heroin with The President” no dan lugar a muchos equívocos. “Before They Make Me Run” es, quizá, el himno de todo lo que representa Keith en la banda, una verdadera declaración de intenciones comprimida en un tema de lo más adictivo: “And i will walk before they make me run”, queda dicho. 

Cerrando la obra, dos de sus salvas más reconocibles:“Beast Of Burden”, uno de los mejores temas del álbum y, porqué no decirlo, del cancionero de la banda: Ejercicio de pop de altura, aquilatado por uno de sus riffs más reconocibles, da paso a la clausura definitiva con “Shattered”, chute intravenoso de rock and roll desquiciado y rebosante de sexualidad contenida, que pone punto y final al LP de la mejor manera posible.

Importante punto de inflexión el señalado por “Some Girls”. Por un lado teníamos una rotunda vuelta a la inmediatez de la que había resultado una sobresaliente colección de canciones. La mejor avenida, quizá, desde los días de “Exile On Main St.”; por otro, el último clásico objetivo del grupo: A partir de aquí vendrían obras aprovechables, buenas, menores, muy buenas, olvidables e incluso notables, pero nada comparable a lo anteriormente facturado o que pudiera catalogarse de imprescindible para introducirse en su vasto legado. No son pocos los que, llegados a este punto, optan por abandonar, discográficamente hablando, el barco stone. Sea como sea, el status de “Some Girls” permanece intacto, ya sea en calidad de clásico-básico -para los más optimistas- o de testamento sónico. El final de una era, que no de su hegemonía.

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1976, 70's, Discos, Especial Rolling Stones, Música, Rolling Stones

The Rolling Stones – "Black And Blue"

  Pese a que comenzó a fraguarse a un escaso par de meses tras la edición de “It’s Only Rock And Roll”, lo cierto es que “Black And Blue” no llegaría a las tiendas hasta casi un año y medio más tarde. No hay duda de que la abrupta marcha de Mick Taylor trastocó la agenda del grupo, hasta el punto de que el proceso de gestación del presente elepé  tuvo bastante de casting para seleccionar un sustituto sobre la marcha.
 Se barajaron nombres cómo los de Jeff Beck, Rory Gallagher, Wayne Perkins, Harvey Mandel Ron Wood. Si bien hay que poner un especial énfasis en éstos tres últimos, ya que fueron los que aportaron sus guitarras durante la grabación del album, aunque al final, como todos sabemos, el puesto fue para Wood.

 Iniciado en uno de esos combos de r&b que afloraron en las islas a lo largo de la primera mitad de los 60’s,  fogueado en un colorido conjunto mod y relegado al bajo por un excéntrico guitar hero para finalmente retomar las seis cuerdas en una de las formaciones de arena rock definitivas, Ron Wood, que se sabía nacido para ser stone, podía presumir de un abultado curriculum a bordo de The Birds, The Creation, Jeff Beck Group y, claro está, The Faces. No, no poseía la técnica desbordante de su predecesor, pero si una mayor capacidad de transmisión y, sobre todo, un mayor feeling con Keith a la hora de ensamblar sus guitarras (aboliendo por fin la frontera “rítmica-solista” de la que tanto renegaba Richards). Todo eso por no hablar de que su savoir faire escénico, su carisma, era con mucho mayor que la de Taylor.

 Aunque no era él sino Harvey Mandel (músico estadounidense, procedente de las filas de Canned Heat) el que se encargaba de las solistas en el disparo inicial, “Hot Stuff”, corte de mimbres funkies que abre el redondo a medio gas, sin llegar a ser un mal tema, pero sobrándole minutaje, llegando a ser repetitivo.
 “Hand Of Fate” disipa, por fortuna, esas impresiones tan tibias: Potentísimo corte stoniano, acorazado por las magistrales guitarras de Keith Richards y Mandel y las teclas de Billy Preston, con un Jagger dejándose la garganta, nos recuerda, por si alguien pretendía olvidarlo, que estamos ante los tipos que no hacía ni un lustro andaban facturando obras del calibre de “Exile On Main St.”, quienes, supervivientes de aquella explosión creativa, parecían seguir beneficiándose de su onda expansiva.

 Volvía el influjo jamaicano, nuevo ingrediente del sonido de la banda, en “Cherry Oh Baby” vivificante versión de Eric Donaldson conducida por el delicioso órgano de Nicky Hopkins y una sugerente línea de bajo. Cerrando la cara, una de esas baladas recurrentes en sus últimos trabajos, a medio camino entre lo acústico, las texturas disco y los zarpazos eléctricos. Hablamos de “Memory Motel”, uno de los números mejor ajustados del largo. 
 “Hey Negrita” se encarga de abrir la segunda cara, a base de electricidad y estructuras cuasi caribeñas. Otro de esos cortes “inspirados por Ron Wood” (nada más y nada menos que aportó el riff principal) que, al igual que la apertura de la cara precedente, peca de hacerse algo monótona. 
 Más “inspiraciones” en “Melody”, que por mucho que venga firmada por Jagger/Richards (con el consabido “inspired by…”) está construida a partir de un tema de Billy Preston, “Do You Love Me?”. Cargada de atmóferas de piano bar, con Jagger y Preston cruzando sus voces sobre un colchón de teclas, pasa por ser de lo más atípico, que no memorable, que ha grabado la banda. Asimismo, no faltan quienes indican que pudo apresurar el final de la relación del teclista con el grupo, al no haberse considerado remunerado en consecuencia por su aportación.
 “Fool To Cry” es, quizás, el momento más recordado del trabajo. Ha sido al menos el que ha gozado de más presencia en recopilatorios y compilaciones, amén de ser, junto con “Hot Stuff”, uno de sus singles de presentación. Preciosista balada de basamento disco, con un Jagger cantando en un registro mucho más agudo de lo habitual (del que haría uso más adelante), posee una cualidad mágica y evocadora innegable.
 Clausurando el álbum nos encontramos con uno de los mejores momentos del mismo en clave de rock and roll, “Crazy Mama”: Irresistible pildorazo rebosante de chulería, riff  marca de la casa y coros matadores. Uno -otro- de esos grandes temas stonianos olvidados.
 Ciertamente, no se puede decir mucho más acerca de “Black And Blue”  que lo ya expuesto: Un disco notable, sin más pretensión, al igual que su última entrega, que la de editar una buena colección de canciones surcadas por el influjo del reggae, el nuevo r&b, el funk y el disco. Ron Wood había llegado para quedarse y pasaría poco tiempo antes de que el grupo tuviese ocasión de demostrar, una vez más, su infinita capacidad de adaptación al contexto musical de cada época. Pero eso, cómo suele decirse, es otra historia.
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