1966, beat, Discos, Garage, Los Bravos, Música, Pop, Soul

Los Bravos – "Los Bravos"

  ¿Calculada maniobra comercial o combo de genuino talento? ¿Conjunto prefabricado o acendrados artesanos de la canción? El que estas cuestiones flotan en el ambiente al referirse a la obra de Los Bravos es un hecho tan cierto cómo el de que, una vez enfrentados a la música contenida en su album de debut, no podrían dársenos en menos las respuestas a tales interrogantes.

 Surgidos de las cenizas de un par de bandas de cierto relumbrón en aquellos tiempos heroicos de prehistoria del pop español -los instro-rockeros Sonor y Mike and The Runaways, definitivamente más escorados al beat-, a Los Bravos, como apuntábamos, siempre les tocó llevar  a cuestas el sambenito de conjunto de laboratorio, elaborado al dictado de los capitostes de la industria del momento. Unas caras bonitas, que ni tan siquiera sabían tocar sus instrumentos. Nuestros Monkees, en una palabra.

 Y la razón de semejante consideración la encontramos en el presente elepé, del que siempre se ha creído que lo único que aportó el grupo es la -atómica, mercurial- voz de Mike “Kennedy” Vogel, mientras que del resto de la instrumentación se encargaron músicos de sesión londinenses, verbigracia Jimmy Page. Sin embargo, lejos de tratarse del dato escandaloso que siempre se ha querido presentar, era una práctica más que común -discutible, si se quiere, pero muy extendida- entre las grabaciones de grupos adscritos a la british invasion, en las que, a la hora de grabar, se daba prioridad a los músicos de sesión en detrimento de los sufridos gruperos de turno. Si revisamos el currículum del mismo Page cómo músico de sesión, de hecho, encontraremos colaboraciones con nombres cómo The Kinks, The Creation, The Troggs o The Who, lo que deja constancia de que lo acaecido con Los Bravos no era, ni de lejos, la excepción.

 Polémicas aparte, nos encontramos ante un redondo de una categoría notabilísima. Un artefacto, si nos situamos en el lugar, tiempo y contexto en qué fue creado, dotado de una proyección internacional sorprendente para un conjunto radicado en Madrid.

 Cierto es que jugaban con la ventaja de contar con Mike Vogel entre sus filas, quién, pese a sus orígenes bávaros era capaz de aullar con la convicción de cualquier voceras de la flamante invasión británica sin morir en el intento. También ayudó, por supuesto, el qué el álbum fuese grabado en su totalidad en inglés. Pero esos condicionantes habrían servido de muy poco si hubiese faltado lo esencial, a saber: Las canciones.

 Valiéndose de coordenadas soul, pop y rock, Los Bravos debutaban en largo mostrando su cara más sofisticada, más cerca por momentos de Tom Jones que de las bandas beat del momento. Desde la explosión inicial de “Trapped” a la perfección pop de “Baby, Believe Me”, pasando por esquirlas de factura deliciosa –“Make It Easy For Me”, “Will You Always Love Me”, “Give Me A Chance”-; momentos absolutamente sixties, caso del disparatado comienzo de “Stop That Girl”; concomitancias con el Elvis más soulero “I’m Cutting Out” cortes de inesperada obscuridad –“Two Kind Of Lovers”– e incluso alguna tímida demostración de su componente más rockista en “You Won’t Get Far”. Eso si nos olvidamos, qué no lo hacemos, de su éxito por antonomasia, “Black Is Black”, una verdadera exhibición de poderío, estilo y sobriedad qué dió, literalmente, la vuelta al mundo. Todo ello servido en temas que raramente llegaban a los tres minutos de duración, generosamente regados con secciones de viento, campanas y órganos en una producción de marcada raigambre soul, a la usanza Motown, que inhibía los instintos más eléctricos del grupo.

 No cabe duda de qué Los Bravos fueron, en la España de los 60’s, lo más parecido que tuvimos a unas estrellas de rock: Grabando en inglés (que luego alternarían con el español) y con abundantes conexiones en el swingin’ london, siempre tuvieron, al menos en esta primera etapa, una especial maña para flirtear con los sonidos del momento (beat, soul, hard rock, funk) y obtener resultados reseñables. No cabe duda, de hecho, de que su singladura fue un eslabón considerable entre los conjuntos patrios pioneros, de los que procedían, y las propuestas, más escoradas al hard rock, de los primeros 70’s. Un periplo accidentado, cuya piedra fundacional es ésta exquisita colección de canciones en clave pop.

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00's, 2008, Discos, Garage, Música, Nobunny, Punk

Nobunny – "Love Visions"

Apadrinado por una miríada de sellos undergrounds (El último Goner, que cuentan en su escudería con lo más granado de la escena de Memphis) Nobunny es una suerte de bardo punk, un connaisseur del libro de estilo de la trastienda del rock and roll, un lírico garagero y bisexual, tan influenciado por Hasil Adkins y The Cramps cómo por los girl groups de los 60’s y los Ramones (cosa que sin duda habréis intuido). Y sí, lleva a título sempiterno esa máscara de conejo.

“Love Visions” tiene más hechuras de pequeño grandes éxitos que del debut en largo que en efecto es. Aquí hay guiños rayanos al plagio pero rebosantes de encanto (‘Nobunny Loves You’), destellos rockistas (‘Chuck Berry Holiday’) momentos Ronettes pasados de rosca (‘It’s True’), cortes que no habrían desentonado en “Rocket To Russia” (‘Tina Goes To Work’) y, por encima de todo, himnos de punk rock bubblegum que se adosan de manera insana al córtex: ‘Church Mouse’, ‘I Know, I Know’,’Not That Good’, ‘Somewhere New’… Y, allá, en lo alto, el corte definitivo del álbum, ése matador (desde la letra al título pasando por la música) y enfermizo himno que es ‘I Am A Girlfriend’, el buque insignia de nuestro hombre.

No es la de hoy una historia que haya que conjugar en pasado. Nobunny sigue por ahí, ofreciendo caóticos y autodestructivos shows (que esperemos se dejen caer cerca) y engrosando a base de 7″, singles y elepés una producción que, si bien no podemos decir que goce del don de lo rompedor, si es lo suficientemente idiosincrática y encantadora para figurar en estas páginas.

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1998, 90's, Discos, Garage, Música, Rock and Roll

The Fleshtones – "More Than Skin Deep"

Son grupos cómo The Fleshtones los que, en última instancia, dan sentido al término Rock and Roll. Nunca serán el grupo de moda ni el hype del momento, pero por eso mismo jamás tendrán que lamentar el momento en que vean su tren pasar, ya que jamás se subieron a él. Su concepción del género es clara, concisa e inmediata, que para algo son neoyorquinos. Pese a que se suele encuadrar su singladura en el llamado revival garagero de los 80’s, el combo de Peter Zaremba siempre se ha conducido más como una gran banda de R’n’R, alejados de la ortodoxia de unos, verbigracia, Fuzztones para absorber toda suerte de influencias y filtrarlas por su particular e idiosincrático filtro.

En el ADN de The Fleshtones hay toneladas de Garage, claro está; pero también encontramos a los Stones de Brian Jones, one hit wonders de los 60’s, ramalazos souleros, ráfagas de instro-rock, despiporre frat rock y salvajismo protopunk con especial parada en los Stooges. Incluso en los últimos tiempos la banda ha dejado ver en su sonido esquirlas de los primeros Led Zeppelin (a los que Keith Streng no duda en citar como temprana influencia) y hasta algún riff deudo de AC/DC. 

“More Than Skin Deep” no es, en efecto, el disco por el que serán recordados (ese honor lo detenta “Roman Gods”) aunque, a título personal, es el que escucho con más asiduidad de su producción. Algo tiene que ver el hecho de que es de los pocos redondos que la banda ha grabado sin enfocarlo explícitamente a sus caóticos -y deliciosos- directos, dando en esta ocasión prioridad a la melodía, los riffs, los estribillos. A las canciones, en una palabra.

“I’m Not A Sissy”, con su épico y poderoso Vox Jaguar y ciertas reminiscencias a The Dictators, abre el álbum de la mejor de las maneras. A partir de ahí, poderosas salvas garageras (“My Love Machine”, “Smash Crash”, “A Hand For The Band”… ) destellos sixties (“Gentleman’s Twist”) los consabidos y mentados puntos negroides en “Laugh It Off” -original de The Tams– y en “Anywhere You Go”, e instrumentales de reminiscencias cincuenteras hasta culminar en esa grand finale que es “Better Days”, himno de repiqueteantes guitarras y muchos quilates.

The Fleshtones, afortunadamente, siguen predicando la buena nueva de su hipervitaminado Rock and Roll en los clubes, garitos y salas de medio mundo. Su culto es subterráneo, pero aguerrido. Sus shows, una de las experiencias más físicas y hedonistas que se pueden ver a día de hoy, y su producción discográfica continúa manteniendo el tipo. ¿¡Quién puede no admirar a una banda así!?

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1998, 90's, Discos, Garage, Música, Pleasure Fuckers, Punk Rock, Rock and Roll

The Pleasure Fuckers – "Fuckdelux"

 Vale, The Pleasure Fuckers no eran, contraviniendo la opinión de ciertos nostálgicos de lo que se cocinaba en Malasaña, la mejor banda de Rock and Roll del mundo. Ni siquiera del país. Tampoco creo que esa fuese la intención de su cabecilla y líder indiscutible, Kike Turmix.

 El grupo era, en cierto modo, un eslabón más que completaba la faceta de Turmix de hombre renacentista del R’n’R inmediato: Un bonito colofón a su labor como pinchadiscos connaiseur (que a veces se permitía el lujo de hacer sesiones solo de Caras B), colaborador en diversos medios, destacado crápula de la noche madrileña (entre sus compañeros de juerga pretéritos se contaban Stiv Bators o los Ramones) capitoste de su propio sello discográfico y, cómo no, mítico promotor al que debemos la difusión del proto punk, el high energy de las antípodas y las manadas de grupos escandinavos por estas tierras.

Por si todo eso fuera poco, para colmo, The Pleasure Fuckers llegaron a ser una verdadera banda de culto con todas las de la ley: Sus trabajos eran distribuidos por una miríada de sellos undergrounds de reconocida solera (Crypt, Sympathy For The Record…) se patearon el ancho mundo repartiendo r’n’r attitude a raudales, hicieron giras con Nashville Pussy (haciendo fechas en fumaderos de crack) y Dead Moon, tocaron en universidades yankees marcándose la vacilada de hacer sets enteros de The Dictators… En fin,podríamos seguir citando vicisitudes, recodos y demás muestras de poder del grupo ad aeternum.

Puede que la fórmula de los Fuckers no fuese el paroxismo de la originalidad, pero era francamente efectiva: Estructuras, shuffles y licks del primitivo early R’n’R hipervitaminadas y haciendo parada en Detroit y Nueva York. El resultado era como una locomotora descarrilando de manera permanente, con Mike Sobieski y Norah Findlay cruzando sus guitarras y los aullidos desquiciados de el gordo rematando la faena.

Ni que decir tiene que “Fuckdelux” no es la obra por la que el grupo será recordado. Ahí tenemos “Supper Time” (con la icónica portada de Mauro Entrialgo) o el vindicado “Ripped To The Tits” para mostrar los vicios y virtudes del combo. Pero qué quereis que os diga, éste maxi ofrece algunas razones para ser reseñado. El homenaje/parodia/vacile del título hacia cierta publicación musical de tirada nacional, el elenco de versiones escogidas que va desde grupos coetáneos a influencias pasando por relecturas inimaginables y los ramalazos surf  del final conforman un bonito fetiche no de obligada pero si disfrutable escucha.

Abren a toda mecha guiñándole a los Suicide Kings (olvidadísimo grupo neoyorquino de los primeros 90’s) con “First Fight”,  un tema que no hubiese desentonado en una obra convencional del combo capitalino, suben revoluciones -más- en “Yeah!” relectura del tema de los aussies Space Juniors. Primer volantazo y cambio de registro para homenajear a Rod Stewart ¿Escogen un tema de los Faces? ¿De sus obras en solitario de los primeros 70’s? No y no. La elección recae en el megahit “Hot Legs” que transmutan en un hipervitaminado y salvaje R’n’R que arrasa con todo.

Toca ajustar cuentas con viejas influencias y ahí es donde entran en juego Rose Tattoo, de los que versionan, ni más ni menos, la atómica “Astra Wally” que precede a la cima absoluta del redondo, ese “Chica Alborotada” de los Locos del Ritmo , a mi juicio, una de las mejores relecturas que jamás haya oído de este número de rock chicano, un verdadero rompepistas. Dejemos en anecdótica la versión de “Nitro” (Dick Dale) con la que echan el cierre al disco.

Como ya dejaba caer, The Pleasure Fuckers no inventaban la pólvora, más bien empleaban toda la que tenían a mano a mayor gloria de este explosivo compendio de sudoroso y ardiente Rock and Roll.

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1985, 80's, Discos, Garage, Lyres, Música

The Lyres – "Lyres, Lyres"

 Al mentar los términos “Rock” y Boston la mayoría de la gente suele pensar, con razón, en el grupo más conocido del lugar, Aerosmith. Otros, realizarán una asociación de conceptos obvia y sacarán en claro el nombre del célebre grupo de AOR de los 70’s que tuvo a bien bautizarse con el nombre de dicha urbe. Lo que casi nadie sacará a relucir, sin embargo, es que la ciudad fue una de las mecas indiscutibles del Garage norteamericano: No en vano, The Remains eran de allí y su concepción inmediata del Rock and Roll encontró dignos sucesores en la década de los 70’s, en nombres como The Real Kids, Barrence Whitfield And The Savages, DMZ y, claro está, The Lyres.

 Las liras habían surgido, de hecho, como un spin off de DMZ y compartían la querencia con estos por el sonido mono, las estructuras simples y las canciones al grano, aunque con un basamento más sixties que punk, lo que los acercaba más al revival que hubo de estos sonidos en los 80’s que a la banda de la que provenían.

 Capitaneados por Jeff “Monoman” Conolly, líder absoluto de la formación, The Lyres practicaban un Garage Rock de manual, repleto de riffs cortantes, órganos, letras chulescas, guiños a la generación Nuggets y concesiones puntuales a la lisergia. Pese a lo manida que pueda sonar su fórmula a priori, el resultado final sonaba ahíto de energía y frescura, siendo este “Lyres, Lyres” un pequeño clásico del underground 80’s.

 “Not Looking Back”, pildorazo marca de la casa, da el pistoletazo de salida y así, sin darnos tiempo a reaccionar, nos dejan caer una de las mejores y más pulidas joyas de su producción, “She Pays The Rent”, el tema más querido por ellos, o al menos el que más veces han grabado (existen como unas tres versiones del mismo) , siendo ésta la más solemne, con el órgano dominándolo todo, Jeff desgañitándose con su mejor voz de black screamer y la banda sonando a medio camino entre la melancolía lisérgica de unos Seeds y Little Richard. “You’ll Never Do It Baby” retoma el pulso a base de Garage cortante y chulesco, mientras que en “I Love Her Still, I Always Will” vuelven a bajar revoluciones, atacando un tema de aura misteriosa y lúgubre, cercana a los primeros The Animals.

 “No Reason To Complain” es un poderoso trallazo, entre lo atómico y lo hipnótico. Absolutamente electrizante; En “The Only Thing” se vuelven a dejar por las texturas ácidas, mientras que en “How Do You Know?” muestran su cara más oscura, perfectamente compatible con nombres pretéritos del género como The Music Machine.

 “You Won’t Be Sad Anymore” lo tiene todo para ser un corte 10/10 de Garage Rock: Tiene el riff, el solo de órgano y la caída melódica de rigor. “If You Want My Love” se vuelve a adentrar en las procelosas aguas de la melancolía, en las que, sigamos con el símil, el grupo se mueve como pez en el agua. En “Busy Man” le abren la puerta al Link Wray más inmediato y a Bo Diddley. A “Teach Me To Forget You”, el viejo número de The Outsiders, le insuflan nuevos bríos que los acercan al Roky Erickson desatado de aquellos años. “Stormy”, disparo final del disco, es un acelerado corte de costuras beat que para nada habría desentonado en los Nuggets.

 No debería de haber dudas acerca de la importancia y pujanza de los Lyres en el entramado del Garage Revival que tuvo lugar en los 80’s. Y su fórmula de base negroide y con pincelada ácidas merece figurar con todos los parabienes junto a la mística vudú de los Fuzztones, los destellos folkies de The Cynics o el jaraneo festivo de The Fleshtones. Puntas de lanza de un movimiento nostálgico, romántico, aferrados a un modo de entender la música basado en la honestidad y el corazón por encima de estériles exhibiciones instrumentales y vacíos servilismos a la moda.

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1966, Discos, Garage, Los Salvajes, Música, Rock

Los Salvajes – "Todo Negro"

Los Salvajes, también conocidos cómo los Rolling Stones de Las Ramblas, aunque ellos siempre se encargaron de recordar que lo suyo tenía más que ver con los Who. Su sóla existencia ya es motivo más que suficiente para dejar sin argumentos a todos aquellos voceros que claman, quién sabe con qué fines, que el Rock and Roll aterrizó en España a finales de los 70’s, con aquello que se dió en llamar El Rollo. Rollo que no se creerían ni ellos si acaso tuviesen algo de cultura y tirasen un poco del hilo, al menos lo suficiente para ubicarse en la Barcelona del ’62, año y ciudad en los que nació el grupo.

Surgidos, como otros tantos grupos sajones, al amparo del Merseybeat, el sonido de Los Salvajes fue evolucionando a tesituras cada vez más contundentes, rayanas al rythm and blues, los Stones más garageros y aquellos grupos de la invasión británica que casi preludiaban el punk, caso de The Troggs. A esos mismos voceros que mencionábamos más arriba sin duda les dejaría de piedra saber que en la grisácea España de mediados de los 60’s había un grupo de Rock que había compartido escenario con los Kinks, se vestía -al igual que Lennon, Jagger y demás “Dedicateds Followers of Fashion”– con ropa adquirida en Carnaby Street y que, noche tras noche, ofrecían explosivos y sudorosos shows que culminaban con los instrumentos tirados por el suelo, práctica en la que aseguran haberse adelantado al mismísimo Pete Townshend, ahí es nada.

“Todo Negro” condensa, en cierto modo, gran parte de las señas de identidad de la banda. En primer lugar se trata de un single, formato al que la banda se mantuvo absolutamente fiel a lo largo de su periplo clásico 60’s, excepción hecha a un LP recopilatorio que vió la luz en aquellos años; En segundo,podemos apreciar la que fue, para bien o para mal, otra de las constantes del grupo: Una proporción exageradamente mayor de temas ajenos frente a la producción propia. Cuenta Gaby Alegret que aquello era una imposición por parte de las discográficas, que recelaban de la contundecia de su cancionero en detrimento de su valor como intérpretes, que salían bien librados de versionar a artistas tan dispares como Sonny And Cher, The Four Tops, Sam The Sham… O a los tres que tributaban aquí, que (tercera seña de identidad) dicho sea de paso, eran casi que sus elecciones predilectas para estas lides: The Rolling Stones, Troggs y el Spencer Davies Group.

Los Stones eran unos viejos conocidos del grupo, ya que debieron de ser de los primeros en atisbar su potencial: Mientras todas las bandas de por aquí (Brincos, Mustangs…) solo parecían tener ojos para los Beatles ellos ya habían hecho “Satisfacción” y “La Neurastenia” (o lo que es lo mismo: “Satisfaction” y “19th Nervous Breakdown”) a lo que hemos de añadir este “Todo Negro” y un futuro “Jumpin’ Jack Flash” al que transmutarían en su “Algo De Títere”. En la relectura del “Paint It Black” que da título a este trabajo la banda ahonda en la faceta oscura del original, reescriben la letra con maestría e incluso le añaden unas gotas de contundencia -¡esa batería!- nada despreciables con respecto al original.

“With A Girl Like You”, la deliciosa tonada pop de los casi siempre incisivos The Troggs pasa a ser “Chica Igual Que Tú”, conservando su punto melódico pero ganando en matices guitarreros (Que Los Salvajes tenían dos y muy buenos) frente a la de los ingleses. No, no eran ajenos nuestros protagonistas al grupo de Reg Presley: No en vano su tema más conocido es ese glorioso “No Me Puedo Controlar”, que no es otra cosa que “I Can’t Control Myself” en la lengua de Cervantes.

El tema propio que presentaban para la ocasión “Es La Edad” era un vibrante y rítmico corte garagero cuya letra, al igual que la mayoría de las firmadas por la banda al 100% oscilaba entre el hedonismo, la vindicación juvenil y cierta ingenuidad (“Cabellos cortos o largos que mas da/La inteligencia se mide por algo más”, ahí lo dejo) Para cerrar, acometían una versión del Spencer Davies Group a quienes ya habían tributado con anterioridad de manera sobresaliente (“Corre, Corre”/”Keep On Running”) y cuyo “Somebody Help Me” lo convertían en su “Que Alguien Me Ayude”, con intro guitarrera de regusto fuzz y saliendo bien librados del trance.

 Sin duda, el que sea profano en estas lides garageras y sixties se estará preguntando cómo puede dedicarle nadie un artículo a un grupo que ofrecía, valiéndonos de probabilidades, una de cada cuatro canciones como propias. Sin embargo, conviene recordar que cada época tiene sus códigos y sería un error enjuiciar a Los Salvajes (y a The Sonics, los Stones del “12X5” y un larguísimo etcétera) como un mero grupo de versiones. Al fin y al cabo tenían lo que distingue a una banda con identidad propia cómo tal, a saber: Su sonido, su actitud, su idiosincracia y, claro está, su irregateable condición de pioneros patrios.

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1966, Choir, Discos, Garage, Música, Nuggets, Power Pop

The Choir – "It’s Cold Outside"

  
¿Acaso no es lícito, e incluso recomendable escribir acerca de un 7″? Pensarlo, en éste formato es forzosamente díficil -aunque de todo hay- encontrar relleno o mediocridad, ya que el grupo de turno pondrá en la Cara A el tema, el hit, el single para el que llevan preparándose, con cierta ventaja, toda una vida (Cómo alguien apuntó, para preparar el primer disco tienes de tiempo toda tu existencia previa a él; para el segundo, un par de años) y para la B, con toda intención, en caso de que no sean unos desalmados y tiren de hemeroteca, dejarán caer la pequeña joya, el artefacto de culto en potencia, el futuro pasto de connaiseurs. No, definitivamente, no es mala fórmula.
  Además, cómo sucede al hablar acerca de aquellas bandas que más tarde serían antologadas en los llamados “Nuggets”, y The Choir fueron una de ellas, el 7″ es casi el único formato a barajar. Muchos, la inmensa mayoría, de estos grupos se conformaron con echar a rodar un par de rodajas de rítmico y vibrante Rock And Roll a 33 R.P.M y desvanecerse, dejando cómo casi única prueba de su existencia un puñado de fotos en sepia ajadas y un pequeño disco de vinilo que testimoniaba lo que pudo haber sido.
 The Choir no fueron una excepción a ésta regla y se consumieron rápido, al menos su esencia original (Volverían al poco con cambios de formación y estilo) Aunque tampoco podemos decir que se evaporasen sin dejar rastro: tres cuartas partes de la banda serían el núcleo de The Raspberries, combo capital en el devenir de lo que sería el Power Pop, género en cuya prehistoria podemos encuadrar la singladura de nuestros protagonistas.
 Y es que “It’s Cold Outside”, la canción, es Power Pop en el año 1966. Hay melodramatismo y épica teenager en esa historia, tan arquetípica y tan arolladora en su desarmante simpleza, en el relato de un tipo que siente llegar el frío ante la imprevista marcha de su chica. El hit perfecto para que se colase entre los grupos de la invasión británica y las historias de corazones rotos del Brill Building.
 A “I’m Going Home” le toca seguir el sino de casi cualquier Cara B, salvo excepciones, a saber: La de curioso complemento. Tras la exhibición de poder previa cuesta un poco centrarse en éste corte de costuras ciertamente garageras y rhytm and blueseras, aunque prestándole la atención debida nos encontramos con una canción que nos retrotrae a los primerísimos Beatles, sobre todo por esa armónica, más skiffle que folk.
 Es en la cultura del single, que germinó en los USA de la segunda mitad de los 60’s hasta llegar a cotas cercanas a la saturación donde podemos encontrar las raíces de nombres como Ramones, Bruce Springsteen, Paul Collins o Redd Kross, cuyos backgrounds de juventud estaban bien nutridos de esas pequeñas rodajas cargadas de grandes himnos, que basculaban sin remilgos entre el bubblegum y las guitarras fuzz, entre las versiones de R’n’R de los 50’s y la estética fusilada a los grupos ingleses más punteros de la época. Tiempos, en definitiva, de un romanticismo en la industria del disco que jamás volverá.
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1980, 80's, Discos, Garage, Hard Rock, Música

Roky Erickson & The Aliens – "I Think Of Demons"

Corría el año 1979 y un tipo de Tejas, Roger Kynard Erickson, había recorrido, qué duda cabe, un largo y tortuoso camino para llegar hasta ese punto. Tras su paso por los fundacionales 13th Floor Elevators, piedra de toque en lo que fusión de  Garage y Psicodelia se refiere, nuestro hombre vivió su particular via crucis por los abismos de la locura, agravados por sus años de consumo descontrolado de ácido en una banda sobre la que siempre sobrevoló el espectro del caos y la sordidez. A su biografía me remito.

Años de confinamiento en un psiquiátrico, ejerciendo de carne de electroshock y compartiendo alojamiento con verdaderos psicópatas (algunos fans de su antigua banda, según cuenta) Lo más razonable era dar por perdido a Roky como artista, alguien al que la medicación reduciría su creatividad al mínimo y que tras salir de su reclusión consumiría sus días viviendo de una paga del estado, manteniendo el fantasma de la esquizofrenia a buen recaudo a base de barbitúricos.

Afortunadamente, y en ocasiones, las previsiones en apariencia más obvias pueden verse desmentidas por el desarrollo de los hechos. Al poco de recobrar la libertad, Roky pasó de seguir medicación alguna, lo que si bien le llevó a protagonizar más de una excentricidad al cabo de los años, también le permitió pleno acceso a sus musas, a reclutar una banda que le procurase sólido respaldo y, en fin, a editar un debut en solitario que afianzase su posición en el mundo de la música, más allá de la de viejo icono de una banda de culto de los lejanos 60’s.

Concebido en principio como una suerte de álbum conceptual inspirado por el cine de terror, lo cierto es que “I Think Of Demons” termina revelándose, no sé si involuntariamente, sabedores de los avatares vitales de su protagonista, cómo algo más profundo, poseedor de una entidad propia y un espíritu perfectamente reconocibles.

Lo primero que sorprende al ponerlo a rodar es que poco o nada queda de las texturas lisérgicas con las que tan afanosamente trabajó en los Elevators. Sigue habiendo un innegable poso psicodélico, ciertamente sutil, pero el disco suena en su mayoría a Hard Rock aliñado de inmediatez y riffs incontestables, con duelos de guitarras y potentes solos. “Two Headed Dog”, que con el tiempo sería uno de sus himnos de siempre, es la encargada de mostrarnos este nuevo giro sónico a seguir. También de lo que será una tendencia de buena parte de su cancionero: El minimalismo lírico, basando la canción en la repetición de un par de versos y confiándolo todo a la pasión interpretativa.

“I Think Of Demons” es otra de las cimas del álbum, un corte de adictivo riff y con un poso melódico nada desdeñable, que se ve seguida por otro anthem del calibre de “I Walked With A Zombie”, canción de marcadas costuras baladísticas fifties que evidencia que la abundante retórica sobre zombies, demonios, vampiros y demás fauna de ultratumba no puede enmascarar el corazón rocker de Erickson, el fan irredento de Buddy Holly que, en los shows de aquellos años versionaba temas de Phil Spector.

“Don’t Shake Me Lucifer” suena completamente a los Rolling Stones de Mick Taylor, siendo francamente fácil imaginar al Jagger de los primeros 70’s poniéndole voz, un brioso Rock And Roll que para nada hubiese desentonado en el “Exile…” “Night Of The Vampire” baja las revoluciones, un medio tiempo de aura ominosa que da paso a par de temas en la pura tradición del Hard Rock crudo y no exento de cierta melancolía en el que abunda el disco, “Bloody Hammer” y “White Faces”. Las épicas y guitarreras “Cold Night For The Alligators” y “Creature With The Atom Brain” preceden a “Mine Mine Mind” exponente de mi Roky Erickson predilecto, a saber: El fino creador capaz de conjugar riffs rocosos, melodías perfectas y ambientes místicos sin despeinarse un pelo de la barba.

“Stand For The Fire Demon” sigue la senda de cortes previos como, verbigracia, “Night Of The Vampire”, una suerte de letanía tortuosa, densa y eléctrica que anticipa la grand finale con “The Wind And More”, inamovible en los sets de sus shows, y, en este caso felicitémonos por ello, poseedora de todos los clichés, musicales y estéticos que le presuponemos al de Austin.

Como era casi de esperar, la repercusión de “I Think Of Demons” fue, siendo generosos, modesta (¿Un naúfrago de la era del ácido colándose en los charts la era de la MTV, los sintetizadores y el arena rock? Siéntate y espera) Pero al menos sirvió para, como se apuntaba más arriba, apuntalar a nuestro hombre en el negocio y renovar su fe en la música, granjeándole de paso un reducto de fieles seguidores y dando el pistoletazo de salida a una singladura abundante en buenos trabajos, cuyas muestras se extienden hasta prácticamente nuestros días. En fin,y haciéndome eco del grito de guerra de sus valedores sólo me resta deciros eso de: Don’t Knock The Rock!

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1966, Discos, Garage, Love, Música, Power Pop, Psicodelia

Love – "Love"

Pocas bandas existen, a juicio del que esto firma, más infravaloradas que Love. Pioneros en la máxima extensión que concede el término, el combo capitaneado por el díscolo multiinstrumentista Arthur Lee, adelantado a su tiempo en tantas cosas, se tuvo que conformar con engrosar la categoría de las bandas de culto, lauredas por el connaiseur mas brutalmente desconocidas por lo que sería su gran y potencial público.

Surgidos en el excitante panorama que tenía lugar en el L.A de los 60’s, cuándo clubs como el Troubadour y el Whisky A-Go Go comenzaban a escribir su fascinante leyenda y donde bandas como The Byrds o The Doors  iniciaron su senda hacia la inmortalidad. En estas, Love quemaba la escena de garitos de la ciudad, ganándose un pequeño pero aguerrido reducto de fieles, deseosos de acudir a las explosivas presentaciones de la banda, de ver a Lee con sus lentes caleidoscópicas desplegar el potencial de un cancionero temprano de innegable pujanza, que aunaba sin tapujos el Rythm And Blues primigeneo con matices Folk Rock a la usanza de los chicos de Gene Clark. Lo blanco y lo negro. Junto y revuelto.

Y es que si queremos resumir en un término lo que fue la temprana singladura de Lee en el negocio de la música, bien podríamos escoger el de maridaje. Cómo apuntó cierta periodista que reseñó uno de los shows primerizos de la banda, con Arthur Lee se cerraba el círculo: Era, decía, un negro que imitaba a un blanco, Jagger, que a su vez imitaba a los frontmans negros de antaño. Lo dicho, el círculo se había cerrado.

El primer LP de Love, si bien no goza de la vitola de mítico de un “Da Capo” o, no digamos ya de “Forever Changes”, es una sobresaliente carta de presentación, en la que el grupo mixtura sin complejos sonoridades Garageras, Pop, Psicodélicas y Folk, mucho Folk. Además, no puedo concluir el párrafo sin dejar de mencionarlo, yo lo prefiero a sus otras dos obras citadas más arriba.

“My Little Red Book”, el peliculero tema de Burt Bacharach abre fuego, pasando el original por un filtro de Garage Rock arrebatado y sin concesiones. “Can’t Explain”, delicioso corte tan deudo de la melodía poppie como de un cierto matiz lisérgico pone sobre la mesa un par de constantes del redondo, a saber: Los minutajes breves y las melodías sencillamente perfectas, con las repiqueteantes guitarras de  Johnny Echols y Bryan MacLean sembrando deliciosos matices allá donde pasan. “A Message To The Pretty” , rebosante de desencanto y languidez, se antoja como otro de los highlights del disco; “My Flash On You” lleva un paso más allá, endureciéndolas, las enseñanzas de los Byrds, mientras que “Softly To Me”, siguiendo con los paralelismos con la banda de McGuinn, anticipa en cierto modo parte de lo que estos ofrecerían en su “Fifth Dimension”.

“No Matter What You Do” es, porque no decirlo, mi favorita del álbum: Qué dramatismo, qué caída melódica, que fuerza y que garra transmite aquí Lee, que más que cantar, aúlla, muerde. Y qué intro guitarrera, colosal, que los más enteradillos de ahora tildarían de jangle pop. “Emotions” es un corte instrumental con cierto regusto surf, que da paso a la poderosa “You’ll Be Following”, que a su vez precede a la 100% Byrds “Gazing”, con alucinógeno solo a cargo de Echols.

“Hey Joe”, corte hiperversionado en aquellos años, mantiene el nivel, marcándose una nervuda y espídica relectura del mismo. Energía que sin duda contrasta con la melancolía densa que empapa “Signed D.C”, que no en vano sería versionada por Dead Moon unas cuántas décadas después. “Colored Balls Falling” aúna el poso psych de la banda con su querencia por la inmediatez y los temas breves, mientras que en “Mushrooms Clouds” desemopolvan las acústicas y se marcan un exquisito tema de corte folkie con querencia por los juegos de voces. “And More”, que pese a lo que rezaba el título era la última canción del disco, ponía punto y final a éste a base de melodías preciosistas, coros prístinos y guitarras repiqueteantes. Lo de siempre, vaya, remachará algún profano, a lo que yo digo que sí, que puede, pero que en éste disco la fórmula no conoce el menor síntoma de desgaste.

Pese a ubicar su propuesta entre las, a priori diversas, coordenadas entre The Byrds, 13th Floor Elevators, Yardbirds o el Dylan recién electrificado, es decir, entre la melodía de base Folk, el toque psych, el músculo y el lírico fraseo de corte tan poético como desgarrado, Love fue el grupo genial, capaz de concatenar tres obras maestras, que nunca llegó a explotar, al menos tal y como debería. En fin, olvidemos, aunque sea por hoy, la injusticia inherente al tinglado de la música y hagamos sonar el disco con el que Love comenzaron a firmar su halo de mitos.

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80's, Discos, Garage, Música, Nativos, Rock

The Nativos – "She Belongs To Me"

Spain in different, típico y tópico axioma que no deja de tener su punto de verdad. Y no siempre con una connotación negativa, ojo. Recordemos que los 80’s han sido una de las décadas más ominosas en la historia de la música, y claro está, la escena Rock and Roll internacional no permaneció indiferente ante aquello: The Rolling Stones, a un tris de separarse, editaron un puñado de discos de perfil medio/bajo, los otrora intocables Dylan y Young se vieron constantemente cuestionados, aún cuando acertaban, y, lo más importante de todo esto, surgió un tipificado sonido 80’s, entre lo bombástico y lo efímero que se coló con facilidad entre los surcos de grupos tan dispares como Ramones, Queen, Rod Stewart, Paul McCartney o Johnny Cash, por no hablar de los artistas antes mencionados. En cierto modo, sólo salieron fortalecidos de aquel marasmo los por aquel entonces tótems ascendentes del Hard Rock, formaciones cómo AC/DC, Motorhead o Judas Priest, que firmaron parte de lo mejor de su carrera en aquellos años.

Y mientras, en España ¿Qué? Preguntarán sarcásticamente esos eternos serviles a lo foráneo que no verían un grupo de talento en estas latitudes ni aunque lo tuvieran frente a sus narices. Habida cuenta de que aquí siempre ha habido una sólida escena underground, la primera mitad de los 80’s españoles se descubre como especialmente fascinante para todo aquel que se diga melómano con ciertas veleidades rockers: Por decir algo, Burning asentaban su liderazgo, Loquillo, en compañía de Sabino Méndez, ponía patas arriba la noche barcelonesa, el Punk Rock vía UK comenzaba a emerger por el norte del país mientras que el de herencia ramoniana afloraba en la capital; Nacha Pop practicaban, quizá sin saberlo, Power Pop de altura mientras que los más duros del lugar, Barón Rojo y Obús implantaban el arena rock á la foránea.

Los primeros compases de La Movida, si bien no transmitieron un legado estrictamente musical, si que lo hicieron de actitud, y la respuesta que generaron, y en la que por cierto se encuadra la singladura de The Nativos , fue tanto o más interesante que el movimiento en sí: Ante la efervescencia y el frenesí petarda, Madrid vivió una oleada de grupos eminentemente rockistas,con la vista puesta en la música de los 50’s/60’s  y con una especial querencia por los grupos de culto, ahí es donde entrarían en juego Los Enemigos, Sex Museum, The Pleasure Fuckers o The Nativos.

 The Nativos fueron, ante todo, un supergrupo. Y es que en él se dieron cita, en algún momento u otro de su -breve- trayectoria miembros de Los Pistones, Enemigos, Mockers, Fallen Idols y Los Rápidos, .En “She Belongs To Me”,  abundan las versiones frente al material propio, lo cual no debería inquietar lo más mínimo al connaiseur del garaje pretérito, sabedor de que en los discos de The Sonics, Remains o Fuzztones la proporción suele ser más o menos igual.

 El disco abre con el tema que le da título, eso es, el viejo himno de Dylan que ocupaba su lugar en la Cara folkie del mítico “Bringing It All Back Home”. En mi opinión, la banda efectúa una de las mejores relecturas que se han hecho jamás del cancionero del de Duluth, lo cual, teniendo en cuenta el volumen de covers que ha sufrido, no es poco decir. The Nativos convierten el tema en un áspero y gélido corte garagero, con un hammond manteniendo el pulso y la labor vocal de Esteban gravitando entre las enseñanzas de Iggy Pop y Lux Interior. Menuda apertura.

 “I Can Only Give You Everything”,  de los Them de Van Morrison cobra nuevos bríos en manos de la banda, insuflándole una energía inusitada, máxime al tratarse de un tema que ha sido revisitado tantas veces por bandas de distinto pelaje, de The Haunted a los Troggs pasando por MC5. “Stop”, único corte que firma la banda, suena a los Stones de los 70’s por los cuatro costados, demostrando que no sólo nos encontrábamos ante unos exquisitos revisionistas sino ante unos finos compositores. Finalmente, “Night Time”, de los Strangeloves, ponía fin al maxi a ritmo de Rock n’ Roll con toque R&B pasado de rosca.

Cómo ya apuntábamos, la existencia del grupo fue efímera y su producción se circunscribió a éste único EP, prototipo de disco de culto patrio. Ante la brevedad de su trayectoria, sólo nos queda fantasear sobre lo que podría haber dado de sí una banda de la calidad, mimbres y buen gusto de The Nativos.

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