1966, Discos, Música, Proto-Punk, Troggs

The Troggs – "Wild Thing"

Originalmente bautizados como The Trogglodytes, lo cierto es que esa primera denominación avisaba a la perfección de las constantes sónicas que mantendría el combo capitaneado por Reg Presley a lo largo de su periplo 60’s, a saber: Tosquedad, primitivismo y contundencia por bandera, abonando, en opinión de algunos connaiseurs, el terreno del que surgiría el primer Punk.

 No se trata de una teoría descabellada, ciertamente. ¿Acaso la manera de tocar de Chris Britton no supone la antesala, con menos revoluciones, del estilo que haría célebre a Johnny Ramone? ¿No son en cierto modo sus letras naives y despreocupadas una precuela de lo que tantas bandas vindicarían una década más tarde? La apuesta de The Troggs partía del Beat, tan en boga en la época, pero terminaba por adentrarse en otras sendas, más crudas,más ásperas y escasamente exploradas en aquellas fechas.

 Se habla mucho de la originalidad, de lo rompedor cómo -casi- único motor que propulsa la historia del R’n’R, pero ese axioma, de todos modos discutible, se puso un poco en entredicho en la década de los 60’s, época en la que se editó una miríada de discos, cuya calidad está fuera de toda duda, basados fundamentalmente en versiones, medleys, guiños y demás concesiones a composiciones ajenas. Echen un vistazo a sus discos de The Remains, Sonics, Mitch Ryder o The Shadows Of Knight, por ejemplo, y se harán una idea de lo que les digo. ¿Lo que los diferenciaba de ser meras cover bands? Ese algo más, esa diferencia en la actitud, en el discurso, que los presenta como algo diferente, aún en las formas.

 Algo de eso pasa con “Wild Thing”. Sí, es un tema original de la banda, pero no cabe duda de su parecido, rayano al calco con la archiconocida “Louie, Louie” (Los acordes son exactamente los mismos, de hecho) Incluso se dice que la banda creó el tema de forma casi accidental, mientras intentaban dar forma en el local de ensayo al oldie de Richard Berry. Así pues, ¿Cuál es ese algo más que aporta el grupo de Andover?

 Bajo “Wild Thing” late un pulso de incuestionable crudeza, de alusión a lo primitivo, a lo salvaje. Desde la áspera voz de Reg Presley a la primaria labor guitarrera de Britton pasando por los parones y el tono ominoso que sobrevuela la canción, que insinúa más que dice… Y ese solo de ¡Ocarina! que termina por conferirle una idiosincrasia única a la actitud y el sonido del grupo. No dejemos de tener en cuenta que es el año 1966, que los Beatles andaban a vueltas con “Revolver” y mientras estos cuatro tipos facturaban Proto Punk de manual, con más concomitancias con lo que aportaría Detroit un par de años después que con la mayoría de sus compatriotas.

 La cara B, al igual que pasaba en tantos y tantos singles de la época, variaba según el área geográfica. Y si para Inglaterra la elegida fue la fuzzera “From Home”, los yankees, que para éstas cosas siempre tuvieron más vista, escogieron una de sus grandes gemas pop, esa deliciosa y archipegadiza “With A Girl Like You” que con el tiempo sería cara A por méritos propios. En la France, finalmente, la elección recayó sobre la chulesca “Lost Girl”, prototípico pildorazo de Garage Pop 60’s con desparrame lisérgico incluido a modo de cierre. Como podeis ver, siempre dentro de sus cánones, existía variedad de registro en el cancionero Troggs.

Diluidos entre el marasmo de nombres que la british invasion legó al mundo y recordados por unos pocos, la sombra de The Troggs se perfila alargada, aún a título conceptual, en la obra de los primeros Ramones, Stiv Bators, Alex Chilton o The Stooges, por citar a unos pocos. Con semejante prole no hay opción a dudar de que -desde luego- algo muy especial tenían que ofrecer estos cuatro tipos trajeados a rayas en sus trabajos de juventud.

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1969, Discos, Música, Proto-Punk, Stooges

The Stooges – "The Stooges"

 La trayectoria de The Stooges supone un edificante ejemplo de la suerte que les toca correr a la mayor parte de los pioneros de nuestra música: Pese a que reescribieron, deglutieron, regurgitaron y escupieron los códigos de la música Rock en el ocaso de los floridos 60’s, al grupo de los hermanos Asheton le tocó volatilizarse en medio de una espiral de drogadicción, indiferencia y rabia, especialmente de la dirigida hacia ellos.

 Creo que ésta es la clase de historias que conviene abordar desde el principio, y es por eso que escojo este debut de título homónimo e intenciones rompedoras. Aquí el combo de Detroit pone sus cartas boca arriba, mostrando gran parte de sus viciosas virtudes, pero con un ánimo de inmediatez que lo hace más accesible que el críptico lenguaje de basamento jazzy y ácido del que hacían gala en “Fun House”. “Raw Power” es el redondo de la discordia y sigue sin poner(nos) de acuerdo a sus seguidores: Para algunos -entre los que me incluyo- supone un gran testamento de su obra en estudio, pero otros no tragan su producción ni a la de tres. En fin, cuestión de gustos, supongo. Así que mejor no perdernos en cuestiones bizantinas y entrar a desgranar éste “The Stooges”.

 Si tomamos en consideración y en serio las declaraciones que Iggy Pop hizo en cierto documental sobre la historia del Punk, la banda había avanzado en el lapso de dos años, en cuestiones de técnica y composición, un mundo. Y es que si nos creemos que la banda debutó en el ’67 con Iggy luciendo afro y aporreando una aspiradora y el bueno de Ron Asheton valiéndose de un ukelele, en el 69, el año de aquel Woodstock cuyo espíritu se vanagloriaban de haber dinamitado, The Stooges sonaban como una entidad compacta, intimidante, cuyo sonido iba del psych rock a la génesis el punk rock. Ahí es nada.

 La inicial “1969” supone una demostración de un lenguaje inédito en el Rock and Roll de la época: Estructuras obsesivas (bueno, esto quizá sea culpa de Bo Diddley, héroe de juventud de Iggy), guitarras hiperdistorsionadas y, quizá lo más importante, una pretensión casi confesa de no querer agradar a nadie. Quizá fue ese factor lo que determinó que la idiosincrasia de la banda se haya mantenido intacta hasta nuestros días, ese espíritu outsider, rayano en lo despótico y que ha hecho de los Stooges una banda a descubrir por cada generación de melómanos.

 “I Wanna Be Your Dog” es, sencillamente, una canción inmortal. Decadente, lasciva y con Osterberg desatando su a todas luces patente lubricidad. Y el riff, dios. No sé que hubiese sido de este grupo sin la labor de Ron Asheton, una verdadera máquina de facturar guitarrazos, moviéndose con soltura entre lo psicodélico y lo inmediato, sonando tan directo como un navajazo e impregnando al sonido de la banda de un indiscutible aura de peligro y subversión. ¿Cómo se lo agradecieron? Ah, sí, relegándolo al papel de bajista.

 Los más de diez minutos de la épica “We Will Fall” (Pese a apadrinar el Punk, los Stooges no eran la clase de banda a la que le temblaba el pulso a la hora de dilatar sus composiciones) dan paso a otro de sus himnos de siempre, la distorsionada y saturada “No Fun”. Éste segundo tramo del álbum quizá sea más afecto a sonoridades ácidas que el anterior, a cortes como “Real Cool Time”, o la en principio reposada y atmosférica “Ann” me remito. “Not Right” es un tema Stooge de manual: riff ácido y psych a partes iguales, ambiente enrarecido y aureola virulenta. “Little Doll” cierra la fiesta, poniendo fin al viaje por caminos torcidos y vericuetos que proponían en su primer largo.

 Ya decíamos que su historia fue efímera. En lo que pareció un abrir y cerrar de ojos, ya estaban firmando su epitafio fusionando decibelios con cascos de botellas rotas –“Metallic KO”– y marchándose por la puerta de atrás. Daba igual, su contribución a la historia de la música quedaba dormida, agazapada, esperando su momento para resurgir y ser vindicada de nuevo.

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1973, 70's, Discos, Música, New York Dolls, Proto-Punk, Rock and Roll

New York Dolls – "New York Dolls"

 Una de las muchas subdivisiones que podemos aplicar a nuestro mundillo es la que sigue: Hay bandas que hacen Rock And Roll, otras, por contra, son Rock And Roll. Y no creo que sea necesario aclarar a estas alturas del partido a que categoría pertenecen las muñecas de Nueva York.

 Surgidos en la ciudad de los rascacielos a comienzos de los 70’s, su sonido era algo así como el punto de encuentro entre el R’n’R primigeneo y negroide de tipos como Chuck Berry y Bo Diddley, el sentimiento poppie y urbanita de grupos como The Ronettes y las Shangri-Las y, cómo no, The Rolling Stones. Y es que si hay una influencia que resultaba evidente en el imaginario de la banda, esa era la de los ingleses: Johannsen y Thunders eran la versión Proto Punk y Post-Detroit (tanto en lo estético cómo en lo musical) de unos Jagger/Richards ya de por sí bastantes desquiciados (cabe recordar que eran los días de la resaca “Exile On Main St.”, cristalizada en “Goats Head Soup”)

 Pese a tratarse del debut de la banda, los New York Dolls no eran ningunos primerizos, y ya venían de vuelta de conciertos ante audiencias complicadas (Sirvan de sendos ejemplos su debut en un refugio de vagabundos y su labor como teloneros de… Lynyrd Skynyrd!) tours internacionales, como el que les llevó a abrir para Rod Stewart en las islas británicas e incluso vivir la pérdida de uno de sus miembros en circunstancias trágicas, caso de la sobredosis, en ese mismo periplo inglés, de su primer batería, Billy Murcia.

 Para su primer largo, bajo la batuta del mítico Todd Rundgren, las armas a emplear no iban a ser otras que las consabidas: Inmediatez, crudeza y chulería. “Personality Crisis” se encarga de poner las cartas boca arriba, un Rock And Roll enloquecido, salvaje, digno del “Exile…” Stoniano pero con una actitud definitivamente más suburbana, más sucia. “Looking For a Kiss” rezuma contención y en “Vietnamese Baby” saben mostrarse enigmáticos y peligrosos. Si a esas alturas todavía no has caído rendido ante los riffs asesinos de Johnny Thunders y Sylvain Sylvain y la actitud chulesca e histriónica de David Johanssen, dos opciones: a) Sube el volumen, y si ni por esas, b) Háztelo mirar.

 Nos dan tregua con “Lonely Planet Boy”, un corte acústico, que no habría desentonado para nada en el “Sticky Fingers” (o en el “Teenage Head” de los Flamin’ Groovies, otros que tal bailan) Para retomar el pulso en “Frankenstein”, el que quizá sea el corte más experimental del redondo. “Trash” es otra de las cimas indiscutibles de la banda, un pildorazo rebosante de inmediatez, unos coros magistrales y un riff adictivo. Una canción perfecta. Es en “Subway Train” donde dan rienda suelta a la faceta más poppie vía Shangri-Las de las que os hablaba unas líneas más arriba, pasada, eso sí, por un tamiz eminentemente guitarrero y crudo. Ya en la recta del final del álbum nos encontramos con una sólida relectura del “Pills”, de Bo Diddley, a la que le sustraen el tono luminoso del original a cambio de un sentimiento cuasi-Punk y “Private World”, firmada a pachas con el bajista Arthur “Killer” Kane y con un sonido que nos retrotrae, aún remotamente, al beat de la britsh invasion. A modo de grand finale tenemos uno (otro) de los himnos impepinables de la banda, “Jet Boy”, con un riff casi tan mítico como las palmas del comienzo.

 Con una carta de presentación tan avasalladora como la que nos ocupa, ¿Se comieron algo los Dolls? Siendo francos, y hasta generosos, poca cosa. Condenados por su mala estrella y su condición autodestructiva y quién sabe si víctimas de, tal y como afirmaban en su segundo largo, ofrecer Too Much, Too Soon sus andanzas fueron, en este primer periplo, pasto de minorías. Con eso y con todo, “New York Dolls” marca el comienzo (¿o culminación?) de una nueva manera de entender el Rock, tan cruda como glamourosa, así como el inicio de su particular mitología, jalonada de carmín, muertes y electricidad. Y por muchos años.

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1970, 70's, Discos, High Energy, Música, MC5, Proto-Punk

MC5 – "Back In The Usa"

Detroit, a día de hoy, no es una ciudad precisamente atractiva: Deprimente enclave industrial semiabandonado, con una imaginativa política de reubicación urbanística en la que un teatro puede convertirse, de la noche a la mañana, en el parking de unos grandes almacenes y donde, de un tiempo a esta parte, el ayuntamiento prefiere derribar los grandes bloques de pisos deshabitados a fin de que no sean pasto de llamas la noche de Halloween, evitando así la conocida como “Devil’s Night”, en la que algunos de sus ciudadanos se entregan a un frenesí pirómano de inciertas consecuencias. ¿Pero sabéis que? Sigue existiendo un sonido Detroit, etiqueta que sirve para designar la mixtura de músculo, crudeza, distorsión y cierto sentimiento negroide, que ha terminado siendo definitoria del underground de la ciudad del motor.

 Parece haber unanimidad a la hora de señalar a The Stooges y MC5 como padres espirituales de la escena de Detroit, si bien cabe recalcar que, evidentemente, ambas formaciones no surgieron por generación espontánea: Ya había grupos como The Rationals o Mitch Ryder & The Detroit Wheels cuyos orígenes se remontaban a los primeros 60’s y que ya venían dando guerra a base de combinar guitarras poderosas con elementos Soul, una fórmula de la que MC5 se nutrirían, corrigiéndola, aumentándola y llevándosela a su propio terreno reivindicativo.

 Se qué existe cierta controversia en torno al segundo largo de MC5, sobre todo en lo tocante a la producción del debutante Jon Landau, e incluso hay quien no duda de catalogarlo como su peor álbum. Cierto es que tras su avasalladora carta de presentación, “Kick Out The Jams”, casi con total seguridad el directo más rompedor de la época, “Back In The Usa” suena escuálido: ¿Dónde esta la muralla de sonido? ¿Y los aullidos? ¿Qué ha sido de la distorsión intimidante de Wayne Kramer y Fred “Sonic” Smith? Son cuestiones que nos asaltan cuando encaramos por vez primera el redondo, con los altavoces aún echando humo por culpa de su incendiario debut. Entonces, ¿Por qué escribir acerca de“Back In The Usa”? Pues porque, pese al lastre de la falta de pegada, fue la mejor colección de canciones que firmaron los Motor City Five.

 MC5 habían aterrizado en la escena de la mano del gurú-vividor-idealista John Sinclair, quien, desde su labor de manager encaminó el potente Hard Rock empapado en distorsión y Soul del que hacía gala la banda hacia el panfleto, las consignas y los actos del insólito partido que lideraba, los White Panthers, formación que constituía un fiel reflejo de los tiempos de debacle que se vivían en el ocaso de los 60’s. Los hippies de antaño, con Altamont a la vuelta de la esquina, o bien optaron por hundirse en su propia utopía barbitúrica o, y este es el caso de Sinclair, pasaron a la acción directa, olvidándose del manido Peace and Love y luchando, con todos los medios a su alcance, por instaurar los cuatro puntos de su programa: “rock ‘n roll, dope, sex in the streets and the abolishing of capitalism”. Fue en ese estado de cosas cuándo tuvo lugar la ya mítica grabación de “Kick Out The Jams”.

 Ni qué decir tiene que para su segundo largo la temática vindicativa seguía estando presente (Qué ejemplo más ilustrativo que el de “The American Ruse”) Pero dejaban la puerta entreabierta a la cultura pop americana, ampliando de paso su abanico temático. Digamos que, para la ocasión, y eso es lo que hace grande a éste disco, MC5 optaron por grabar un álbum convencional en la forma (que no en las canciones) lo que precisamente, viniendo de ellos, era lo menos convencional que podían hacer. Asimismo echaron la vista atrás en cuanto a referentes se refiere, lo que se pone de manifiesto al escuchar las relecturas de Little Richard y Chuck Berry con las que acotaban el disco. Entre medias, riffs punzantes, minutajes breves y una de las piedras fundacionales de lo que devendría en Punk Rock. Rob Tyner sabe mostrarse lúbrico y chulesco en cortes como “Teenage Lust”, “Tonight”,”Call Me Animal”, “Looking At You” o “High School”, pero también contenido y expectante en la soulera “Let Me Try” o directamente oscuro y enigmático, caso de “The Human Being Lawnmover” un tema que para nada habría desentonado en “Kick Out the Jams”. Cómo nota curiosa del disco tenemos “Shakin’ Street”, con Smith a las labores vocales, y un espíritu más neoyorquino, si se me permite la expresión.

 La influencia que tuvo este disco y la obra de sus creadores en generaciones posteriores resulta innegable. No sólo dejaron abonado el terreno dónde tuvo lugar la segunda venida Punk de la gran manzana, en la que surgieron bandas fieles a sus postulados como The Dictators, sino que su legado puede rastrearse en la eclosión aussie capitaneada por Radio Birdman a finales de los 70’s y en el trabajo de bandas pertenecientes a la escena escandinava como The Nomads o Hellacopters. Asimismo, la temática política que impregnaba sus canciones abrió una senda que, dicho sea de paso y con la salvedad de The Clash, no siempre encontró la mejor de las representaciones en el futuro. Con eso y con todo, han pasado cuarenta años de todo ésto y el trueno sigue sonando… Thunder in the night forever!

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1964, Discos, Garage, Música, Proto-Punk, Sonics

The Sonics – "Here Are The Sonics!"

“Son el eslabón perdido entre Little Richard y MC5gastadísima cantinela que no por más usada deja de ser totalmente certera a la hora de referirse a los de Seattle, un combo deudor de la exuberancia del Rythm and Blues y el Rock and Roll de la década anterior, pero poseedor de una suciedad y una oscuridad que los sitúa como unos más que justificados padrinos de la primera venida Punk que viviría Detroit poco después.

 No es nada descabellado afirmar que, a buen seguro, “Here Are The Sonics!” fue el artefacto más rompedor de la época, sónicamente hablando (el reconocimiento popular fue proporcionalmente inverso) y es que los ingredientes empleados para su creación así lo acreditan: Una voz como la de Gerry Roslie, empapada de Black Screamers como Screamin’ Jay Hawkins o el propio Little Richard arropada por una banda a la usanza de los crudísimos combos instrumentales de la costa oeste (saxo incluido) tejiendo infecciosos y crujientes riffs rebosantes de distorsión al servicio de unas canciones hipervitaminadas, que aún hoy, más de cuarenta años después, siguen conservando el aura salvaje e intimidadora con las que fueron concebidas.

 En lo tocante al repertorio, nos encontramos ante una nivelada sucesión entre versiones de oldies, tan habituales en la época, y temas propios, que, bajo mi modesta opinión, son los que constituyen la verdadera cima del disco. En la primera categoría encontramos relecturas atómicas de The Contours, Chuck Berry, Little Richard, Ray Charles o Richard Berry, a las que le insuflan un plus de salvajismo extra con respecto a los originales, especialmente acentuado en el caso “Do You Love Me?”, convirtiendo el clásico Motown en un corte crudo, rápido, repleto de aullidos marca de la casa. En el segundo apartado es donde The Sonics aportan la différence, ese algo que hizo que, pese a editar un disco más y disolverse rápidamente, generaran el culto suficiente para ser reivindicados por diversas generaciones musicales a lo largo de las décadas venideras, de Dead Boys a The Cramps, del revival garagero 80’s liderado por The Fuzztones a la antesala del grunge que fueron Mudhoney. Hay un halo de oscuridad y evasión en torno a canciones como “The Witch” y “Strychnine” un aura perturbadora inédita en la época, máxime en un conjunto de chicos blancos. ¿Qué añadir acerca de cortes como “Boss Hoss”? ¿Y “Psycho”? Bueno, de esta última podemos decir que es de esas canciones que, si no hacen que te muevas, te recomiendo que encamines tus pasos rumbo a la funeraria más próxima.

 Escuchando el disco he pensado en unas declaraciones que Roslie hizo hace algunos años, no muchos, en una entrevista. En ellas venía a decir que el gran diferencial de The Sonics era que en su música no había nada de british invasion, ellos no se dejaron contagiar por el empuje de formaciones como The Beatles, Kinks o los Stones, prefiriendo aglomerar el crisol de la música cruda americana, esa línea que va desde los chillidos de Richard Penniman al ampli agujereado de Link Wray. La decisión no les aportó dividendos ni popularidad, pero sí el tardío status de pioneros y adelantados a su época, precursores de un modo de entender la música tan subterráneo como inasequible al paso del tiempo.

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70's, Dictators, Discos, Música, Proto-Punk, Rock and Roll

The Dictators – "Bloodbrothers"

 Hay discos que llevan la palabra “Sábado” impresa entre sus surcos, y que, como mínimo, merecen desempolvarse y ponerlos a rodar cuando llega el fin de semana. Los discos de The Dictators, en cuyo cancionero encontramos títulos como “Every Day Is Saturday” o “Weekend” evidentemente pertenecen a esa categoría. Aunque, ¡Qué demonios! Nunca es mal momento para atronar al vecindario con una pieza del calibre de “Bloodbrothers”.

 Pese a que suelen encuadrarse dentro de la movida Punk Rock, lo cierto es que la apuesta de los ‘Tators tenía más que ver con el Hard Rock clásico (no hay mucho de Punk en un guitarrista como Ross The Boss, ¿Verdad?) aliñado con un componente eminentemente rockandroller y algo de Proto-Punk vía MC5. Sinceramente, veo a “Bloodbrothers” más cerca de, por ejemplo, el “Born to Run” de Bruce Springsteen que de los debuts de Ramones y Sex Pistols: La actitud urbanita y bad ass, la chulería que irradian en todo momento y, por encima de todo, la temática de las canciones: Historias de chicos sin futuro, declaraciones de amor al grano, chicas del baile… Todo muy Made in NYC.

 No cabe duda de que la banda tenía mucho que demostrar: Tras el fiasco que supuso el irregular “Manifest Destiny” (Según me reveló el bajista y líder Andy Shernoff en una entrevista, “Un intento valiente de hacer un disco de Pop radiable”, yo suscribo eso, que se quedó en el intento) era el momento de efectuar una demostración de poder que pusiese las cartas boca arriba de una vez por todas y diese fe del potencial del grupo. Y vaya si lo consiguieron.

 ¿Las armas empleadas? La primera ,y más importante, fue el retorno de la banda a sus raíces, esto es, el Rock and Roll callejero con un pie en los grupos Teenagers de la década anterior y otro en el Hard Rock de la época que ya mostraban en su debut “Go Girl Crazy!”. Completaban la fórmula otorgándole el protagonismo vocal a “Handsome” Dick Manitoba ( que en las entregas anteriores compartía labores con Shernoff, que aquí se encarga de los coros) y dándole más peso a las guitarras de Ross the Boss y Scott “Top Ten” Kempner, que hacían gala de una maestría y un saber hacer que los distanciaba de la eclosión Punk del momento.

 Y el resultado de la aplicación de esas premisas no fue otro que “Bloodbrothers”. Un disco perfecto de principio a fin, rebosante de una vitalidad y una frescura que hoy, más de tres décadas después,aún conserva intactas. La banda se alejó de la ampulosidad de “Manifest Destiny”, decantándose por los minutajes breves y haciendo de la crudeza e inmediatez su bandera. Desde la incial “Faster and Louder” (de la que, por cierto, se dice que el “one,two,three” del principio es cosa del Boss) al cierre con una desquiciada versión del “Slow Death” que le toman prestado a los Flamin’ Groovies, asistimos a una sucesión de riffs matadores, estribillos coreables y canciones inmortales. De las reminiscencias a The Who de “Baby Let’s Twist” a salvas del calibre de “Stay With Me”; de himnos como “No Tomorrow” a la chulería lasciva y a duras penas contenida en “The Minnesota Strip”; de esa declaración de principios que es “I Stand Tall” a las vacilonas “Borneo Jimmy” y “What It Is?”. Aquí no sobra nada.

 The Dictators sellaron su gran obra maestra, que de paso les permitió asentar su status de banda de culto, cuyo conocimiento resulta imprescindible para saber a ciencia cierta qué se cocía en ese hervidero que fue la Nueva York de los 70’s.

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