00's, 2006, Diamond Dogs, Discos, Música, Rock and Roll

Diamond Dogs – "Up The Rock"

Tibieza. Esa sería la palabra que mejor resume la acogida que obtuvo “Up The Rock”, quinto esfuerzo en largo del combo sueco (si contamos su debut, el controvertido -y delicioso- “Honked!”): Acusaciones de estancamiento, de agotamiento de fórmula, de haberle dado un lavado de cara a su sonido (Espera, ¿pero eso no se contradice con la primera acusación?) menudearon en las reseñas que cosechó.

Tamaña animadversión a tan notable pieza -a la que no le sobra una sola canción- podría explicarse, quizás, por la coyuntura en que apareció: Estamos en la segunda mitad del primer decenio del siglo, y la gente parece haberse cansado de lo que el boom rockandrollero escandinavo, que tantas adhesiones generó, puede dar de sí; obras de The Hellacopters o Turbonegro que cualquier banda del ramo sería incapaz de firmar hoy día son acogidas con condescendencia, cuándo no cierta pereza; Al caso de nuestros protagonistas, además, hemos de sumar una cierta saturación de obras a su nombre aparecidas en el año y medio anterior al lanzamiento de la presente obra: La edición de “Black River Road”, del split a medias con Jeff Dahl“Atlantic Crossover”-, la aparición del recopilatorio “Bound To Ravage” e incluso el estreno en solitario de Sulo, su cantante, con el fabuloso “Rough Diamond”, pudieron generar una imagen hegemónica que, unido a la causa anterior, hizo que el público recibiese su nuevo trabajo un tanto a la defensiva.

Es “Up The Rock”, sin embargo, un redondo maravilloso. Así me lo pareció desde el momento de su salida. Resulta cuánto menos curioso que hubo quién les acusara de vivir aferrados a una fórmula, cuándo en éste disco parecen virar un tanto de las acostumbradas referencias a The Faces o los Rolling Stones setenteros en beneficio del boogie electrificado e hímnico del mejor glam rock británico, qué es la raíz de esos temas que algunos tomaron por una intentona de dulcificar su sonido, cuándo eran en realidad deliciosos himnos llenos de épica adolescente, de esos que Marc Bolan o Ian Hunter gustaban de cultivar en su cancionero. No faltaron, en definitiva, quiénes parecieron no darse por enterados del nombre del grupo, qué avisaba de buena parte de su corpus referencial, que terminó por materializarse en este disco.

Las teclas de The Duke Of Honk abren el corte inicial, “Generation Upstart”, una orgía de teclas, coros, riffs á la T-Rex y un cierto espíritu bubblegum que da paso a una colección de himnos con madera de clásico: “We May Not Have Tomorrow (But We Still Have Tonight)”, la vacilona “Down In The Alley Again”, “Acting Singles”, la absolutamente colosal “Turning a Shack Into a Chapel”, “Closest I Ever Been To Memphis”, “You Got Nothing On Me”, coronada por un espídico solo de saxo, “Put Your Hands Together” o esa maravilla que recibe por título “Make It To The Shore” qué sabe a escapada nocturna, a encuentro a hurtadillas en la playa cuando ya ha caído el sol, a verano. Cortes de una frescura insultante, preñados de melodías deliciosas y coros de ascendente doo-woop, de riffs incontestables y estribillos hiperpegadizos, de omnipresentes teclados y deliciosos metales. Verdaderas bofetadas de positivismo, de las que te hacen renovar votos con la vida y ayudan a ver éste mundo, tan disfuncional a veces, con otra mirada.

 Pero no queda la cosa ahí. A la vera de los hits incontestables, de las canciones para corear a voz en grito nos encontramos con una remesa de temas de regusto reposado, no exento de soul en ocasiones, qué terminan de redondear el balance del álbum: Ahí está esa delicia de corte acústico, “Where Are You Tonight?”, el soul tabernario de “Come Easy, Come Slow”  o ese baladón, todo contención, que es “If I Ever Fall In Love With You”.

 Nos encontramos, en suma, ante uno de esos discos condenados por una mayoría de sus seguidores por factores estrictamente extramusicales: Ya sean coyunturales, como los mentados más arriba, ya nostálgicos (“… Tras la marcha de Stevie Klasson nada fue lo mismo”) qué no deben distraernos de lo esencial, esto es: Qué nos encontramos ante un redondo de una categoría sobresaliente, al qué, repito, no le sobra ni una sola de sus canciones; Ante el que es, de hecho, su útimo trabajo verdaderamente imprescindible, el que coronó una verdadera racha de éxitos -artísticos, se entiende- para estos exquisitos valedores del rock de herencia british.

Dedico estas líneas a Matt ” Magic ” Gunnarson, saxofonista de la banda recientemente fallecido. Vaya por el.

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1957, 50's, club del single, Discos, Música, Rock and Roll

Jerry Lee Lewis – "Great Balls Of Fire"

  Hijos de la era post-atómica y de capitalismo exacerbado que devino en la creación del concepto teenager; reverso subversivo y hedonista de una sociedad pacata que los veía -no sin cierta razón- como a unos potenciales corruptores de vocaciones; catalizadores de tradiciones musicales -y culturales- cuya fusión se consideraba, antes de su irrupción, antitética. Freaks. Depravados. Balas perdidas. Todo eso, y suponemos que mucho más, podría decirse de los paladines del primer rock and roll.

 Encontraron cobijo en etiquetas cómo Brunswick, Chess o Capitol, pero ninguna de ellas podía acercarse al poderío detentado por Sun Records, que en sus buenos tiempos consiguió reunir bajo su escudería al poker de ases más exitoso del rock and roll blanco: Tras el explosivo hallazgo de Elvis vinieron arquitectos del rockabilly cómo Carl Perkins; valedores del country gótico y minimalista, caso de Johnny Cash y, claro está, la figura central de este artículo, Jerry Lee Lewis. The Killer.

 No es descabellado intuir que uno de los primeros activos que Sam Phillips, capitoste de Sun, pudo adivinar en el muchacho de Ferryday, era que estaba ante una suerte de versión blanca y hilbilly de Little Richard (y por tanto, más fácil de asimilar en plena era de la segregación racial): Sus flamígeros rudimentos interpretativos y la importancia otorgada al piano en su música facilitaban ese paralelismo, en efecto.

 Poco importó que su primer single fuese un número de clarísimo basamento country cómo “Crazy Arms”. Era tan sólo cuestión de tiempo que brotasen sus costuras negroides, aquellas que forjó tras innumerables escapadas a los garitos blues del lado segregado de la ciudad: Y si con “Whole Lotta Shakin’ Goin’ On” inauguraba aquel ’57 que sería su año de gracia agitando country y rythm and blues a mayor gloria de un 7″ que fue su primer gran éxito; Con “Great Balls Of Fire”, directamente, y aunque fuese durante lo que parecieron cinco minutos, le disputó a Elvis la corona de rey del rock.

 En sus algo menos de dos minutos, “Great Balls Of Fire” muestra a las claras las virtudes interpretativas e idiosincrasias sónicas del excéntrico pianista de Louisiana: Tempo disparado -para los estándares de la época, punk rock-; una voz de clara ascendencia country, absolutamente equidistante de la de tipos como Little Richard o el propio Elvis y un impresionante virtuosismo a las teclas puesto absolutamente al servicio de la canción, que envuelven una historia de deseo ardiente, presentado como amor, casi tan desquiciado y excesivo como el intérprete que le pone voz (“You shake my nerves and you rattle my brain…”). Ante una relectura de semejante calibre, poco importa que estemos ante un original de Otis Blackwell: Es tal el poder de la revisión, tal la inyección eléctrica que supone, que termina por fagocitar y hacer del todo irrelevante la cuestión de la autoría del tema.

 La cara B era un -otro- guiño a las raíces musicales de Lee. En éste caso una sentida versión de “You Win Again”, composición postrera de Hank Williams que nuestro hombre lleva a su terreno insertándole un piano de regusto honky-tonk y haciendo reverberar su voz a la vez que desgrana esta balada de regusto amargo. Consecuente con el background del autor, en efecto, pero absolutamente eclipsada por el rompedor tema de apertura.

 Pese a no engrosar la categoría de mártires del primer rock and roll, la figura de Jerry Lee Lewis no tardaría en verse apartada de los focos. Tras un par de años floridos en singles de éxito (aunque ninguno de una magnitud siquiera comparable a la de éste) y frenética actividad en vivo, de constante disputa por el trono del incipiente rock, su figura caería en desgracia por cuestiones estrictamente extramusicales, lo que implicaría un descenso en picado de su popularidad así como su inclusión en cualquier lista negra del show business que se preciase. Tras aquello, remordimientos espirituales, sobredosis, bodas, giras de nostalgia, más bodas, alguna noche épica y una vejez apacible a la que nadie imaginó que llegaría. Podría decirse que su cénit fue casi tan efímero cómo ese frenético número de algo más de un minuto que terminó de aquilatar su reputación y su gloria. Podría decirse, incluso, que su irrupción en la música fue tan explosiva y fugaz cómo una gran bola de fuego que terminó por arrasarlo todo a su paso. Incluido a él.

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1957, 50's, Discos, Música, Rock and Roll

Buddy Holly And The Crickets – The "Chirping" Crickets

El Pop, en su acepción de música de voluntad abiertamente universal, lo inventó un muchacho blanco de Lubbock, un tipo de aspecto apocado que, como tantos otros de su época y lugar, recorrió de manera apresurada la senda que llevaba del country al incipiente rock and roll. Por el camino, el hallazgo de una veta cuyo filón no podemos asegurar a ciencia cierta que se haya extinguido: El destello de las gafas de carey de Holly iluminó, de un modo u otro, las singladuras de Bobby Fuller, The Beatles, The Searchers, Beach Boys, John Fogerty, Bob Dylan y muchos más. En cierto modo, todo lo que vino después está indefectiblemente en deuda con el concepto de la melodía del que hizo gala el tejano a lo largo de su breve existencia.

De “The “Chirping” Crickets” podría decirse que es poco menos que el libro de estilo universal del pop y el rock: Sus estructuras, sus secuencias de acordes, su uso de los coros, sus arreglos,sus riffs; todo mil veces expoliado por sus sucesores. Sin conseguir desgastarlo. Como alguien hizo notar en una ocasión, estamos ante uno de esos discos que siempre parecerá que se grabaron hace una semana. Imposible atribuirle los cincuenta y cinco años que carga sobre sus surcos.

Conformado por una equilibrada selección de versiones y temas propios, son estos últimos de lo mejor del redondo. Ahí tenemos la jungle music heredada de Bo Diddley campando a sus anchas en “Not Fade Away”, el aire misterioso que empapa, en su infinita candidez, a “Maybe Baby”, los prístinos ejercicios de rock and roll que son “Tell Me How” y “I’m Looking For Someone To Love”, el baladón “Last Night” y la imperecedera “That’ll Be The Day”, de exquisito cuño e inspiración johnfordiana.

Del lado de las versiones encontramos una relecturas de “Oh Boy!”, de su paisano Sonny West (Del que colegimos se quedó como Carl Perkins cuándo Elvis se apropió de su “Blue Suede Shoes”: Compuesto y sin canción) que pasó a engrosar lo más granado de su repertorio; “You’ve Got Love” del que fuera compañero en los Teen Kings de Roy Orbison, Johnny Wilson; “It’s Too Late”, guiño a un Chuck Willis al que le quedaba poco tiempo sobre este mundo; “An Empty Cup (And A Broken Date)”, perteneciente al repertorio del aún verde Roy Orbison de la época Sun Records, la popularizada por Little Richard “Send Me Some Lovin” y “Rock Me My Baby”, cedida por la dupla Heather-Long y con la que se cierra el LP.

En algo menos de media hora cuatro tipos de pueblo habían sentado la base de lo que sería el concepto de grupo moderno, esto es, el andamiaje del que se valdría generosamente la british invasion para impulsarse a los USA, y de ahí al mundo, algunos años después. En poco más de dos años, Buddy Holly marcó a fuego su impronta en el entramado del rock and roll de manera perenne. Y es que conviene recordar que,  en el día de su muerte, también murió la música.

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1998, 90's, Discos, Garage, Música, Rock and Roll

The Fleshtones – "More Than Skin Deep"

Son grupos cómo The Fleshtones los que, en última instancia, dan sentido al término Rock and Roll. Nunca serán el grupo de moda ni el hype del momento, pero por eso mismo jamás tendrán que lamentar el momento en que vean su tren pasar, ya que jamás se subieron a él. Su concepción del género es clara, concisa e inmediata, que para algo son neoyorquinos. Pese a que se suele encuadrar su singladura en el llamado revival garagero de los 80’s, el combo de Peter Zaremba siempre se ha conducido más como una gran banda de R’n’R, alejados de la ortodoxia de unos, verbigracia, Fuzztones para absorber toda suerte de influencias y filtrarlas por su particular e idiosincrático filtro.

En el ADN de The Fleshtones hay toneladas de Garage, claro está; pero también encontramos a los Stones de Brian Jones, one hit wonders de los 60’s, ramalazos souleros, ráfagas de instro-rock, despiporre frat rock y salvajismo protopunk con especial parada en los Stooges. Incluso en los últimos tiempos la banda ha dejado ver en su sonido esquirlas de los primeros Led Zeppelin (a los que Keith Streng no duda en citar como temprana influencia) y hasta algún riff deudo de AC/DC. 

“More Than Skin Deep” no es, en efecto, el disco por el que serán recordados (ese honor lo detenta “Roman Gods”) aunque, a título personal, es el que escucho con más asiduidad de su producción. Algo tiene que ver el hecho de que es de los pocos redondos que la banda ha grabado sin enfocarlo explícitamente a sus caóticos -y deliciosos- directos, dando en esta ocasión prioridad a la melodía, los riffs, los estribillos. A las canciones, en una palabra.

“I’m Not A Sissy”, con su épico y poderoso Vox Jaguar y ciertas reminiscencias a The Dictators, abre el álbum de la mejor de las maneras. A partir de ahí, poderosas salvas garageras (“My Love Machine”, “Smash Crash”, “A Hand For The Band”… ) destellos sixties (“Gentleman’s Twist”) los consabidos y mentados puntos negroides en “Laugh It Off” -original de The Tams– y en “Anywhere You Go”, e instrumentales de reminiscencias cincuenteras hasta culminar en esa grand finale que es “Better Days”, himno de repiqueteantes guitarras y muchos quilates.

The Fleshtones, afortunadamente, siguen predicando la buena nueva de su hipervitaminado Rock and Roll en los clubes, garitos y salas de medio mundo. Su culto es subterráneo, pero aguerrido. Sus shows, una de las experiencias más físicas y hedonistas que se pueden ver a día de hoy, y su producción discográfica continúa manteniendo el tipo. ¿¡Quién puede no admirar a una banda así!?

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70's, Discos, Johnny Thunders, Música, Rock and Roll

Johnny Thunders – "So Alone"

Héroe del primer punk con New York Dolls y líder de combos de culto plenamente integrados en la movida CBGB como los celebrados Heartbreakers; fan irredento de Dylan y compañero de andanzas de Dee Dee Ramone; Sórdido y romántico; bohemio y maldito; Todo eso, y suponemos que mucho más, podríamos decir acerca de la figura de Johnny Thunders, quintaesencia del beautiful loser y poseedor de una singladura digna de análisis.

“So Alone” fue el primer disparo en solitario del menudo guitarrista neoyorquino, la culminación de su década de los 70’s, frenética y desquiciada. Un disco de madurez (pese a que su autor ni siquiera llegaba a la treintena) y de recapitulación de acontecimientos, de echar la vista atrás para rendir cuentas con sus influencias así como con su propio pasado, pero sin dejar de mirar hacia el presente.

Desde la misma portada, pasando por el repertorio más íntimo y acústico del redondo, el espectro de la melancolía sobrevuela los surcos de “So Alone”. Aunque, no os dejéis engañar del todo por el título y la instantánea de la cubierta, ya que para la ocasión Johnny contó con una apabullante nómina de invitados que, cosa inédita en la época, hermanaba a punks, pub rockers y hasta algún coloso del classic rock. Por ahí desfilaron miembros de, entre otros, Sex Pistols, Eddie And The Hot Rods, The Only Ones,Thin Lizzy o Humble Pie. Tal era el poder de convocatoria de aquel que se decía “Nacido para perder”.

La apertura escogida no podría ser más desconcertante, una fiel y cruda recreación de “Pipeline”, el viejo hit surf de The Chantays que da paso al que quizá sea el corte más conocido del disco (y, porqué no decirlo, del propio Thunders) esa descorazonadora e infinitamente melancólica canción que es “You Can’t Put Your Arms Around A Memory”, díficil transmitir con unos pocos acordes las toneladas de desazón que desprende el tema.

Nuevo cambio de registro en “Great Big Kiss”, cover de las Shangri-Las que ya había sido visitado con anterioridad por las muñecas de Nueva York, para tomar la acústica de nuevo y atacar “Ask Me No Questions” . “Leave Me Alone” es la clase de pildorazo marca de la casa, tan arrebatado y eléctrico cómo rebosante de dolor. Es en la mil veces revisitada “Daddy Rollin’ Stone” donde cuenta con la ayuda de todo un Steve Marriott (Small Faces, Humble Pie), cuya presencia da buena idea del nivel de clásico en vida -aún de culto- que había alcanzado nuestro hombre.

“London Boys” es toda una vindicación de clase, de su condición de punk urbanita neoyorquino frente a la, no del todo fiable -para él, claro- eclosión british (“You’re little London boys/ You think you’re gonna fool me?/ Ha ha ha ha” Más revelador, imposible.) En el plano estrictamente musical, uno de sus grandes himnos.


“[She’s So] Untouchable” marca lo que quizá sea el comienzo del flirteo de Thunders con sonidos más cabareteros y de raíz europea (… ese saxo!) Sonidos en los que ahondó a lo largo de la década de los 80’s. Le guiña un ojo a la banda que le dió a conocer regrabando su “Subway Train”, joya, no todo lo recordada que se merece, incluida en el debut de New York Dolls. “Downtown” es una suerte de blues de abigarrado final punk, que da paso a la Thunderiana “Dead Or Alive”. 

“Hurtin” es la clase de canción que hace de Johnny Thunders un compositor tan especial e idiosincrático. Ese comienzo de pop de jukebox 60’s, ese puente intermedio, y ese final que no habría desentonado entre los surcos de un “Too Much, Too Soon”; Colosal.


Llega el turno de “So Alone”, tema-exorcismo, de reconocible parentesco con el primer Dylan (más concretamente con su “All Along The Watchtower”) y con un Johnny echando el resto. Lo que hubiese sido un cierre coherente se ve desmentido por “The Wizard”, típico tema fruto de un proceso de grabación distendido en el que los filtros de selección no eran todo lo rigurosos que debían: Puro relleno grabado en una toma, hablando claro.


“So Alone” confirmó la vitola -que venía dibujándose desde los albores de la década- de personaje de culto que acompañó a Johnny Thunders el resto de su vida. Por delante quedaban algunos discos más, estancias en París, conciertos gloriosos, conciertos correctos, conciertos lamentables y la crónica de una muerte anunciada desde hacía años que terminó por encontrarle, de la peor de las maneras, en Nueva Orleans.
 Su obra en solitario sigue poseyendo el aura de cruce de caminos entre rabia punk, actitud clásica y delicadeza folk por la que siempre apostó, poniendo en el envite su corazón y los demonios de su tormentosa existencia. 

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1998, 90's, Discos, Garage, Música, Pleasure Fuckers, Punk Rock, Rock and Roll

The Pleasure Fuckers – "Fuckdelux"

 Vale, The Pleasure Fuckers no eran, contraviniendo la opinión de ciertos nostálgicos de lo que se cocinaba en Malasaña, la mejor banda de Rock and Roll del mundo. Ni siquiera del país. Tampoco creo que esa fuese la intención de su cabecilla y líder indiscutible, Kike Turmix.

 El grupo era, en cierto modo, un eslabón más que completaba la faceta de Turmix de hombre renacentista del R’n’R inmediato: Un bonito colofón a su labor como pinchadiscos connaiseur (que a veces se permitía el lujo de hacer sesiones solo de Caras B), colaborador en diversos medios, destacado crápula de la noche madrileña (entre sus compañeros de juerga pretéritos se contaban Stiv Bators o los Ramones) capitoste de su propio sello discográfico y, cómo no, mítico promotor al que debemos la difusión del proto punk, el high energy de las antípodas y las manadas de grupos escandinavos por estas tierras.

Por si todo eso fuera poco, para colmo, The Pleasure Fuckers llegaron a ser una verdadera banda de culto con todas las de la ley: Sus trabajos eran distribuidos por una miríada de sellos undergrounds de reconocida solera (Crypt, Sympathy For The Record…) se patearon el ancho mundo repartiendo r’n’r attitude a raudales, hicieron giras con Nashville Pussy (haciendo fechas en fumaderos de crack) y Dead Moon, tocaron en universidades yankees marcándose la vacilada de hacer sets enteros de The Dictators… En fin,podríamos seguir citando vicisitudes, recodos y demás muestras de poder del grupo ad aeternum.

Puede que la fórmula de los Fuckers no fuese el paroxismo de la originalidad, pero era francamente efectiva: Estructuras, shuffles y licks del primitivo early R’n’R hipervitaminadas y haciendo parada en Detroit y Nueva York. El resultado era como una locomotora descarrilando de manera permanente, con Mike Sobieski y Norah Findlay cruzando sus guitarras y los aullidos desquiciados de el gordo rematando la faena.

Ni que decir tiene que “Fuckdelux” no es la obra por la que el grupo será recordado. Ahí tenemos “Supper Time” (con la icónica portada de Mauro Entrialgo) o el vindicado “Ripped To The Tits” para mostrar los vicios y virtudes del combo. Pero qué quereis que os diga, éste maxi ofrece algunas razones para ser reseñado. El homenaje/parodia/vacile del título hacia cierta publicación musical de tirada nacional, el elenco de versiones escogidas que va desde grupos coetáneos a influencias pasando por relecturas inimaginables y los ramalazos surf  del final conforman un bonito fetiche no de obligada pero si disfrutable escucha.

Abren a toda mecha guiñándole a los Suicide Kings (olvidadísimo grupo neoyorquino de los primeros 90’s) con “First Fight”,  un tema que no hubiese desentonado en una obra convencional del combo capitalino, suben revoluciones -más- en “Yeah!” relectura del tema de los aussies Space Juniors. Primer volantazo y cambio de registro para homenajear a Rod Stewart ¿Escogen un tema de los Faces? ¿De sus obras en solitario de los primeros 70’s? No y no. La elección recae en el megahit “Hot Legs” que transmutan en un hipervitaminado y salvaje R’n’R que arrasa con todo.

Toca ajustar cuentas con viejas influencias y ahí es donde entran en juego Rose Tattoo, de los que versionan, ni más ni menos, la atómica “Astra Wally” que precede a la cima absoluta del redondo, ese “Chica Alborotada” de los Locos del Ritmo , a mi juicio, una de las mejores relecturas que jamás haya oído de este número de rock chicano, un verdadero rompepistas. Dejemos en anecdótica la versión de “Nitro” (Dick Dale) con la que echan el cierre al disco.

Como ya dejaba caer, The Pleasure Fuckers no inventaban la pólvora, más bien empleaban toda la que tenían a mano a mayor gloria de este explosivo compendio de sudoroso y ardiente Rock and Roll.

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1999, 90's, Discos, Música, Rock and Roll, Supersuckers

Supersuckers – "The Evil Powers of Rock ‘N’ Roll"

 Curioso contraste el que tuvo que producirse en la nómina de Sub Pop cuando decidieron reclutar a los Supermamones. Pongámonos en situación: Nos encontramos en los primeros 90’s, en la ciudad de Seattle, germen, cuna y epicentro de aquello que se dió en llamar grunge, en pleno reinado de grupos como Pearl Jam o Soundgarden. ¿Y quiénes eran el nuevo fichaje de la escudería? Unos tipos que decían venir de Tucson, surgidos de las cenizas de un combo punk pretérito, The Black Supersuckers, con pintas de cowpunks pasados de rosca y capitaneados por un tal Eddie Spaghetti.

Venían dispuestos a despeinar al personal a base de Punk n’ Roll cavernícola y macarrónico, y en esas estuvieron la primera mitad de la década, hasta la edición del nunca del todo ponderado “The Sacrilicous Sounds of the Supersuckers”, en el que su habitual R’n’R hijo de Motörhead y primo hermano de Zeke abría la puerta a duelos guitarreros á la Thin Lizzy (combo del que la banda se declararía en lo sucesivo como heredero y valedor) y una querencia más acusada por las tesituras clásicas.

“The Evil Powers of Rock ‘n’ Roll” primer lanzamiento de la banda tras su flirteo con el country, es, claramente, un disco continuista con respecto a “The Sacrilicous…” aunque con mayor tendencia si cabe por lo clásico, las melodías, los solos y el clasicismo rockero bien aliñado con su chulería marca de la casa. El cambio, cómo era de esperar, no sentó nada pero que nada bien al sector más talibán de sus fans, que no dudó en echarse a llorar por las esquinas acusando al grupo de pasarse al heavy metal (sic) venderse y esa clase de acusaciones, pobres de contenido, que suelen verter aquellos que conciben su música como una suerte de compartimento estanco cerrado a cal y canto a cualquier posible apertura.

El común de los conocedores de la banda, en cambio, no dudan en considerar al “Evil Powers…”  como uno de los mejores -sino el mejor- disco de los Supersuckers. Y con razón, desde luego: Nos encontramos ante un redondo potente, clásico, atemporal y, lo más importante de todo, libre de todo corsé estilístico más allá del de puro y simple Rock And Roll.

El disco abre a toda máquina, con “The Evil Powers of Rock ‘n’ Roll”, “Cool Manchu” y “I Want The Drugs”, atómicos cortes de Punk n’ Roll, pero más tamizados, lejos de la suciedad de lo que exhibían en “The Smoke Of Hell”. “Santa Rita High” aleja un poco el pie del acelerador pero mantiene el pulso hasta llegar a su icónico final para dar paso a la punkarrera “Dead Meat”. 

“Stuff n’ Nonsense” mostraba una cara hasta la fecha inédita en la discografía de la banda: La de su innegociable condición de  creadores de grandes melodías,mostrando su corazón más (pongan todas las comillas que gusten) pop por así decirlo, siendo de paso una de mis preferidas del álbum. No menos inédita era, dentro de sus cánones sónicos habituales, “Dirt Roads, Dead Ends and Dust”, una poderosa a la par que épica exhibición de Roots Rock que tuvo que dejar boquiabierto del todo a ese sector de seguidores desencantados del que os hablaba más arriba.

En “Fisticuffs” y “Gone Gamblin” retoman su vena más espídica y marrullera dando paso a la hímnica “My Kickass Life” , toda una declaración de intenciones (“I’m in the band/I’m the man with the goldtop in my hand”) Preludiando el final tenemos la solemne “Goin’ Back To Tucson”, la brevísima -y destacable- “I Can’t Hold Myself the Line” inspirado ejercicio de Punk Rock old school donde la sombra de Social Distortion se perfila alargada y, poniendo punto y final, “Hot Like The Sun” suerte de doble canción en una, de acelerado y desquiciado comienzo para desembocar en el monolítico y saturado corte que despide este genuino festín de Rock and Roll.

“The Evil Powers…” terminó de consolidar a los Supersuckers en su condición (que hoy, tantos años después, todavía mantienen) de grupo de culto absolutamente fiel a sí mismo y sus circunstancias. Ajenos a florituras y vaivenes del negocio siguen proclamándose allá donde van “the greatest rock and roll band in the world since Thin Lizzy” , y, el hecho de que eso sea cierto o no resulta del todo irrelevante si lo comparamos con la actitud,el corazón y las pelotas que demuestran al vindicarse como tal.

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1980, 80's, Burning, Discos, Música, Rock and Roll

Burning – "Bulevar"

 Ellos decían que los domingos no se hicieron para bailar, y, paradójicamente, es el día del señor el que suelo consagrar, más o menos involuntariamente, a escuchar y reencontrarme con el legado de los madrileños, tan inasequible al paso del tiempo cómo pleno de vigencia y actitud.

 Burning fueron mucho. No se me ocurre ninguna otra banda de por aquí surgida en el ’74 que aúnase con tanta maestría las enseñanzas de Chuck Berry, The Rolling Stones, Lou Reed, Faces, T-Rex o los New York Dolls. Algunos dirán que sí, que lo que yo quiera, pero que los de la Elipa, a fin de cuentas, debutaron en largo allá por el ’78, a tiro de piedra de que el Rollo  terminase de estallar y hacer acto de presencia. Nada más lejos: Existen demostraciones de poder de la banda efectuadas en plena dictadura, más concretamente, esos dos pildorazos de Glam Rock crudo, patillero y sin domesticar en formato single titulados “I’m Burning” y “Like A Shot”.

 A “Bulevar”, última pieza de la imprescindible trilogía inicial de la banda (un must para cualquiera que se diga aficionado al Rock) le toca cargar con el sambenito de ser su disco más Pop y enfocado a los cánones sónicos que primaban en el Madrid de La Movida. Lo cual es cierto, aunque sólo en parte. Efectivamente, si comparamos la producción de “Bulevar” con la de su inmediato antecesor, “El Final De La Década” es inevitable observar que sí, que el R’n’R seguía fluyendo por sus surcos, pero tamizado por un tratamiento eminentemente más Pop, más 80’s del sonido. Ahora bien, de ahí a afirmar, cómo claman algunos, que es “Su disco new wave” media un abismo. Burning, para la ocasión, mudaban la piel, que no el espíritu.

 La manera escogida de abrir el disco no podía ser más reveladora, un “Es Especial” que no era otra cosa que el “Give Him A Great Big Kiss” de las Shangri-Las que, aquí viene la enjundia, fue versionado por los New York Dolls bajo el escueto título de “Great Big Kiss”. La versión a la que pone voz Toño se queda entre la chulería, aquí bañada de desazón, del grupo de Johnny Thunders y el almíbar, cosas de la producción, del conjunto vocal capitaneado por Mary Weiss. “Tu Eres Mi Amor” continúa la senda de temas chulescos, callejeros y guitarreros en los que tan bien se desenvolvía la banda, con un uso de los coros que remite, irremisiblemente y una vez más, a las muñecas de Nueva York. “Ja,Ja,Ja”, un corte de costuras glammys y vacilonas y apartado lírico con pretensión irónica que, visto hoy, resulta cuánto menos entrañable ( “quién sabe que puede ocurrir/si el Rayo hoy vence al Madrid”) cuándo no directa y deliciosamente desfasado (“Dicen que hay un muro en Berlín/y nadie quiere irlo a destruir”) En el plano estrictamente musical, un tema muy en la línea de los primeros KISS.

Mención especial merece “Es Decisión”, primera ocasión en la que Pepe Risi se pone frente al micro y clásico impepinable de la banda. Una grandiosa canción preñada de melancolía, nocturnidad y estampas evocadoras que encajaba como anillo al dedo en la idiosincracia melancólica y maldita del malogrado guitarrista (¿Nuestro Keith Richards/Johnny Thunders?) Irónicamente, lo que aquí hacía a título eventual terminaría siendo la norma, ya que tras la marcha de Toño se convertiría en el cantante de Burning.

 “Quiero Ser Un Robot” es puro Toño: La abulia, la dejadez existencial que transmite la letra en contraste con su voz,tan sensual y chulesca como triste. Sensaciones y sentimientos que quizás encuentren su máxima expresión en la que es la a todas luces cima -objetiva- del disco, “No Es Extraño Que Estés Loca Por Mí”. Tras la chulería confianzuda del título y la ya mítica intro de piano de Johnny Cifuentes se esconde uno de los temas más poderosos de la banda, tanto en lo musical (poderosísimo riff) como en lo lírico, desgranado los primeros y titubeantes pasos de una relación casual, las subidas y las bajadas, balanceándose de lo abstracto a lo explícito sin despeinarse.

 Tras semejante demostración de poder, es normal que la cincuentera “Baila Mientras Puedas” sepa más bien a poco, lo que no quita que sea un tema divertido, amén de lo inédito de ver a los Burning nadando en aguas Rockabillys. “Día De Lluvia” como supongo se intuye por el título, es lo más cercano a una balada que vas a encontrar en éste álbum, un tema melancólico, con sabor a cicatrices sin curar. Para cerrar, “Escríbelo Con Sangre”, suerte de murder ballad castiza, atmosférica y generosa en guitarras que pone punto y final a este clásico indiscutible del Rock and Roll patrio.

Burning, ya lo apuntábamos más arriba, fueron pioneros en muchas cosas, para lo bueno y para lo malo. Y si su manera de entender el género y reivindicar según qué influencias fue pionera en la historia del Rock and Roll de este país, no lo fue menos el malditismo que jalona su biografia, sembrada de episodios de drogadicción, sordidez, muertes y, en definitiva, la cara oscura y en ocasiones inevitable que ha acompañado al devenir de nuestra música. Burning fueron mucho. Burning son mucho.

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70's, Discos, Hard Rock, Música, Rock and Roll, Rose Tattoo

Rose Tattoo – "Rose Tattoo"

 Si tuviésemos que confeccionar un listado más o menos amplio de ilustres segundones, en cuánto a reconocimiento que no legado, del Rock And Roll, no cabe duda de que el nombre de los australianos Rose Tattoo merecería figurar con todos los honores. Fueron el paradigma de banda que pudo explotar en todos los frentes -ya explicaremos el porqué más abajo-, surgidos en el momento, lugar y escena adecuadas, pero que se tuvieron que conformar con militar en la segunda división del negocio. Inmejorable ejemplo de esto que digo tuvo lugar hace unos años, cuándo en el lapso de unos meses recalaron por nuestras tierras sus paisanos  AC/DC y los chicos de Angry Anderson en lo que creo fue su primera visita a territorio español. ¿La diferencia? Mientras los Young reventaban estadios y pabellones, a Rose Tattoo le tocó batirse el cobre en garitos ante audiencias conformadas por unos pocos cientos de personas.

 No es gratuita la alusión a AC/DC, o al menos no se circunscribe sólo al ámbito geográfico. Cabe recordar que en los seminales Buster Brown ya se dieron cita componente futuros de ambas formaciones (Phil Rudd y Angry Anderson, concretamente) y, para terminar de cerrar las conexiones, éste debut fue producido por los inseparables Vanda-Young, parte fundamental del sonido de los hermanos Young hasta “Powerage”.

 Sin embargo, sería un error considerar a Rose Tattoo como un mero grupo al rebufo de AC/DC. Cierto, compartían la misma concepción del riff simple y demoledor,  las raíces marcadamente rythm and blueseras y el toque canalla y pendenciero que los acercaba al Bon Scott de aquellos años (esos tatuajes patibularios…) Pero no es menos verídico que el uso del slide, los matices sureños y los ramalazos casi punks que ofrecía su música en ocasiones los presentaba como una oferta compatible, que no sucedánea, de lo que destilaban los autores de “High Voltage”.

 Siempre consideré una de las mayores virtudes de Rose Tattoo la -potencial- amplitud de su propuesta sónica. Lo que se destila en este debut (o en “Assault And Battery”; o en “Scarred For Life”) podía gustarle tanto a un acólito al Hard Rock, fan de los mentados AC/DC, Lynyrd Skynyrd o Motorhead cómo a un seguidor del estallido Punk que tenía lugar a ambos lados del atlántico. Ilustrativa estampa la de la banda compareciendo en festivales cumbre del Hard & Heavy europeo mientras colaban algunos de sus singles en los charts más punkarras del viejo continente. La cosa tiene mérito, y más aún a finales de los 70’s, cuando las diversas escenas musicales enfrentadas no resolvían sus diferencias debatiéndolas en torno a una mesa camilla, precisamente.

 El disco abre con los que quizá sean los dos grandes himnos de la banda, los que en el futuro serían sus temas más versionados, “Rock N’ Roll Outlaw” y “Nice Boys”; sendas declaraciones de intenciones, repletas de riffs matadores y slide por un tubo cortesía de la pareja Pete Wells/Mick Cocks, que borda un trabajo guitarrero tan deudor del Southern Rock cómo de la inmediatez Punk. “The Butcher And Fast Eddy” es una puesta al día de sus raíces bluesys pasadas por el filtro de su insoslayable macarreo. “One Of The Boys”, una de las cimas del redondo, es el ejemplo perfecto para el que quiera comprobar la mentada amplitud de propuesta de la que os hablaba más arriba. “Remedy”, “Bad Boy For Love” y “T.V” mantienen el pulso a base de espídico R’n’R, facturado de una manera en la que los ‘Tats tenían pocos rivales.  

 “Stuck On You” es el primer -y único- remanso de relativa calma que nos concede este atómico debut, y aunque sea algo subjetivo,  le veo ciertas concomitancias con The Who. Quizás sea por la manera de entrelazar guitarras acústicas y eléctricas, o por el tono de fuerza contenida que predomina en la canción. El riff inicial de “Tramp”, por eso de seguir con las comparaciones -odiosas pero orientativas- nos remite a lo que ese mismo año facturaban The Dictators en su inmortal “Bloodbrothers”, y, a la usanza de los neoyorquinos, supura actitud callejera y badass por los cuatro costados. Como colofón nos encontramos con otra de las imprescindibles en los sets de los australianos, que no es otra que la atropellada y macarrísima “Astra Wally”.

 Cómo dejaba caer al principio de este artículo, el sino de Rose Tattoo fue el de tantas otras formaciones seminales y/o de culto, siendo su legado más conocido durante años por las vindicaciones de las que fue objeto que por el valor intrínseco de su obra. Poca cosa para la que es, según me dijo alguien en una ocasión, “la banda más grande de Australia” (“¿Y qué pasa con AC/DC?” repliqué, a lo que se me respondió, con toda lógica, “Esos no son de allí,¡ ni siquiera son de este planeta!”)

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90's, Crepitos, Discos, Música, Power Pop, Rock and Roll

The Crepitos – "Wicked Mind"

 
The Crepitos fueron parte activa de ese marasmo de bandas surgidas en España a finales de los 80’s y principios de la década posterior, con querencia por las bandas de culto y especial e indisimulada inclinación por el inglés como lengua en la que expresarse. En la categoría en la que incluimos a los de León también podríamos meter a otros tantos que comparten esas coordenadas, caso de los capitales Sex Museum, los espídicos The Pleasure Fuckers, el Power Pop guitarrero de los Crocodiles, los acólitos al garage/beat 60’s cómo Dr Explosion o admiradores confesos del “one, two, three…!”  y demás herencia Ramones, caso de, verbigracia, Shock Threatment. En semejante paisaje musical, ¿Qué partido tomaban The Crepitos?

Lo suyo era, a grandes rasgos, el Rock and Roll con matices bubblegum y poperos (podríamos decir Power Pop, pero se dice y se comenta que la etiqueta no le hacía mucha gracia al grupo) aliñado con matices nada desdeñables del Nuevo Rock Americano que despuntó en los 80’s, siendo su música algo así cómo el punto de encuentro entre los combos sixties con gusto por la melodía, los Ramones de discos cómo “Pleasant Dreams” y la labor de formaciones cómo The Replacements o los Long Ryders.

“Wicked Mind”, un single registrado para el fanzine Rock Indiana, fue la carta de presentación de la banda, amén de un aviso redondo de por dónde iban a ir los tiros de su cancionero posterior.

El tema homónimo, que de paso sea dicho es mi preferido de ellos, da el pistoletazo de salida: Una poderosa batería, un omnipresente órgano, una melodía hiperpegadiza y un acertadísimo uso de los coros son las señas de identidad de este pildorazo de R’n’R hipermelódico y perfectamente construido. “Feather Brain” sería, en un mundo idílico, con un mínimo de cordura, un verdadero top of the charts, toda una exhibición de estilo y poderío en poco más de dos minutos. Es en “No Turning Back” dónde más a las claras se aprecia la querencia del grupo por las estructuras épicas del Nuevo Rock Americano, sin renunciar por ello a sus señas de identidad más melódicas e inmediatas.

Desgraciadamente (y al igual que podríamos decir del 99% del fondo de catálogo nacional de Rock Indiana) el recuerdo que ha quedado de The Crepitos es algo así como de undergrounds del underground, siendo mencionados, casi sin excepción, cómo el grupo de juventud de Juancho Bummer, bajista de los Hard Rockeros –y también recomendables, aunque un escalón por debajo de éstos- Bummer y actual escudero de Paul Collins,  sin profundizar en el hecho de que poseían un cancionero formidable, un cúmulo de influencias superior y los ingredientes de una fórmula que les permitió facturar una verdadera colección de potenciales hits.  En fin, fuere como fuere, nunca es tarde para enfrentarse al poderío de The Crepitos.

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